Por Edwin de la Cruz
A propósito de conmemorarse un nuevo aniversario de la Restauración, vale la pena mirar nuestra historia desde una perspectiva que nos ayude a comprender el presente.
Lo hago a partir de una realidad que no podemos ignorar: existen sectores del lado haitiano que sostienen que determinadas porciones del territorio que hoy ocupa la República Dominicana deberían pertenecer a Haití.
Frente a esa posición, propongo una pregunta: ¿qué habría ocurrido si toda la isla de La Española hubiera sido Haití desde sus orígenes?
Es una hipótesis, naturalmente, pero la historia permite aventurar una respuesta: es muy probable que hoy toda la isla estuviera padeciendo, en mayor o menor medida, una crisis similar a la que actualmente enfrenta Haití.
La tragedia haitiana no nació en la frontera con la República Dominicana. Es consecuencia de décadas de inestabilidad política, gobiernos autoritarios, corrupción, impunidad, instituciones debilitadas, pobreza extrema, violencia, deterioro de los servicios públicos y ausencia de condiciones sostenidas para el desarrollo.
También hay interpretaciones que incorporan factores culturales y religiosos. Algunos consideran que determinadas costumbres y prácticas asociadas al vudú han influido en la situación actual de Haití y que, según esa visión, han constituido obstáculos para determinados procesos de transformación social.
Pero volvamos a la pregunta: si toda La Española hubiese recorrido históricamente el mismo camino político, institucional y económico de Haití, ¿dónde estaría hoy nuestra isla?
Probablemente estaríamos hablando de una sola nación sumida en la pobreza, la violencia, la fragilidad institucional y el subdesarrollo.
Porque la diferencia entre República Dominicana y Haití no está en la tierra que compartimos: el mismo clima, montañas, ríos, costas y recursos naturales. La diferencia está en el camino histórico que cada sociedad ha construido.
La República Dominicana también ha tenido dictaduras, corrupción, desigualdad y crisis. Pero, con todas nuestras imperfecciones, hemos construido instituciones, desarrollado sectores productivos, atraído inversiones y alcanzado niveles de crecimiento que nos colocan en una realidad distinta. La geografía es compartida; el destino se construye.
Después de todo lo que hemos construido como nación, la República Dominicana tiene el deber de preservar y proteger sus avances, sus instituciones, su estabilidad y su capacidad de seguir desarrollándose.
Podemos y debemos solidarizarnos con el pueblo haitiano y contribuir, dentro de nuestras posibilidades, a la búsqueda de soluciones para su crisis, pero no podemos asumir la responsabilidad por un desastre que se ha gestado durante décadas fuera de nuestras fronteras, ni convertirnos en el Estado responsable de garantizar el bienestar de toda la población haitiana.
La crisis de Haití necesita una respuesta internacional y, sobre todo, una solución construida por los propios haitianos. La República Dominicana no puede cargar sola con las consecuencias de una tragedia que no provocó.
Al conmemorarse 163 años del Grito de Capotillo, honrar la Restauración significa comprender que la soberanía también implica responsabilidad.
Debemos aprender de la realidad haitiana y evitar que las condiciones que han llevado a ese país a su actual nivel de fragilidad se reproduzcan en nuestro territorio. Entre esas acciones está ejercer un estricto control sobre la migración irregular, especialmente la procedente de Haití.
Esto no significa rechazar al pueblo haitiano ni desconocer sus derechos; significa defender el derecho soberano de nuestro país a controlar sus fronteras y hacer cumplir sus leyes.
La mejor manera de honrar a quienes lucharon por la Restauración es preservar la República que ellos defendieron y trabajar para que nunca tengamos que restaurarla otra vez.
edwindelacruzr@gmail.com
(El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo, República Dominicana).






