Por Milton Olivo
En cada época surgen ideas que, en un primer momento, provocan dudas, críticas e incluso burlas. Sin embargo, el paso del tiempo suele demostrar que muchas de las grandes transformaciones comenzaron precisamente así: incomprendidas.
La iniciativa de impulsar una «Marca Ciudad» para Santo Domingo Este merece ser analizada con una visión más amplia que la coyuntura política. Reducirla únicamente al costo de un logotipo o a una campaña publicitaria es ignorar cómo las ciudades más exitosas del mundo han construido su prestigio y su capacidad para atraer inversiones, visitantes y oportunidades.
Hoy nadie cuestiona que París sea conocida como «La Ciudad Luz». Ese nombre no surgió de manera espontánea; fue el resultado de un proceso histórico, cultural y de promoción internacional que convirtió a la ciudad en un símbolo universal de arte, innovación y belleza.
Lo mismo ocurrió con «Nueva York», mundialmente identificada como «La Gran Manzana». Ese apodo terminó siendo una poderosa herramienta de mercadeo territorial que fortaleció una identidad reconocida en todo el planeta.
Podrían citarse muchos otros ejemplos: «Las Vegas», «La Capital Mundial del Entretenimiento»; «Dubái», sinónimo de innovación y modernidad; o «Medellín», que transformó una imagen asociada a la violencia para convertirse en referente de innovación urbana.
Ninguna de esas identidades produjo resultados de la noche a la mañana. Toda marca necesita tiempo. Necesita continuidad. Necesita que la ciudadanía la haga suya. Y, sobre todo, necesita estar acompañada por acciones concretas.
En ese contexto, la propuesta «Costa del Faro, Gente que Brilla», representa un intento de proyectar una nueva narrativa para Santo Domingo Este. Puede debatirse el nombre, el diseño, el eslogan o la estrategia de comunicación. Ese debate es legítimo.
Pero descalificar el concepto mismo de una Marca Ciudad sería desconocer una herramienta utilizada por miles de municipios y gobiernos locales alrededor del mundo.
Una marca ciudad no pretende esconder los problemas. No tapa los hoyos de las calles. No construye aceras. Pero sí puede contribuir a cambiar la percepción de inversionistas, turistas y ciudadanos sobre el potencial de un territorio.
Las inversiones, el turismo y la generación de empleos también dependen de la imagen que proyecta una ciudad. Precisamente por eso, las grandes urbes invierten millones de dólares cada año en fortalecer su reputación internacional.
El verdadero desafío no consiste en abandonar la Marca Ciudad, sino en complementarla con resultados tangibles, como viene sucediendo en Santo Domingo Este.
Cuando una identidad institucional se acompaña de mejores servicios públicos, recuperación de espacios urbanos, limpieza, seguridad, cultura y oportunidades económicas, entonces deja de ser un simple eslogan para convertirse en una realidad compartida.
Toda transformación comienza con una visión. Luego vienen las políticas públicas. Después las inversiones. Finalmente, el reconocimiento. Quizás dentro de diez o veinte años los ciudadanos recuerden que el inicio de una nueva identidad para Santo Domingo Este comenzó precisamente con esta iniciativa.
Las grandes ciudades no nacen siendo grandes. Se convierten en grandes porque alguien se atrevió primero a imaginar una mejor versión de ellas. La historia demuestra que construir una marca es mucho más que diseñar un logo: es construir un propósito colectivo.
Y ese propósito, si logra unir a la ciudadanía alrededor de una visión común, puede terminar siendo uno de los activos más valiosos para el desarrollo económico, cultural y social del municipio.
La verdadera discusión, por tanto, no debería ser si Santo Domingo Este necesita una Marca Ciudad. La pregunta correcta es cómo lograr que esa marca represente cada vez mejor la realidad, las aspiraciones y el enorme potencial de un municipio llamado a convertirse en una de las ciudades más importantes del Caribe. Porque las grandes ciudades también se construyen desde las ideas.
milton.olivo@gmail.com
(El autor es escritor y analista geopolítico residente en Santo Domingo, República Dominicana).








