martes, julio 14, 2026
Sin resultados
Ver todos los resultados
Precision
Advertisement
  • Portada
  • Nacionales
  • Internacionales
    • Puerto Rico
  • Medio Ambiente
  • Ciencia
    • Salud
    • Tecnología
  • Económicas
  • Deportes
    • Atletismo
    • Básquetbol
    • Béisbol
    • Boxeo
    • Fútbol
    • Otros
  • Revista
    • Cultura
    • Espectáculos
  • Opiniones
Precision
  • Portada
  • Nacionales
  • Internacionales
    • Puerto Rico
  • Medio Ambiente
  • Ciencia
    • Salud
    • Tecnología
  • Económicas
  • Deportes
    • Atletismo
    • Básquetbol
    • Béisbol
    • Boxeo
    • Fútbol
    • Otros
  • Revista
    • Cultura
    • Espectáculos
  • Opiniones
Sin resultados
Ver todos los resultados
Precision
Sin resultados
Ver todos los resultados
Portada Opiniones

Si ella me faltara alguna vez

Máximo Caminero por Máximo Caminero
23 de noviembre de 2022
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
FacebookTwitterWhatsappTelegram

A Pablo Milanés

Cada vez estamos menos en esta vida. Cada vez que se nos va «algo» de nosotros también «algo» de uno se pierde.

No en vano se ha trillado aquello de que, uno existe hasta que se extinga el último que nos recuerde.

Pablo fue una parte vital de mi adolescencia. Tendría once años cuando sus canciones llegaron a mis sentidos a mediados de los 70. Aquella nueva trova cubana, Silvio, Amaury, Sara, Noé, Mirian… La poesía se hizo voz y sangre y aliento y consciencia.

Aquellas canciones revolucionarias ponían todo lo que en silencio pensábamos… y callábamos. ¡Por fin! Alguien lo decía, y encima, ¡Lo cantaba!

Para mí fue un acto de revelación, ya que un tiempo atrás, siendo un niño de unos 7 años, recibí un severo castigo por haberle comentado a un amiguito hijo de un coronel, que mi padre había participado en la guerra civil del 65 en contra de los gringos…

No pude entender, a esa edad, el ¿por qué? de las intrigas de los hombres. Pero callé y me tomo tiempo crecer para entenderlo… El miedo siempre anduvo rondando en América latina y todavía hoy se da la vuelta y husmea y huele y palpa y golpea…

Pablo le canto a la revolución cubana, le canto al despertar latinoamericano. Fue un férreo creyente de que en su país, nacía ese despertar y aporto su voz, su canto, su talento, su intelecto.

Con el tiempo, las pasiones juveniles también se acaban y brotan otros sueños. Ya no era necesario el canto revolucionario porque había algo más alto que este y eso solo se encuentra dentro de uno mismo.

Quizás esta canción se la compuso a una mujer, no lo sé, me inclino a pensar que sus últimos años de exilio en España fueron las razones de la misma y aquí surge un canto desesperadamente sutil a esa patria que veía perderse entre un sueño revolucionario de todos a algo exclusivo de unos pocos.

«Si ella me faltara alguna vez,

nadie me podría acompañar,

nadie ocuparía ese lugar que descubro en cada amanecer, si me faltara alguna vez.»

«Si ella me dejara de querer,

cuando la contemplo al despertar,

toda la pureza que me da nunca la podre corresponder si me dejara de querer».

Esos sueños de niño que abrigue, no hablaban de una patria, sino que las arropaban a todas. América latina fue mi norte por muchos años hasta que termine en el verdadero norte. Jamás pensé que terminaría siendo parte de «eso» que tanto critiqué.

Pablo optó por la madre patria. Prefirió un imperio extinto y perdonado por los siglos a uno vigente y abrasador de cuyas entrañas hablaba Martí.

Hoy Pablo te has despedido para siempre, solo te recordaremos en tus canciones y esa tu voz inconfundible. No sé por dónde andará aquel cuadro que te di una vez en la Habana ni cuál será su destino. Ya vez Pablo, somos como todo y como todos tendemos a desaparecer…

Sin embargo, quiero manifestarte el inmenso agradecimiento que siento por ti y por todos los que como tú aportaron en aquel niño inquieto y «algo distinto a los otros» que se distrajeron en capitales y vanos asuntos materiales.

Gracias Pablo, porque crecí contigo y fui parte de tus voces, revolucionarias, poéticas, amorosas y ya, más luego, ¡despiertas!

Nos dimos cuenta de que el mundo es todo ego y que por más hermoso que surgiera el momento, siempre, el hombre estaría presente y «esa» es una naturaleza distorsionada…

Por eso terminaste esta hermosísima y a la vez tristísima canción con estas estrofas;

«Si ella se olvidara de cantar

ese hermoso mundo que me da

Cómo volvería a predicar, si fue su palabra mi verdad

Si se olvidara de cantar»

«Si ella no inundara esta ciudad

todo cambiaría de color

Gozaría de otra claridad Cuando miro y pienso con dolor, si no inundara esta ciudad».

«Si ella me faltara alguna vez

Si ella me dejara de querer

Si ella se olvidara de cantar Si ella no inundara esta ciudad yo escribiría esta canción».

Y terminaste escribiéndola Pablo porque estabas hecho de «Eso, que llaman amor, para vivir…» ¡Salud!. Máximo Caminero.

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).

Etiquetas: Alguna vezMe faltaraSi ella
Entrada anterior

EE. UU. detendrá importaciones provenientes del Central Romana

Siguiente entrada

Central Romana rechaza expresiones del CBP de EEUU del trabajo forzoso en sus operaciones

Máximo Caminero

Máximo Caminero

Relacionado...Entradas

Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

14 de julio de 2026
¿Quién asesinó a Paula?

Los terremotos más asesinos

14 de julio de 2026
Nicolás Maduro desinstaló WhatsApp: ¿Por qué no hacemos lo mismo?

15,000 becas: 15,000 vidas que pueden cambiar

14 de julio de 2026
Cuando el dinero no sirve para nada

No existe tiempo perdido

14 de julio de 2026

El referéndum: una institución en espera de su materialización democrática

12 de julio de 2026
Siguiente entrada

Central Romana rechaza expresiones del CBP de EEUU del trabajo forzoso en sus operaciones

Comentarios sobre post

Publicidad
Publicidad

(+) VISTAS

Fisgonear: Hacer espionaje elegante y legal

21 de octubre de 2020

Presidente encabezó inauguración de centro en Zona Franca Las Américas

6 de octubre de 2020
Veneno por doquier

El fantasma neofascista y la resistencia contra él

25 de junio de 2024

Abinader reclama en la ONU la vacuna del Covid-19 para todos los habitantes

23 de septiembre de 2020
Abinader entrega un acueducto para Miches-Zona Turística

Abinader entrega un acueducto para Miches-Zona Turística

22 de febrero de 2025
Publicidad
Precision

Con la información precisa

Copyright © 2013 - 2023 Precisión - Con la información precisa. Todos los derechos reservados. By HPMediaPlus

Sin resultados
Ver todos los resultados
  • Portada
  • Nacionales
  • Internacionales
  • Medio Ambiente
  • Ciencia
  • Económicas
  • Deportes
  • Revista
  • Opiniones

Copyright © 2013 - 2023 Precisión - Con la información precisa. Todos los derechos reservados. By HPMediaPlus