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Desde Baskinta, El Libano, en Tamboril se cobijó el olor a poder de la marca Abinader (1-2)

Redacción por Redacción
24 de noviembre de 2020
en Opiniones
Tiempo de lectura: 5 minutos de lectura
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José-Dorín-Cabrera

En la medida mi cabeza se parece a una balada de cenizas de otoño, me gustan más los recuerdos.
Ahora, que aún es noviembre el mes en que el sabio don José Rafael Abinader Wassaf, se marchó vestido de madera.

Érase una vez.

Que desde las montañas de Baskinta ese olor a poder de marca Abinader, se cobijó en el cobijo de una humilde casita pintada de azul en Tamboril, Santiago, a los dos días de marzo de 1929, en la persona de don José Rafael Abinader Wassaf y tomó cuerpo en el ser dulce y apacible de doña Rosa Sula Corona. En el 2017 el candidato presidencial Luis Abinader visitó a Baskinta, lugar donde nació su abuelo José S. Abinader. Su abuela Esther Wassaf, de padres libaneses, nació en Montecristi.

El apellido Abinader.

Es el enclave del relato de la narrativa de una marca corporativa de poder que se anidó desde 1939, cuando el joven binader Wassaf de 10 años de edad trabajaba por un centavo que le entregaba al sr. Valdez para que le alquilara, por media hora, un ejemplar del periódico La Nación. Faenaba troncos de pino que deslizaba sobre el lomo del rumor de las aguas del río, hacia el pequeño muelle de un aserradero.

Arriesgaba su vida más que por un centavo, por la pasión, las ilusiones y las emociones de sus motivaciones para adquirir, con ese centavo, conocimiento e información que pudiera brindarle La Nación. Leía a toda hora con la luz que hubiera, a veces paseándose bajo los árboles devorando lecturas como si se leyera así mismo orientado por sus ideas idealistas y de progreso.

Quiso ser ingeniero. No pudo. Logró un empleo para sostenerse en la capital. Más después, él fue un ingeniero de almas en cualquiera de las facetas de su existencia y, sobre todo, de la producción de conocimientos y de las cosechas agradables que ofrece la universidad que don Rafael fundó y orientó.

Cuando diseñé su campaña.

A la senaduría por Santiago (JCE. 45.3%; José Cabrera y Asoc. 45.0%), a solicitud del dominicano más universal el doctor Peña Gómez (febrero de 1998) al igual que la de don Cuqui Medrano, senaduría de La Vega (JCE. 52.4%; José Cabrera y Asoc. 52.0%), bíblicamente en menos de 40 días, pude intuir El Quijote que residía en una de las habitaciones de su mente.

Aquella vez, también pude apreciar en él mi recuerdo de Gary Cooper con sus ojos como dos botones insufribles, que aguardaba “Solo ante el peligro” un tren que contenía el significado de la palabra verdad y justica. En aquellos días de su campaña él y yo sentados muy temprano en el banco de un parque (a la espera para rodar uno de sus spots) me narró con fervor sus oníricas ilusiones presidenciales. En 1979, él puso a pagar a la Gulf & Western $38.7 millones. Evasión pago erario por operaciones. En 1999, siendo senador por Santiago, fue el primero que atisbó las garras sobrevaluadas del dúo dinámico Andrade y Odebrecht. Acueducto Línea Noroeste.

García Márquez me dijo una vez.

“…La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda para contarla…”. Él era una mina inagotable de alegría que plasmaba desgranando su onírica poesía, su febril actividad académica, empresarial y política. Era un romántico feliz que navegaba surcando las nubes del mar. En una oportunidad del tiempo, el azar quiso que el maestro y yo nos tropezáramos un domingo en la tarde en el Estadio Quisqueya Marichal. Empezó a llover a cántaros. Él estaba auxiliado por tres personas. Se detuvo el juego. Licey-Aguilas. Abrí un paraguas y nos protegimos de grandes pedazos de lluvias. Nos sonreímos y mientras caminábamos hacia uno de los pasillos del play, me expresó gratitud por el gesto. Pude observar la inmensidad de sus ojos como hojas ocres cual su último otoño, mientras una hebra de luz aleteaba el camino de los adioses, me expresó “…Luís será presidente…”.

