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Francis Díaz y familia en la vida del campo RD.

Máximo Caminero por Máximo Caminero
21 de noviembre de 2024
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
El poder de la oración
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Atravesando caminos enturbiados de lodo y maleza. De pimienta y jengibres de yuca y bananos, se lanza Francis Díaz, morral al hombro, sobre un desvencijado motor de los años 70.

La cuesta se hace larga y el motor resbala sobre la alfombra de rocío. Ya no le alcanzan las fuerzas para andar descubriendo los recodos escondidos de los campos profundos y olvidados de la República Dominicana.

Allá, donde habita el silencio mordido por un canto de gallo y cacareos de gallinas, «un piar» de niños en «piquitos». También se escucha el aliento de viejos moribundos y olvidados en la más atroz indiferencia de gobiernos indolentes.

Mueren allí, los viejos nonagenarios abandonados a su suerte y a sus «fuerzas» por hijos que emigraron a las ciudades cansados de trabajar la tierra. Francis junto a su equipo de colaboradores intenta «amainar» un poco la incertidumbre de las montañas.

La lluvia se cuela por los techos de hojas de cana y metales oxidados. Llueve tanto afuera como adentro mientras el agua se mezcla con el piso de tierra negra, expulsando olores cerrados y preñados de café y tabaco.

Desdentados, pero sonrientes, los campesinos reciben a Francis con una sonrisa abierta y sincera y alegre porque, ellos «son otra gente» dulce y sólida como los troncos de caoba que los rodean. La visita trae provisiones recolectadas por generosas almas que participan desde la distancia a través de los programas que Francis emite en YouTube.

En el fondo siempre está lo verde y rico de un campo sano. Ajeno a fieras y depredadores que acechan. Un paraíso posible, que quedó encerrado en una isla del Caribe, fuera de las entrañas misteriosas del continente.

La ropa gastada se va tornando gris en la levedad de una tela que se hace transparente ante el sudor del campesino. Una soga sostiene el pantalón que también muestra un afilado machete. Instrumento imprescindible para abrir la tierra y parir con ella.

El conuco florece lentamente mientras el campesino espera con paciencia contemplando estrellas en noches oscuras, azabache. A un lado, los ranchos parecen caerse atraídos por la gravedad mientras de su interior brotan «otras iluminaciones» provocadas por velas de cera y eucaliptos.

Al silencio de la noche se le escucha un murmullo que salta tímido de piedra en piedra, de hoja en hoja. Son los ecos de dos viejos acostados sobre trapos y maderas de cuaba. Se consuelan mientras evocan sueños pasados y la ausencia de hijos perdidos.

Sin embargo, la mañana trae un amor que inmoviliza los desconsuelos de la noche anterior. Los frutos pintan de colores la grisácea tristeza de la soledad y los animales corren jubilosos en una libertad desmedida ante tanta tierra infinita y florida.

El olor del campo ataja y penetra, provocando adicción. Nadie es más feliz desde tanta simpleza. Sus rostros no proyectan el vacío que llevan dentro. Un vacío que muchos quisiéramos tener ante la riqueza invisible que tienen.

No saben cuanto daríamos por revolcarnos en el barro y ensuciarnos libremente sin necesidad de apariencias. Por gozar de esas paredes rotas y dormir entre las goteras del aguacero.

Por tocar la tierra y meter las manos profundo, buscando batatas y yucas… bañarnos en la corriente del río y las cascadas que tímidas bajan de la loma.

No sé si agradecer a Francis por los regalos que nos dan sus programas maravillosos o quejarme por lo desdichado que me ha mostrado que soy al vivir en una ciudad moderna donde el estrés nunca termina.

Por mostrarme la pobreza de los políticos que no hacen nada por brindar «alguna cosa» a estos ciudadanos olvidados. Un mejor rancho, servicio eléctrico, prevención y cuidados médicos, asistencia social a la vejez, caminos asfaltados y todo lo que le hace más llevadera la vida al ser humano.

Igual te agradezco, Francis y a tus hermanos y toda tu familia, porque viendo a toda esa gente entiendo lo que soy y de donde vengo y cuál es mi esencia y mi verdadero hogar. Gracias por ayudar a toda esa gente y compartirnos tanta riqueza desde la más mísera de las miserias. ¡Salud!, Mínimo Camponero.

Aquí les dejo un capítulo de uno de sus programas.

massmaximo@hotmail.com

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).

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Máximo Caminero

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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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