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Portada Opiniones

Terquedad en medio de la pandemia

Redacción por Redacción
18 de enero de 2021
en Opiniones
Tiempo de lectura: 2 minutos de lectura
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Por Félix Núñez

La pandemia que azota al mundo por los efectos del coronavirus, ha puesto al desnudo que el hombre insiste en ser indolente, terco, ambicioso e irracional y que en su afán por acumular riqueza, es capaz de autodestruirse.

El COVID 19 nos estrega en la cara que seguimos viviendo de espalda a Dios, que somos simples mortales, ave de paso por este mundo, y que el asunto no está en afanarse por conseguir dinero y hacerse más rico, sino en vivir conforme a la voluntad de nuestro creador.

Hay gente que con la llegada del COVID 19 se han vuelto más ricos, pero ni por asomo les ha pasado por su mente compartirla ni siquiera con sus empleados. Son más insensibles y no faltan los que sin necesidad arriesgan sus vidas sin importar contagiarse del virus y luego llevarlo a sus hogares.

Son pocos los que reparan en pensar en que ahora lo más importante es salvar sus vidas y que hay que dejar de lado el afán por obtener dinero. Al final del camino si te mata el virus de nada valdría el esfuerzo.

El quedarse en casa para muchos es una mala palabra, y por eso no es raro ver en los medios opiniones de gente que dice que el toque de queda es un disparate, los ignorantes que juegan dominó y toman alcohol sin mascarillas y ni hablar de los tercos que participan en fiestas clandestinas.

Hoy, hay países desarrollados que están cerrando sus actividades productivas en post de conservar vidas, a sabiendas del descalabro económico que esto significa. Ellos están claro, que lo más importante es sobrevivir a este peligroso virus.

Pero mientras otros países toman precauciones, en RD hay sabelotodo que quieren rumba abiertas para bailes, sin importar el rebrote que está experimentando el virus en todo el mundo. Otros violan el toque de queda y agreden a las autoridades cuando son apresados.

En el caso de algunos empresarios, se hace preciso citarle el capítulo 8 versículo 36 de Marcos, que reza: de que le vale al hombre ganar al mundo si perdiere su alma. Y porque no decirles a los que viven afanosos y quejándose por el toque de queda, que de nada sirve ganar dinero si en el intento perdiere tu vida.

Etiquetas: pandemiaTerquedad
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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