En Venezuela, el edificio colapsó de tal manera que dejó atrapados a la mayoría de sus residentes. Solo una de las personas que estaba en el interior logró sobrevivir.
La mujer, cubierta de polvo y con la piel rasgada, al visualizar la luz que la nube de escombros dejó entrever, solo alcanzó a decir: «¡Gracias a Dios!».
¿Qué teníamos que agradecer a Dios? ¿Que murieron docenas de personas y que «yo» salí vivo? ¿Es esto un agradecimiento egoísta y cargado de una insólita ignorancia? ¿No estamos, de algún modo, dando por sentado que Dios intervino en el desenlace y, por lo tanto, dejando abierta la pregunta sobre su papel en el desastre? Aunque también es cierto que esa expresión puede ser simplemente producto de la emoción humana en momentos de confusión.
Frente a este tipo de situaciones, mi manera de entender la vida es distinta. Yo soy destinista; es decir, pienso que todo lo que sucede estaba escrito y programado para «suceder», valga la redundancia. Creo que cada persona que conocemos, cada situación que nos ocupa y todos los inconvenientes y aciertos que experimentemos son parte del «programa» que se nos asignó.
El debate está abierto y no deja de caer en la especulación, ya que estas afirmaciones son muy difíciles de probar; digamos que son una de esas tantas ecuaciones de álgebra que tanto nos partieron la cabeza.
Sin embargo, observar el pasado con detenimiento y buena memoria nos puede dar una noción más clara de por qué está usted donde está y con quién está.
Decir que «esta señora» no estaba en el programa de partida de los demás parecería «más creíble» que echarle la culpa «a Dios» por todo lo que nos sucede.
No se trata de «ese señor» que nos pinta la Iglesia católica. No existe una deidad particular ni única, ya que, de ser así, sería tan sádica y maquiavélica como nosotros, y no «esa figura celestial» llena de amor y bondad para todos.
Ni tampoco ese tirano que nos amenaza con quemarnos eternamente en el infierno si no «nos portamos bien».
Si usted le da las gracias a Dios por haberse librado de cualquier cosa, ¿no debería también reclamarle por las malas? Si usted entiende que «esa es su voluntad», ¿cuál es la voluntad suya?
Los absurdos de la vida están en todas partes, de manera constante e imprevista. Es por eso que, al no comprender nada ni entender «la lógica» de este asunto, optamos por desentendernos de las respuestas y se las cargamos a «un Dios», que también tiene más de siete mil nombres, de acuerdo con el lugar y la religión que le haya tocado.
Todos llamamos a Dios cuando «algo» nos pasa, tanto bueno como malo, y no está mal, ya que «a alguien hay que darle el mérito» de tantas cosas locas y brillantes de las que se compone el mundo.
¿No se nos ocurre pensar que son un conjunto, o un grupo, de «pensamientos» los que fabrican toda esta amalgama de coincidencias y desavenencias en constante movimiento y dinámica, haciéndose y deshaciéndose a sí mismos como una forma de «prevalecer en vivir»?
Gracias al diablo, también, por jodernos la existencia, sin que «Dios» pueda hacer «algo» al respecto…
¡Ya alcanzaremos esa transición en la que, por fin, se nos aclararán las dudas! Y «gracias a Dios», también, por juzgarnos y mandarnos al demonio o al paraíso, donde, ¡por fin!, podremos olvidarnos de «esta prueba» a la que Dios nos mandó para «darse cuenta» de quién es quién y no de quién «él», que todo lo sabe, no sabía.
A propósito y como modo de conclusión, en el 1812, en medio del fragor de las luchas por la independencia del Imperio español, hubo un fuerte terremoto que devastó a toda la Guajira, tal y como hoy.
Se dice que los frailes manifestaron que era un castigo de «Dios» por oponerse los republicanos a la monarquía. En este contexto, Simón Bolívar, líder de la independencia, se situó sobre las ruinas de una iglesia y desde allí exclamó estas palabras que también hoy le sirven al pueblo venezolano ante estas pruebas que se imponen:
«Si la naturaleza se opone, también lucharemos contra ella».
Aunque para actualizarla un poquito más, yo le agregaría: «si la naturaleza y Trump se oponen, lucharemos contra ellos».
¡Salud!. Mínimo Graciero.
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).








