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Portada Opiniones

Un cura revolucionario

Nélsido Herasme por Nélsido Herasme
5 de enero de 2021
en Opiniones
Tiempo de lectura: 2 minutos de lectura
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Jorge Cela fue un jesuita que vivió por más de 30 años en la Zona Norte de Santo Domingo, mentor de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) creador de instituciones sociales y comunitarias como el Centro de Estudios Sociales P. Juan Montalvo, Ciudad Alternativa, el Comité Para la Defensa de los Derechos Barriales (Copadeba), Ediciones Populares y el Periódico Encuentro; dirigió las escuelas Fe y Alegría, fue co-fundador del Centro Cultural Poveda, escribió libros, impartió docencia.

El Padre Jorge Cela se nos fue pero nos dejó su gran ejemplo de humildad y grandeza interior. A pesar de su don de intelectualidad y su recia formación revolucionaria, Jorge era un muchacho, de tenis y ropas sufridas que, mochila al hombro, veíamos acompañar el proceso de evangelización durante horas en los barrios 27 de Febrero, la Ciénaga, Guachupita y los Guandules y los domingos, celebrar y concelebrar eucaristía en la parroquia Domingo Savio junto a Luis Oraá.

El Padre Cela fue un sacerdote de compromiso y de opción preferencial por los de abajo, dando rienda suelta a su vocación en un momento en que la iglesia de América Latina empezaba a ver las heridas abiertas del pueblo.

Era el tiempo de la interpretación del evangelio a la luz de la Teología de la Liberación que alimentaba el deseo de una iglesia que quería caminar de la mano con su pueblo, animada por el Papa Juan XXIII, cuyo celo por la unidad de los cristianos lo motivaron a publicar la encíclica «Pacem in terris» (Paz en la Tierra) y luego convertirse en el protagonista de la iniciativas más revolucionaria que en 1962 el mundo católico conoció como el “Concilio Vaticano II”.

Era el surgir de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) como estilo nuevo de acompañar al rebaño, que se inspiraban en la reflexión y el mandato de los documentos salidos de la celebración de los CELAM de Medellín, Colombia, en 1968 y en Puebla, México, en 1979.

Era el tiempo de Oscar Romero, quien asumió a su prójimo como su verdadero hermano. Jorge Cela fue de los que leyó la biblia con los ojos de los pobres, lo que también lo enfrentó a muchos riesgos.

Etiquetas: CelaJorgePadre
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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