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Ya no existes

Máximo Caminero por Máximo Caminero
14 de julio de 2021
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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Tu cuerpo permanece inmóvil, ya no existes. Ni siquiera un dedo puedes mover. Tus ojos permanecen abiertos y fijos hacia una distancia inalcanzable.

Aquellos que se posen ante ellos ya no están. No podrás verlos ni ellos a ti porque te has ido a otras dimensiones.

Pero aun te queda la vigilia de este momento…

Aun te quedan unos instantes para repasarte y «juzgarte».

Ahora tienes una humanidad más amplia y entiendes el «porque» de las cosas…o quizás no.

Tal vez en tu confusión aun te aferras a lo que dejas y es porque nunca tuviste el tiempo para razonar que, en verdad nos vamos.

Que todo lo dejamos y que nada, en realidad, existe.

No existe el odio que acumulaste, ni el ego, ni la vanidad, ni siquiera tu almohada, esa que aún, ahora, sostiene tu cabeza inerte.

Ahora te das cuenta de lo inútil que fue todo, tus afanes y deseos, tu casa, tu perro, tu familia, tus amigos.

Tu inacabable lucha por prevalecer, por dar lo mejor, por llegar a donde llegaste. ¡Y si! Te das cuenta porque aún tu mente está contigo en esta vigilia extraña y a la vez placentera.

Porque morir es un placer único que muchos conocen y muchos ignoran.

Ya no existes ¿y qué? Ahora te das cuenta que eso no era importante. Que te pasaste la vida ridículamente acumulando lo que nunca seria tuyo y amando lo que nunca amaste, porque ahora entiendes el amor.

Ahora te entiendes a ti y a todos y es que eres todos y ellos son tu. Minuciosamente te miras en un espejo para avergonzarte de ti mismo.

No existe un universo, eres, el universo. No existen las almas porque solo está la tuya y ninguna otra. Ahora te reconoces que siempre estuviste solo y lo demás lo creaste para…divertirte.

Creaste a los tiranos y sus tropas de acólitos y a los que derrumbaron sus estatuas para subirse ellos en un círculo eterno de «ponte y quita».

Creaste a la familia para emular una mala copia del amor que termino en egoísmo. Creaste la división y las tribus y los idiomas y los países…y las fronteras.

Y creaste la guerra. Y la tierra redonda para recordarte en el círculo de lo mismo y lo mismo y lo mismo…

Y un infinito para que esta volara sintiéndose «engañadamente» «libre». Y le llamaste «libre albedrio».

Y creaste las estrellas para que soñáramos en el límite.

Ahora que despertaste de ti mismo y te encuentras en «el otro» vuelves a darte cuenta que no existes. Que te engañaste a ti mismo y que volviste a caer en el juego de las pasiones.

Que cada vez que te haces carne te pudres en el abismo de tus sueños.

No existes ni nunca existirás así te empeñes. Así dejes tu nombre marcado en todas las calles y edificios, así acuñes tu rostro en las monedas.

Volverás sin reconocerte y te odiaras a ti mismo o ansiaras retomar o superar lo que una vez hiciste sin saber que lo hiciste y volverás a caer en tu propio juego hasta que vuelvas a esta vigilia ¡extraña! Donde ni tú mismo sabes que no existes.

Ya cae la noche y vienen por ti. Pero vienes tú mismo a levantarte y consolarte. Todos tienen tu rostro y hablan como tú y tú, que no hablas… solo piensas…y te ríes…porque sabes, que ya no existes… ni nunca exististe. ¡Salud!. Mínimo Caminero.

massmaximo@hotmail.com

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).

Etiquetas: ExistesNo
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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