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Tarzán

Máximo Caminero por Máximo Caminero
23 de marzo de 2020
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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La verdad es que este asunto terrenal se está poniendo cada día peor!. Mis uñas me lo recuerdan constantemente, me he lavado tanto las manos que lucen impecables, sin ningún rastro de suciedad. Poco a poco he tenido que irme adaptando a los cambios bruscos que de la noche a la mañana he adquirido.

Ahora tengo una manía que todo lo que toco, me lleva al fregadero. Las llaves de mi auto, el manubrio interior/exterior de la puerta y el carro, el lapicero, la camisa, los pantalones, todo hay que “fumigarlo”. No puedo ni tocarme la cara, mejor dicho…no puedo ni tocarme a mí mismo!!…

Este maldito virus, cierto que se está llevando mucha gente a visitar a “papadio”, pero también ha hecho que muchos, por fin, se bañen!!. El mundo en si, está respirando mejor ya que to’ las fábricas están paradas. La contaminación es casi nula!. Un hecho casi irrepetible en nuestra historia moderna.

Es como si de buenas a primeras, zass!! Los humanos no existiésemos. Los principales depredadores del planeta estamos encerrados, nulos! Desde nuestras humildes “mansiones” somos inofensivos para el mundo.

Los desechos tóxicos que producimos desde el hogar, son inmensamente menores que los ocasionados en la calle.

Posiblemente los únicos que van en desventaja son los ratones quienes estarán más “aburrio” que nosotros ya que no pueden salir a hacer sus fechorías en nuestra presencia.

Dentro de las cosas buenas que este momento histórico nos ha dado, está la lección única! De ver en perspectiva; qué hemos hecho de nuestras vidas y qué estamos haciendo con ella hoy. El stress recorrido no será ya el que enfrentaremos. Saldremos de esta pesadilla con una fortaleza jamás soñada y la que desconocíamos tener.

Yo hasta cierto punto la conocía, no me tocó vivirla pero si verla unos diez años atrás. Fue aquel señor mayor (87 años) al que le rentaba un pequeño apartamento. Éste se veía enfermo y casi a punto de firmar con los ángeles. Una tarde llegué a visitarlo y me encontré con la ambulancia que se lo llevaba ya que le había dado un paro cardiaco. Le insinué a un paramédico que, Don Pedro, no se salvaba de esta y la respuesta que dio a mi comentario fue; “No creas, el cuerpo humano se resiste a morir”… Yo no supe más de Don Pedro, por lo que lo di por muerto.

Como mi estudio me queda cerca, suelo irme en bicicleta. Las desoladas calles son una delicia para los ciclistas, ahora solo pongo cuidado en no atropellar a los ratones huyendo de los gatos y estos huyendo de los perros. La algarabía es distinta, de repente te salen quince gallinas en desbandadas perseguidas por tres galantes gallos. La fiesta animal se ha desatado en mi barrio, he visto zorros, mapaches, culebras y hasta monos!!.

Un águila calva, que no sé de dónde demonios salió, me arrancó el sombrero de peluche que llevaba, al parecer pensó que era una iguana de las que también se han tomado todas las ramas de los árboles y las que a veces “gotean” cayéndole encima a los autos parqueados.

Hoy tuve que cambiar la rueda trasera de la bicicleta ya que la mordida que le dio el cocodrilo que al parecer llevaba varios días asechándome, casi la arranca por completo. Yo sé que lo volverá a intentar mañana pero como carnada le llevaré al jabalí que me persigue desde una cuadra antes.

Como ven, la tragedia de unos, es la felicidad de otros. Ya los árboles y los arbustos han arropado a la mayoría de las casas, esto en poco tiempo, volverá a ser la jungla que era antes de que llegáramos a sembrar cemento por todas partes.

Cuando nos permitan salir de nuevo, nos encontraremos que; “los invasores hemos sido invadidos”. Muchos saldrán flacos, pero la mayoría más gorditos. Nuevos miembros de la familia verán la luz por primera vez mientras otros no la verán ya más…

Algunos saldremos con el “instinto de la paciencia” desarrollado y otros convertidos en vulgares asesinos de suegras…la tragedia no es tan grave, no ombe!!. Cuando poco, habremos recuperado nuestra memoria ancestral de cavernícolas por lo que estaremos en nuestras aguas cuando abramos la puerta para encontrarnos con una tupida vegetación.

Volví a salir en la tarde y pensé que ya me había vuelto histérico, con todos estos cambios, al ver a Don Pedro! Asido a una liana y saltando de árbol en árbol. Sorprendido le hice señas para confirmar que no estaba yo demente. Se me acercó sonriente. Tenía el pecho desnudo, la piel tostada y firme y se cubría con lo que parecía una falda escocesa. Don Pedro!. Exclame, más este me miró incrédulo y con voz de trueno me dijo; ¿Qué Don Pedro ni Don Pedro? Es que acaso no reconoces a Tarzán?…

Postdata; de esta saldremos, o más vivos …o más locos! Pero saldremos. Así tengamos que salir como Don Pedro y regresar como Tarzán!!. Salud dos veces!!!. Mínimo Caminero.

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Máximo Caminero

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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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