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¡Qué bonita es esta vida!

Máximo Caminero por Máximo Caminero
15 de agosto de 2021
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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Lo primero que vio al despertar fue humo. Se levantó apresurado y a tientas alcanzó a salir de la casa solo para ver como esta se consumía entre las llamas voraces.

No lo vio el camión de bomberos que llegaba y de un solo golpe lo mandó volando hasta la casa del vecino. Tuvo «la suerte» de caer en la piscina…

El cocodrilo que la noche anterior se había colado hasta esta, lo arrastró hasta el borde en donde pudo aferrarse y salir a medio pie pues el cocodrilo se había quedado con una de sus piernas.

Se amarró una «pata» de palo que le quitó a una silla y como todo un pirata, medio desnudo, mojado, rasguñado, «amoretoneado» saltó la verja para regresar a su casa.

Tan irreconocible estaba que lo confundieron con un ladrón y la turba curiosa, que hasta allí había llegado, le entró a palos.

Cuando logró recobrar la conciencia, estaba esposado en una cama de hospital y cuando quiso preguntarle a la enfermera, esta no lo dejó hablar colocándole una mascarilla de la que salía un vapor «anesteciante»…

Cuando volvió a medio despertar, entre sueños, escuchó unas voces que discutían; pero, ¿quién confundió al paciente? Le hemos sacado un riñón a este pobre hombre y trasplantado un corazón nuevo y ahora resulta que nada tenía que ver con eso.

A este punto, ya no sabía si estaba soñando, si estaba muerto, si era parte de una obra de teatro. Ya no sentía nada y quizás, ese nuevo corazón, tendría un sentimiento más duro, más frio, más…indiferente.

¡Bueno llévenselo! Escuchó la voz frustrada del doctor.

A los cuatro días recuperó las fuerzas y la voz. Le dieron de alta sin explicaciones y se apuraron en sacarlo del hospital. Nadie fue a buscarlo. Vivía solo y sus familias cercanas hacía tiempo que lo habían olvidado.

Arrastrando una silla de ruedas se aventuró a intentar llegar a «su casa». No vio la bajada larga de la calle y cuando la vio…ya no podía frenar el viejo andamiaje que le habían dado.

Bajó hecho un cohete, tan rápido iba que ni el gato negro que se le cruzó logró esquivarlo. De un brinco alcanzó a aferrarse a los cabellos ajados del pobre hombre clavándole con fuerzas sus uñas y una de ellas en un ojo dejándolo tuerto al instante.

Cuando alcanzaron la parte baja de la cuesta se encontraron de frente con un tren que los enganchó como cuchillo. No hubo gritos ni maullidos que alertaran al piloto. Así se desaparecieron de la bulliciosa ciudad en un bullicioso trotar de hierros.

Cuando el tren se detuvo, ya la noche era señora del día.

A duras penalidades lograron zafarse del garabato que dibujó la silla ante el «roce» avasallador del tren.

No había maquinista, ni auxiliar de cabina, ni fogonero, ni pasajeros. Solo la mole gigante detenida en medio de una selva solitaria y negra.

Se sentaron a contemplar la noche. El gato no se atrevió a apartarse de su lado, él también estaba anonadado de ver «como» en un segundo la vida le cambiaba a cualquiera. Ya no volvería a ver a sus amigos callejeros.

Una estrella iluminó el cielo y ¡zazz!! Una bola de fuego se les vino encima derritiendo como agua al tren ante sus ojos, bueno, medio ojo para él. El asteroide que cayó los hizo saltar varios metros provocándole varias costillas rotas a ambos.

Quedaron inmóviles boca arriba. No podía este hombre moverse ni media pulgada ante el dolor tan absurdo. En cambio, el gato, apenas daba uso a tres de sus siete vidas.

El vapor provocado del asteroide desató las tormentas y el diluvio de Noé no fue nada comparado con las lluvias que cayeron en apenas un minuto. Sintió como esta levantaba su cuerpo y lo hacía flotar a la vez que el gato lo usaba de canoa.

Fueron arrastrados hasta el borde de unas impresionantes cataratas cayendo hasta el fondo de sus profundas aguas…

Despertó en la sala de otro hospital. Tuerto, cojo, descorazonado, desriñonado, descostillado y con un gato negro de tres vidas a su lado.

¿Cómo se siente? Preguntó una bella enfermera. Este miro al gato que le dio una cómplice sonrisa, se puso la mano en el pecho como queriendo alcanzar su corazón, que no era suyo, pero que ya no importaba, y esforzando la voz ante el dolor del intento alcanzó a decir; ¡qué bonita es esta vida!. ¡Coño!. ¡Salud!. Mínimo Caminero.

massmaximo@hotmail.com

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).

Etiquetas: BonitaEstáQueVida
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Máximo Caminero

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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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