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Portada Opiniones

Don Manuel María Pimentel Matos: buen hombre y humilde empresario

Redacción por Redacción
28 de junio de 2022
en Opiniones
Tiempo de lectura: 7 minutos de lectura
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Por Emiliano Reyes Espejo

Relato

Estando de servicio en la redacción de prensa de Radio Mil, un sábado en la tarde, tocó la puerta y entró sigiloso, pidiendo permiso, un Señor de estatura mediana, con un poco de peso más del requerido para su contextura física. Con voz algo queda y con gesto parsimonioso pidió que le permitiera hacer una llamada.

-«Joven, puedo usar su teléfono para hacer una llamada», expresó. –»Claro que sí», le respondí. Le dije que no había problema, siempre y cuando la llamada fuera local, a lo que asintió.

Después, el locutor de turno en la cabina de radio hizo una llamada interna, y me dijo: -«Vi ahí que entró a Prensa el Señor Pimentel Matos ¿qué quería?». –»Ahh, sí, el Señor que entró ahora, solo quería usar el teléfono para hacer una llamada», indiqué.

El locutor se dio cuenta que yo desconocía a la persona que entró a la redacción, y me soltó un riflazo:

-«Pero muchacho del diablo, ese es don Manuel María Pimentel Matos, el dueño de esta vaina…».

Pimentel, además de creador de Radio Mil, era el propietario del hotel Napolitano y de la fábrica de Helados Nevada, así como otras iniciativas comerciales y empresariales. Pero sobre todo fue un importante radiodifusor que contribuyó a impulsar el negocio de la radiodifusión en el país.

En principio no creí el señalamiento que me hizo el locutor. Pensé que si fuera el dueño, no hubiera entrado de esa manera, abriendo la puerta con tanto sigilo y pidiendo autorización para hacer una llamada. Y me pregunté ¿por qué pide permiso? Pero si todo esto es de su propiedad –reflexioné- él puede hacer aquí lo que «venga en gana», tomar el teléfono sin pedir aquiescencia de nadie; pero no, resultó algo que yo desconocía hasta entonces, que la sencillez era un atributo innato en este ser humano especial.

Tenía poco tiempo laborando en la redacción de Radio Mil Informando. Apenas conocía algunas cosas de la empresa, incluso quién era su dueño. Para mí el propietario era Joaquín Jiménez Maxwell, creador e impulsor de un estilo radial e informativo icónico en la historia del contenido de la radiodifusión del país. Para ello obviamente se juntó con, o se apoyó de, un reputado equipo de periodistas y profesionales de la locución, muchos de los cuales, a su vez, han dejado sus propias improntas en las comunicaciones.

Un hombre talentoso

Maxwell, según me enteré después, era un socio-copropietario que formó una exitosa alianza empresarial con don Manuel María Pimentel. Era un hombre talentoso atiborrado de virtudes y defectos como todo ser humano. Su extraordinario talento lo llevó a sentar precedentes, no solo en la forma de difundir la noticia sino también en la programación musical.

La incidencia de esta emisora en el corazón del dominicano era tan profunda que, años después de laborar en Radio Mil, viví una agradable sorpresa cuando una persona, al escuchar mi nombre en una visita que realicé a la empresa donde él trabajaba, me dijo:

-«Ah, pero tú eres de los periodistas de Radio Mil Informando, escuché tu nombre cuando lo decían al final de los noticiarios…».

Y si eso ocurre conmigo, qué no pasaría con otros profesionales que pasaron por allí y que sí tuvieron un gran arraigo en ese proyecto, como fueron el propio Jiménez Maxwell, Víctor Melo Báez y Nelson Marrero (emblemáticos director y subdirector de Prensa) Emilio Herasme Peña (Emilín) Leo Hernández, Manuel Grassals (Toñito) y Sergio Ortiz Aquino, Fernando Valerio y Wilfredo Muñoz.

