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Un día más

Máximo Caminero por Máximo Caminero
23 de agosto de 2022
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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La belleza del momento no tiene límites, quizás si lo sea esa intrincada manipulación que goza nuestra mente ante los pensamientos. Solemos desviar constantemente la «atención» y distraernos con miles de pendejadas abstractas…

Reconocer el momento que se vive es, posiblemente, el ejercicio menos practicado por todos. Observar a nuestro alrededor y sorprendernos es una cualidad poco explotada.

Somos una especie de cámara filmadora que recoge todos los detalles, los procesa y a la vez va soltando lo que «entiende» es parte de «lo común». Y es esa «comunidad», precisamente, donde abunda la magia. ¿No les parece maravilloso todo lo que vemos? ¿Lo que percibimos? ¿Lo que vivimos?.

Amanecer cada mañana en una máquina perfecta, nuestro cuerpo, habilitada para caminar, correr, brincar, tomar, agarrar, lanzar, oler, saborear y vente mil «moriquetas» más. Cuando pierde estas cualidades es cuando se da cuenta de lo valiosa y milagrosa que son.

Uno anhela «volver» a dotarse de todo aquello que conforma el cuerpo. Una infinidad de sentidos, órganos, músculos, líquidos y demás componentes colocados en los lugares apropiados.

Estamos diseñados para esta dimensión con todas las herramientas disponibles «en el mercado». Aun cojos, tuertos, invalidados de atributos, podemos continuar disfrutando de todo lo que ofrece la vida.

La máquina terrestre eventualmente se ha de deteriorar e iremos mermando la energía interna y externa. Incluso la cámara de videos se hará borrosa y el procesador de imágenes se distorsionará ocasionando que los mensajes nos lleguen a medias.

Cuando ese mundo exterior se arrincone en una mecedora, continuaremos procesando imágenes vividas y algo desmemoriadas.

Nos iremos olvidando de todos y hasta de nosotros mismos y ya no tendrán sentido los «atados». Ni la casa, ni el carro, ni la cuenta, ni el dinero.

La despedida implica desapegos, ¡y es bueno! Porque el dolor solo le quedara a «los otros» y «esos otros» por lo regular aun contaran con sus atributos intactos y prestos a «seguir viviendo» porque todos sabemos que también vamos…

Un día más es un regalo, un tesoro invaluable que no tiene precio. Es la verdadera riqueza de la que todos gozamos y que pocos apreciamos. Quejarse, enojarse, agobiarse, son los dilemas estériles de los malagradecidos.

Un hombre sabio entiende que la vida consta de un sí y un no. De un momento y de un destello. Un sueño que despierta cada mañana engendrando luces y sombras.

Experimentar las energías de los náufragos es inevitable. La gente no sabe vivir y por todas partes andan desparramando esa ignorancia.

Nuestra máquina maravillosa también es receptora de vibraciones y aun emanando las vibraciones más limpias de nuestra parte, seremos contaminados de aquellas otras.

El conocimiento ante esta realidad ineludible permitirá que nuestra consciencia ignore «los atropellos» y se enfoque más en el momento siguiente porque «entiende» que todo forma parte de «la ecuación inexorable» del universo y que «él sabrá lo que hace»…

En consecuencia, «la recepción» será menos efectiva y continuaremos asumiendo «un día más» en mejores condiciones físicas y mentales.

Usted se va a «desguañingar» de todas formas, ya lo sabe, está consciente. Habrá un momento que no tendrá ya el privilegio de «un día más», y quizás hasta este contento de que así sea, pero intente sacarle el jugo a todos estos días que «le quedan».

No es cuestión de mandarse a correr o quererlo hace todo de una, ¡no! Tampoco es para que caiga en pánico y se me agite. El punto es todo lo contrario, siéntese, relájese y observe. Ríase de todo y de todos. ¡Hasta de su mala suerte!.

Obsérvese como se va convirtiendo en momia y disfrute de su embalsamiento ¡total! Si llegara, con suerte, a los cien años, no se acordara ni siquiera de su nombre. La vida le estará regalando un tiempo extra, un tiempo preciso para deleitarse de todo lo maravilloso que siempre estuvo a su alrededor y nunca vio.

Tal vez en esos momentos íntimos, donde ya no escuchamos nada y apenas «algo» vemos, una voz interior nos hable, sin mediar palabras, recordándonos que «un día más, es también un día menos». ¡Salud!. Mínimo Caminero.

massmaximo@hotmail.com

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).

Etiquetas: Un día más
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Máximo Caminero

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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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