Falleció a las 6:45 del domingo.

Un noviembre como éste que transcurre el día 4 de 2018. Antes de cruzar los brazos contra su pecho, cerró las puertas de una calle vedada a sus pasos, asido al último rostro con el rostro eterno que lo recibió el ocaso sin una brizna de viento. Fue un notable estratega de sus afanes. En una ocasión, me invitó a su oficina para brindarme ideas sobre la campaña de su hijo Luís. Fue el trigo que al morir en el pan repartió vida.

Y como él no pudo alcanzar aquél agradable sueño.

Sí lo hizo realidad aportándole su marca, su aura, sus consejos, sus experiencias y recursos a su hijo Luís Abinader, Señor presidente de la República, cuya vigorosa e incansable imagen de marca hace hoy todo lo posible para que el futuro huela bien, a pesar de los diferentes tipos de pandemia incluida la que nos obliga a chocar puños o codos lejanos con la intensidad de la cercanía de un abrazo.

El poder evocador del olfato.

Recuerdo al enorme de Marcel Proust y su magdalena (una macita, un bienmesabe, un bizcochito, untado dentro de una taza de té) cuyo aroma lo condujo a la creatividad de “En busca del tiempo perdido”. El olor de la marca de poder del aroma del cambio ofertado al mercado de votantes, ese sentimiento convertido en voto mayoritario, se podría recordar como el fin de una Era.

No obstante, entiendo, el cambio transita sin el diseño y ejecución.

De una Política Nacional de Comunicación accionada como una de las herramientas del desarrollo económico y social, de la seguridad alimentaria y de la seguridad ciudadana, de la salud, educación, empleo, cultura. La voz del cambio anda cada una por su lado. Algunas con agendas propias. En fin. La personalidad iconográfica televisiva post moderna de la infatigable marca presidencial Abinader, debería exhibir la ejecutoria de una política de comunicación (que no solo es información y publicidad) en consonancia con sus ideas de cambios y con el cambio hacia un nuevo orden narrativo.

Forjando cual orfebre.
Una inspiración adhesiva emocional a la narrativa de su ejercicio como presidente de la esperanza que irradia el triunfo contra la adversidad, de la historia de su discurso con sentimientos y barniz en las lágrimas de su voz.

Para asentar un sólido posicionamiento.

Seductor en el campo de batalla de la mente de la opinión pública, de los amplios núcleos de independientes y del electorado que le votó en el marco de una democracia sentimental de una sociedad de espectáculos que nació hace más de 526 años en la Taína con el ritual de los Areitos, poesías cantadas que movían los pies, bebiendo cerveza de maíz fermentado en el conducto digestivo y esnifando polvo de tabaco.
Alucinada creía ver sus ancestros.
Todas las sociedades han marcado su temporalidad con fastos ritualizados.

Nuestra sociedad tiene un cerebro político emocional.

Que puede formatearse para el mejor vector de la ideología del cambio. Es un cerebro emocional de pasiones épicas que alimentada por un buen relato activa la corteza frontal orbital, ahí donde se enamoran las emociones en el espectáculo de esa democracia sentimental cincelada por las industrias comunicacionales que formatean la mente.

Dostoievski me mandó a decir en “Los demonios” que “…El fuego está en las mentes y no en las casas…”. Es la fe la que hace mover montañas. El presidente, conocedor de los grandes problemas nacionales es también un gerente de emociones y de empatías con actitudes positivas en el arte de gobernar, con habilidades estratégicas que les faciliten ejecutar el cambio que se propone.
Él tiene a su lado la poderosa energía mágica de Raquel Arbaje, su esposa y compañera.

La Política Nacional de Comunicación del cambio, es su asignatura pendiente.

josedorincabrera@gmail.com

(El autor es mercadólogo político residente en Santo Domingo, República Dominicana).

Etiquetas: abinaderJoséRafaelWassaf
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