También, Simón Díaz, Claudio Matos, Diógenes Tejada (El Colorao) Chiqui Gómez, Radhamés González, Buenaventura Bueno Torres, Ida Secín, Juan (John) García, Alipio Coco Cabrera, y muchos otros que dejaban sus vidas allí entregados en «cuerpo y alma», desde muy tempranas horas de la madrugada, a la noble tarea de la orientación, la comunicación periodística y la alegría musical.

Nostalgia

Me embarga la nostalgia, eso es notable. No tenía idea de lo que significaba para mí ser parte de esta empresa, por donde desfiló tan formidable equipo de profesionales del periodismo y la locución.

Para algunos empleados, como fue mi caso, el dueño de esta radiodifusora era Jiménez Maxwell. Recuerdo que apenas entré a laborar en la redacción se me presentó la oportunidad de adquirir un apartamento y osé solicitar a la empresa que me hiciera un préstamo para pagar el inicial.

Pedí una cita y Jiménez Maxwell me recibió en su oficina. Le expliqué lo que deseaba, un préstamo para pagar el inicial de un apartamento que me había asignado el gobierno del presidente Antonio Guzmán en Cancino II a través del Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales (SNPP). Tras escuchar con atención mi petición, éste se recostó en su sillón, llevó su mano derecha a la barbilla, y expresó:

-«Buen mozo, buen mozo (así me decía con gesto de aprecio) ¿y con qué tú vas a pagar ese préstamo a la empresa? Acaba de entrar y todavía no tiene ni siquiera derecho a prestaciones…».

Esa expresión mató ahí mismo mi hálito de esperanza. Era el último cartuchazo que me quedaba en la búsqueda de esos recursos, que era entonces 1,000 pesos. Mi semblante cambió de «golpe y porrazo», no era lo que esperaba. En tanto, Jiménez Maxwell hizo un silencio que me pareció eterno, me miró fijamente a los ojos, y tras esta aparente evasión, señaló:

-«Tranquilo Buen mozo, ese dinero hay que buscarlo como sea… eso es para su casa, algo sagrado para nosotros…». Respiré profundamente y la esperanza volvió a mí de nuevo, esta vez acompañada de un rostro risueño.

-«Vaya a donde doña Esmeralda (La mexicana, la administradora) y dígale que yo le envié para que le haga un cheque con ese inicial».

Me puse de pies, lleno de entusiasmo y di las gracias a Jiménez Maxwell, había dado todo como un hecho. Pasé a donde doña Esmeralda y ésta dijo que tendría que esperar porque el cheque estaba para firma de Pimentel. No comprendí esa respuesta porque para mí ese préstamo había sido autorizado por el dueño, Jimenez Maxwell. La esperanza volvió a ponerse en modo cero.

Días después coincidí con Jiménez Maxwell en el pasillo de la empresa. Me preguntó si me habían entregado el dinero, le dije que no y entonces me llevó donde la Administradora y pidió personalmente que se me hiciera el cheque. Ya don José María Pimentel lo había aprobado, precisó.

Meses después, un día soleado y sin mucha expectativa noticiosa, y ya disfrutando de mi apartamento, hacía mi turno dominical en la redacción de la emisora, preparaba noticias para la emisión del lunes del noticiario Radio Mil Informando. En eso recibí una llamada inusual, poco común. A las redacciones de los medios llaman personas para hacer denuncias, hacer chanzas y canalizar reclamos, pero este no fue el caso.

¿Qué se cayó el puente Duarte?

En una ocasión llamó un joven (que por su voz me pareció un adolescente) y con forma agitada me dijo que se había caído el puente Duarte.

-¡Diablo! -pensé de inmediato- y yo solo aquí en la redacción. Hubiera sido un notición…El joven insistía en sus llamadas, precisaba que en el lugar estaban todos los medios de prensa, menos Radio Mil. Por su insistencia, hice lo obvio en estos casos, confirmar con una fuente la veracidad del hecho. Llamé al Cuerpo de Bomberos y pregunté si había alguna novedad en el ambiente. Me dijeron que no, que gracias a Dios todo estaba normal en la ciudad. Caí en cuenta que se trataba de una «tomadura de pelo» y que quería hacernos una burla.

