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¡Solo una vida!

Máximo Caminero por Máximo Caminero
12 de abril de 2022
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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Me caí más de una vez de la bicicleta, más de tres de la motocicleta, me chocaron varias veces en el carro. He salido disparado de vehículos en movimiento, mi cabeza se ha raspado por el cemento áspero.

Me han sacado varias veces de la piscina a punto de ahogarme, de lagunas negras como la tierra. He sido arrastrado por corrientes violentas de ríos. El mar me ha alejado de la costa dejándome a la deriva entre tiburones y ballenas.

Me he lanzado de un tercer piso por falsa alarma de temblor. De un quinto en Nueva York a causa de un incendio. He salido desnudo en Managua, librándome del terremoto, pero no de las miradas femeninas escrutadoras…

Estuve tres días perdidos a 5 mil pies de altura en el Chimborazo en Ecuador. Cuando me encontraron tuvieron que romper con un martillo el hielo que llevaba pegado a la piel.

Me tiré en paracaídas en la Florida y a cincuenta metros del suelo este se rasgó, haciéndome caer en un pantano de los Everglades donde tres cocodrilos me esperaban, pero su afán de comerme los hizo caer en una pelea descuidando a su presa.

Me quedé sin gasolina en medio del desierto texano y fui recogido por unos buenos samaritanos que resultaron ser agresivos narcotraficantes. Cuando me vine a dar cuenta estaba en medio de una balacera que hasta a mí me dieron una ametralladora. No sé si los maté yo a todos, pero cuando abrí los ojos no quedaba uno vivo.

En un pueblo olvidado de Guatemala me confundieron con un ladrón y me azotaron en medio de la plaza. Me amarraron a un poste y me rociaron gasolina, pero se desató un diluvio y aquello les pareció un presagio de los dioses escapándome de ser recordado como Juan De Arco.

En París, tuve que tirarme desde lo alto de la Torre Eiffel con una soga ya que un marido celoso subía presuroso, pistola en mano, en busca de su amada. Los franceses pensaron que se trataba de una promoción de Tarzán, ya que me «balanceaba» en paños menores…

El guía africano sufrió un infarto, haciéndome yo del timón del jeep que nos transportaba en medio de la jungla. Con tan mala suerte que desvié el camino de regreso internándome en tierra de leones. Fueron tantos los leones que nos persiguieron que el guía al despertar y verlos tan cerca sufrió otro infarto …esta vez fulminante.

Fui violado por dos gruesas morenas en Cartagena, que pasaron de un masaje sencillo a uno en donde me encadenaron de piernas y brazos haciendo conmigo el queso de un sándwich al que deleitaron…

Me caí de una avioneta en dos ocasiones, la primera logré aterrizar en un frondoso pasto, pero la segunda en medio del mar entre la Florida y Cuba. Llegué nadando hasta varadero, donde fui consolado por una flaca al son de la guantanamera.

Me he reído, me he llorado. He perdido la vida muchas veces y otras tantas las he recuperado. He ido perdiendo el miedo al mañana y ¡quizás! «creo» a toda la incertidumbre.

He aprendido a observar y a callarme cuando lo que se diga caerá en el vacío. Mi último aprendizaje ha sido el desapegarme de los deseos y anhelos para verlos llegar solos como un acto de magia.

Los que nos toca nos toca. En vano será intentar resistirnos. Nadie llega el día después, ni muere un día antes.

Lo que si es preciso recordarnos que ¡solo una vida! Es la que tenemos. Así creas en la reencarnación y en «verdad» regreses. Ese que volverá no serás tú ni este que hoy está aquí. El que vendrá será otro, con nuevo rostro, nueva voz, nuevo nombre y nueva vida.

Solo una vida para que optes por; amargártela o gozártela. No para que te quedes en ese rincón quejándote de lo que «no sucede». ¿Pero no piensas que lo que sucede lo estás haciendo tu?.

No esperes que otros te resuelvan la vida. Ellos están resolviendo la suya. Sal ahora, levántate y camina ¿dónde?. Ni eso se piensa. Donde quiera que vayas era donde tenías que ir.

Todos tenemos muchos destinos asignados exclusivamente para nosotros. Si optas por solo irte por «uno» de todos los caminos «esa parte» del destino es la que tendrás…

Si no te va bien, no tengas miedo en soltar eso. Vete a recorrer otro de los caminos y si también te hartas ¡recórrelos todos! Al fin y al cabo todos son tuyos.

Ayer, no salí al patio de mi casa. Dejé esperando a mi hamaca que celosa espera por mi todas las tardes, a las cinco en punto para ser exactos.

Ayer, se cayó el árbol encima de mi hamaca, en la tarde, a las cinco y un minuto ¡para ser exactos!. ¡Salud!. Mínimo Caminero.

massmaximo@hotmail.com

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).

Etiquetas: Una vida
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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