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Portada Opiniones

Resguardemos con amor y ahínco a nuestros adultos mayores ante el COVID-19

Redacción por Redacción
3 de abril de 2020
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
FacebookTwitterWhatsappTelegram

Por Emilia Santos Frias
santosemili@gmail.com

«La corona del anciano son sus nietos …», nos dice en La Biblia, el libro de los proverbios, 17 versículo 6, mientras que, el Salmo 127, en su versículo 3, se refiere a los “frutos del vientre”, como “una recompensa”. Esto nos permite discernir que ser abuela, abuelo, es un enorme honor, pero ser nieta o nieto, es un tremendo privilegio.

Justo en estos días que nuestros corazones han sido lacerados por la enorme pérdida y tristeza que vive el mundo, mi clamor va a favor del cuidado de la población envejeciente.

El drama se apoderó recientemente de un asilo de ancianos, ubicado en la provincia San Francisco de Macorís, y cada día sucumbimos ante la terrible pérdida de vidas en otros lugares de nuestro país. Muertes ocurridas fruto del nefasto paso de la pandemia denominada: coronavirus, SARS-CoV-2 o COVID-19; un síndrome respiratorio agudo grave.

Sin dudas, hoy más que nunca el mundo está de rodillas, pero orando a Dios para que los científicos encuentren pronto la cura. Ya hemos perdido demasiado y nuestros envejecientes son los más vulnerables.

“Las abuelas y los abuelos tienen plata en sus cabellos y oro en sus corazones”. Refrán anónimo.

Es momento para priorizar dentro de nuestras limitaciones financieras, de suministro y de personal médico, la protección de las personas de la tercera edad, adultos mayores, envejecientes y ancianos, de las cuales son parte nuestros abuelos y abuelas.

Esta importante fracción poblacional está salvaguardada por normativas nacionales e internacionales, entre ellas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Constitución de la República Dominicana de 2015, entre otras.

Es vital, exhibir en estos momentos cuidados delicados hacia nuestros abuelos y abuelas, sobre todo de personas quienes aún lo tienen con ellas; los que hace años despedimos a una abuela, sabemos la profunda pena que cargamos a rastras.

Honremos ahora el artículo 57 de la Carta Magna cuando nos habla del rol de la familia, la sociedad y el Estado, responsables del amparo y asistencia de este segmento poblacional, quienes además deben promover su integración a la vida activa y comunitaria, a servicios de la seguridad social integral y al subsidio alimentario en caso de indigencia.

Las imágenes que vemos diariamente en las redes sociales, sobre todo de adultos mayores que viven en nuestros pueblos en condiciones de pobreza extremas, con falta de alimentos y desprovistos de todo tipo de servicios, parte el alma!.

“El amor perfecto a veces no llega hasta el primer nieto”, dice un proverbio Galés.

Existen muchas leyes que en nuestro país, además de la General de Salud, 42-01 y la de Seguridad Social 87-01, que consagran la defensa de nuestros abuelos y abuelas, como la Ley 352-98, que trata la protección a los envejecientes. Por lo que es oportuno hoy, como ella nos indica, garantizar que él y la envejeciente permanezcan en su núcleo familiar, donde la familia le brinde los cuidados necesarios y procure que su estadía sea lo más placentera posible. Pero, estamos cumpliendo con amor, sensibilidad, oportunidad, y compromiso este rol?.

Es en el hogar donde nuestros envejecientes deben estar protegidos, siendo amados por sus seres queridos, ya sea que estén en perfecto estado de salud o posean alguna discapacidad física, o mental. Créanme cuando fallecen se nos va la mitad de nuestras vidas. Cuidémoslo!.

Los derechos humanos así lo prevén, pero está en ti y en mí su verdadera protección. Recordemos a Víctor Hugo cuando decía que hay padres y madres que no aman a sus hijos e hijas, pero las abuelas y los abuelos adoran a sus nietos y nietas. Ese amor es incondicional, filial. Además, constituyen un verdadero pozo de sabiduría.

Amemos a nuestros envejecientes, preservémosle. Lo merecen, ellos nos privilegiaron con sus enseñanzas, su cuido, su amor y su hermoso legado. Qué Dios nos guíe en el camino del bien hacer.

(La autora es educadora, periodista, abogada y locutora, residente en Santo Domingo).

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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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