Cuando llamó de nuevo, me reprochó que la unidad móvil de Radio Mil, reconocida por su icónica guagua ataviada de rayas como las cebras, no había llegado al lugar. Tranquilo, y ya con mi confirmación de los Bomberos, dije al insistente joven:

-«Parece que tú no estás en el puente Duarte que no has visto un helicóptero que sobrevuela el lugar con el letrero de Radio Mil».

–»Ahh, está bien, déjame ir a ver…», expresó soltando bruscamente el teléfono. Al cabo de un rato llamó de nuevo para decirme que no había ningún helicóptero, y le respondí: -«No, cómo que no, pues entonces no fuñas conmigo, porque tampoco se cayó el puente Duarte…». Dio un cerrón de teléfono y no volvió a llamar jamás. Espero que todavía esté mirando hacia arriba en las inmediaciones del puente para ver si encuentra el flamante helicóptero.

Hablando con el Dr. Jorge Blanco

Pero esta vez era una llamada especial, estaba en línea el Señor Presidente de la República, doctor Salvador Jorge Blanco.

-«Caballero, le habla el doctor Salvador Jorge Blanco, presidente de la República. Póngame al teléfono al propietario de la emisora, al Señor Manuel María Pimentel».

La voz resultó inconfundible, no daba lugar a dudas, era el presidente Jorge Blanco. Le expliqué que el Señor Pimentel no iba a la emisora y mucho menos un domingo.

-«Localícelo urgente y dígale que me apremia hablar con él, que me llame…», expresó el mandatario con su paradigmática voz de tono grave. Llamé de inmediato a mi jefe inmediato, el entonces subdirector de Prensa de Radio Mil Informando, Nelson Marrero. Expliqué a éste el contenido de la llamada, pero dada su veteranía me sometió a un interrogatorio para confirmar si realmente se trató de una llamada del presidente Jorge Blanco.

Marrero llamó a don Pimentel y le explicó sobre la llamada. Luego éste llamó a la redacción y me preguntó si ese día se había difundido algún comentario o noticia atacando frontalmente al presidente Jorge Blanco. Me pidió que le leyera las noticias de la última emisión del noticiario, una por una, y así lo hice.

No apareció nada comprometedor. Luego, me solicitó que buscara en las noticias archivadas de las últimas emisiones del noticiero que él me llamaría. Y así lo hizo, a la sazón le expliqué que no se había emitido ninguna noticia controversial contra el gobierno en esas emisiones de fin de semana.

No parecían llamadas de un dueño de emisora pese a lo que pudo significar en término de presión el reclamo de un presidente de la República. Para mí fue sorprendente la amabilidad y el don de gente con que Pimentel me trató para pedirme que «revisara bien las noticias» porque debía dar una respuesta correcta al jefe del Estado.

Al final me dio las gracias, pero yo entendí que no era necesario. Luego me enteré que realmente se produjeron fuertes ataques editoriales contra el presidente Jorge Blanco, pero que no fue por Radio Mil Informando.

Poco tiempo después estalló una «poblada» que causó un gran número de muertes en todo el país.

Hoy recuerdo con mucha satisfacción este hecho en un momento en que ocurre la muerte de este hombre memorable, don Manuel María Pimentel, empresario noble y amable que dio lo mejor de sí por su país, sin hacer mucho aspaviento, aunque pudo hacerlo.

Descanse en paz gran hombre de la hotelería, propulsor de la heladería y de la radiodifusión en el país, que llegó a ocupar la presidencia de la Asociación Dominicana de Radiodifusoras (ADORA). Mis condolencias a su hija Karina Pimentel y demás familiares.

ere.prensa@gmail.com

(El autor es periodista residente en Santo Domingo, República Dominicana).

Etiquetas: ManuelMaríaMilPimentelradio
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