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Portada Opiniones

Reality

Máximo Caminero por Máximo Caminero
9 de noviembre de 2022
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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¿Qué es la realidad? ¿Será acaso lo que ves o lo que sientes? Y lo que no se ve ni se siente, ¿qué es?

La realidad humana está atada a una masa que necesita alimentarse para sostenerse. Esta particularidad nos ata a determinados factores que no son, en realidad, nuestra verdadera «realidad».

Somos como esos superhéroes que mantienen incógnito, detrás de una máscara, su real identidad. Una vez desvanecido el cuerpo nos revelamos quienes somos… «En realidad»

¿Quiénes somos? En esta realidad terrena somos una fragata navegando en diversos mares. Provocando mareas altas y bajas y de vez en cuando uno que otro vendaval.

Piezas dispersas, pero bien estructuradas, de un acertijo muy alto a nuestro grado de comprensión. La realidad se va creando a medida que avanzamos en el tiempo.

No tenemos que movernos ni hacer nada, si así lo deseamos, el tiempo camina por nosotros en complicidad matemática con la ecuación asignada. No hay escape al resultado, quizás uno que otro «error» que se autocorrige al instante.

El mayor gasto de energía que perdemos en esta realidad humana son los pensamientos especulativos que lanzamos constantemente tratando de explicar, lo inexplicable.

Si tan solo redujéramos un diez por ciento de esos pensamientos absurdos, obtendríamos una calma evidente en este momento provisional humano.

Hacer consciencia de que los pensamientos ocupan un espacio mayor y estéril de la vida nos brindaría una vida, precisamente, más real.

Si dejáramos de pensar un 50% de lo que pensamos, por gusto, lograríamos enfocarnos realmente de lo que «es» real en la tierra.

Una mente limpia y descargada de suciedad mental, es decir, de todo ese carnaval «sambatico» que alborota regaladamente y sin piedad, sería prácticamente un alma casi despierta en un territorio de baja sintonía espiritual.

Para estar presente en esta dimensión es necesario bloquear la mente. Cerrarla a todos los pensamientos que nos distraen y que nos hacen perder lo único que tenemos… tiempo.

¡Cuando ese tiempo se acaba, se acaba la realidad y despertamos «en otra» realidad, quizás la real realidad o quien sabe…!

Para disfrutar de todas las realidades es preciso estar conscientes de sus particularidades. Aprender a fluir es un asunto urgente y necesario.

Si alcanzásemos lograr controlar la mente y poner bajo llave los pensamientos sin sentido, podríamos decir que estamos viviendo realmente una realidad irreal, ¡si! Porque la realidad escapa constantemente tal y como hace el tiempo… y como hacemos tú y yo.

La idea no es de convertirse en buda ni de buscar la iluminación añorada para luego no querer hacer nada. La idea es la de «vaciar» esa carga fastidiosa para, precisamente, ocupar el espacio y enfocarnos en lo observado y poder sentirlo y disfrutarlo.

Si usted pasó por esta dimensión sentado viendo la televisión o como zombi en su celular. Usted es parte de ese gran porcentaje de ecuaciones cósmicas manejadas cual marionetas sin ningún tipo de error que pueda dar un resultado «distinto».

¡Parar de pensar es el secreto! Sacar la cabeza por la ventana y después saltar del balcón a la calle. Sin rumbo, ni trabas, ni sueños perfectos y calculados.

La realidad se transforma a nuestro favor a medida que solemos observarla. Ella se mostrará escurridiza y ruborosa, ya que anda desnuda. Vestirla es parte de ese entramado del universo.

Lo que logres ver y sentir esa será tu realidad, lo que no, es solo el sueño de otra realidad a la que no estás capacitado escudriñar. Y vivir en una irrealidad que no es la realidad, es un sueño perdido, algo así como una pesadilla, que no deja de pensarse, ¡salud!. Mínimo Caminero.

massmaximo@hotmail.com

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).

Etiquetas: Realidad
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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