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Portada Opiniones

Voy a ser feliz

Máximo Caminero por Máximo Caminero
29 de mayo de 2020
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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Me llamó la atención esta sentencia que da título a estas líneas; “voy a ser feliz”, lo escuché de una canción que repetía ese estribillo una y otra vez. Medité al momento, éste dice “que va a ser feliz”, y me pregunté, ¿por qué esperar?.

Según un estudio que realizaron los profesores, Weiss y Bates, de la universidad de Edimburgo. Los factores que “determinan” la felicidad son: con un 50% los genes, con un 10 el ambiente, la economía, el “status” social, la apariencia física, etc., etc., etc. Y con un 40%…tú!.

Me imagino que habrá toneladas de estudios en busca de “la felicidad perdida” que, como fórmula de escape, ante la también perdida respuesta, ¡surge al rescate el famoso “libre albedrio” ah no!. ¡Perdón! Ese es el de la Biblia, me refiero en este caso, al “depende de ti” y ahí se difumina la cosa.

Si este estudio es el más acertado, estamos jodidos. 50% de los genes significa que, de 8 mil millones de personas en el planeta, 4 mil son “desgraciados” ya que solo abrigaran 50% de “felicidad transmitida”, mil millones viven en el stress que conlleva mantener el “status” ya que gastan más en; cirugías plásticas, buenas residencias y lujosos carros.

De los tres mil millones que quedan, en lo que averiguan “quienes son” entre las visitas al psiquiatra o al gurú y el consumo de antidepresivos y “medicinas ancestrales”, el camino a la felicidad se consolara con cancioncitas como esas, de amargue, que ofrecen una felicidad a futuro.

Esto nos deja como resultado el aterrador número de, cero individuos felices en el planeta… esto esta errado porque yo si lo soy… o no?.

A ver, vamos a hacer los cálculos otra vez, 4 mil medios jodidos, mil con la estima baja y tres perdidos entre el corazón y su mente.

La genética es un sancocho ya que la arrastramos desde hace más de dos millones de años y si “asumimos” que el asunto viene desde Adán y Eva, herederos genéticos directos de Dios, entonces podríamos asumir que, ¡ni Dios, es feliz!!.

Dándole crédito a la incertidumbre, Darwin diría que en dos millones de años recorridos hasta llegar a usted se vieron inmiscuidas unas 40 mil parejas, dejando de lado los grillos y cucarachas, si tomamos en cuenta todas las situaciones y eventos que nos suceden, podríamos afirmar que eso del 100% de la felicidad es un asunto sospechosamente extraterrestre.

Ese 10% arrogante y presumido, anda cuidando tanto las apariencias que su vida se hace esclava de los objetos que acumula. La libertad es un requisito básico para la felicidad.

Por último, llegamos de nuevo a ese 40% de “pensadores” que han enriquecido la profundidad de sus pensamientos a través de sus 80 mil ancestros que les precedieron, pero, al parecer, los pensamientos no son “hereditables” ni guardamos en nuestras células todas las experiencias vividas por otros. Por lo que tendremos que empezar de cero en cada nueva edición.

Muy bien, la cancioncita continúa sonando en el fondo. Parece un tema que se repite y que proviene del más allá. De un pasado oculto y perdido que se transmite de oídos en oídos. De dolores viejos que se hicieron piedra. De muchas “feses” perdidas a variados Dioses sordos.

Sobrevivientes de cacerolazos, de celos, de guerras y ambiciones estériles. De inundaciones y huracanes, de tragedias griegas y romanas. De enfermedades locales y universales, de bacterias y virus…

El dolor y la angustia es parte del diseño terrestre. Es más fácil acusar a Eva que reconocer que Dios nunca prometió el paraíso aquí en la tierra.

Tener presente que somos un milagro de 80 mil vidas cruzándose desde hace 2 millones de años, compitiendo con miles de millones de espermatozoides, ¡es motivo para celebrarlo constantemente…así hayamos nacido dentro de un volcán!.

La única persona feliz que conocí, fue aquel señor de eterna sonrisa. Un día le pregunté ¿por qué siempre estaba feliz?. Su respuesta nunca la olvidé… Abrió los brazos y haciendo gestos “danzaricos” con sus manos, miró en breves giros, hacia todas partes como si alcanzara con ellas a todo el Universo y exclamó… ¿por qué no?. Salud!. Mínimo Caminero.

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).
massmaximo@hotmail.com

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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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