«Tengo la rara intuición de que al morir despertaremos».
Aquella experiencia vivida, en donde morí por unos instantes, fue suficiente para cambiar la perspectiva que tenía de la vida a la que hoy tengo.
Cada vez veo cómo tanta gente se enfrasca en grupos y rituales buscando alcanzar lo que aquí, en la tierra, no logran.
Meditaciones, levitaciones, oraciones, ejercicios, drogas y demás menjurges naturales que los saquen, por momentos, de esta realidad hacia otra en la que encuentren el sentido de existir…
No solo las religiones conocidas han dado razones de los porqués de la vida, sino que otras tantas desconocidas, y algunas más oscuras, también suelen afirmar, con vehemencia, el misterio de ser.
Aunque la mayoría confía en las ideas tradicionales y oficiales, permitiéndoles esto continuar sus vidas sin cuestionarse nada ni buscar la iluminación que tantos otros se empeñan en conseguir.
Aunque no esté de acuerdo con estos últimos, en sus creencias dignas de manipuladas imaginaciones, sí estoy de acuerdo en que eso de despertar es un asunto estéril y, además… peligroso.
A ver, descubrir que uno no es quien es, ni que esto es real, nos descartaría de participar en esta dimensión con las reglas e instrumentos con los que contamos.
Su cuerpo, dotado de receptores y locomociones adaptadas a desenvolverse adecuadamente en este estado sólido, físico y pesado, es el ideal para disfrutar y sentir todas las emociones desde la perspectiva terrenal, para que todos entiendan este latido.
Venimos a experimentar algo diferente. Usted puede llamarlo vacaciones o retiro espiritual, pero lo importante es entender en dónde estamos, sin preguntarnos para qué.
Si lográsemos despertar o iluminarnos, como hizo Buda, terminaríamos como él: sentados debajo de un árbol, sin motivos ni proyectos que nos ayuden a seguir aquí. ¿Entendió?
Usted sería un vagabundo más por la ciudad, una persona sin sentido o, en otras palabras, ya no formaría parte de esta dimensión y, cuando muera —que es cuando alcanzamos a despertar de verdad—, entenderemos que perdimos la oportunidad de vivir y participar de esas vacaciones.
En otras palabras, y para no latir demasiado ni repetirme mucho: ¡déjese ya de pendejadas iluminatorias y dedíquese a vivir aquí y ahora, dejando los asuntos del más allá, allá!
Mi experiencia me iluminó, pero también entendí que no debía mezclar lo fluido con lo sólido. Me ilumino sin dejar de iluminar mi regalo de estar presente y, de manera temporal, para gozármela toda sin juicios finales ni castigos astrales.
Esos pocos segundos en los que estuve del otro lao me enseñaron que uno se despierta el último día y que pasarse la vida buscando respuestas era desperdiciar los dramas y las películas que nunca volverá a ver, y que le están pasando por el frente.
Dejé de mirar hacia arriba y también dejé de buscar adentro. Sea una simple marioneta que camina por sí misma, sin importarle hacia dónde va ni cuál será el fin de su existencia, y todas las vainas malas y buenas que le pasan.
No se recordará de nada al morir, solo de que fue un pendejo buscando despertar de un sueño antes de que se acabara.
¡Salud!. Mínimo Despertero
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).







