Esta es la octava vez que le doy la vuelta al planeta. Estoy cansado de hacer amigos que se mueren constantemente; yo, que ya llevo quinientos años de vida debido a «un defecto de fábrica», me estoy cansando de esta eternidad infinita.
Ustedes no saben lo que es «durar para siempre». Uno termina agotado y loco por morirse, pero ni siquiera puedo suicidarme. La última vez me tiré de un barranco de más de mil metros de altura y caí en cámara lenta, más despacio que un paracaídas.
Me imagino que pensarán que estoy loco y hasta quisieran tener «esta suerte» que me ha tocado, pero créanme, esto de durar para siempre termina como la vida misma: sin sentido.
He tenido más de 40 esposas, más de 300 hijos y ni cuento los nietos, tataranietos, cuatrinietos, bichoznos, trastataranietos y una hilera más de descendientes. Si sigo así, terminaré emparentado con toda la nación y hasta con el mundo.
Imagínense que el otro día estuve enamorando a una joven y resultó que era la hija de una de mis tataratataratataranietas. Tengo el cementerio lleno de todos mis ancianos, hijos y demás. Ya ni lloro en los velorios, porque uno se acostumbra a todo y se va poniendo frío…
Tengo familiares en África, Asia, Europa y demás continentes. Todo el mundo me conoce, ya que he sido objeto de estudios científicos y he participado en miles de programas de entrevistas. Yo, la verdad, no entiendo, porque siempre digo lo mismo: «No tengo la fuente de la eterna juventud en mi casa»…
Si los científicos lograran dar con «la causa» que me ocasiona este «nunca morirse», el planeta se sobrepoblaría y no podríamos caminar ante tanta gente. Se volverían todos unos vagos, como yo, con todo el tiempo del mundo para «terminar» de estudiar una profesión u oficio de su interés.
¡Termina uno «jarto» de lo mismo! Es como ver una película setecientas veces. Las mismas rutinas, las mismas pasiones, desengaños, llegadas y despedidas.
Mi primera casa la compré unos años después de que Cristóbal Colón llegara a América. He pasado desde la Revolución francesa a las primeras guerras púnicas. He conocido a todos los grandes personajes de la historia y a los más grandes pintores, a los que nunca les compré un cuadro cuando estaban en la miseria y que hoy valen millones; cosas injustas de la vida…
Vi a Miguel Ángel pintar la Mona Lisa, aunque todos creen que fue Da Vinci. Si me dejaran escribir la historia como realmente fue, el mundo sería otro, pero, a pesar de todo el tiempo que tengo, no tengo tiempo para más pendejadas.
Aprendí que nada cambia; la gente es «exactamente igual de incrédula». Actúan de la misma forma, con los mismos egos y ambiciones. Joden, joden y joden, y terminan perdiéndolo todo. Hasta se olvidan de vivir intentando «alcanzar» el «vivir mejor».
¡Pero bueno! Sigo insistiendo en encontrar «la salida» de este infierno, pero no la encuentro por ninguna parte. Una vez me quedé solo cuando terminaron por explotarlo todo, pero, gracias a una chica que había sobrevivido a la hecatombe, logramos «repoblar» el planeta…
Así que ya lo saben: yo soy «el papaupa de la matica», es decir, su papá. Y agradezcan que ninguno salió con «el defecto mío», sino que son seres «comunes y corrientes» que vivirán una temporada en el infierno y luego regresarán a su verdadera casa.
A mí me tocaron los fuegos eternos y una que otra diabla de vez en cuando. ¡Salud!. Mínimo, siemprero.
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).








