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Portada Opiniones

La Semana Mayor ha cambiado con el tiempo

Redacción por Redacción
6 de abril de 2023
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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Por Amín Cruz

«Para ti mi deseo de serenidad y todo bien. Que estos días de Pascua te llenen de paz y amor, Dios te siga bendiciendo»…

La verdad es que el tiempo cambia las costumbres, tradiciones, al humano y hasta la propia naturaleza, pero nunca iba a pensar que la Semana Mayor podría tener un cambio tan radical. En mi época del 1960 con esa larga tradición que todos seguíamos, una fe dogmatizada en la creencia de Jesucristo con respeto, temor, obediencia a sus semejantes – humano, que se congregaban en las iglesias y/o en sus respectivos hogares hacer alabanzas, oraciones, reflexiones y perdonarse unos a otros.

Hoy día todo ha cambiado de manera radical, en esa época era casual ver o escuchar muertes por accidentes y si existían se podían contar con los dedos de las manos y sobraban dedos, los hoteles vacíos, las playas eran desiertos de arenas y aguas, hoy están llena de vacacionistas con bulla y grande conciertos musicales y competencias desmesurada sin orden, ni respeto.

La Semana Santa del presente siglo XXI no es la misma que vivieron nuestro antepasado, sobre todo si nos remontamos a los años 60’s, de verdad que hace mucho más de medio siglo, pero era algo muy diferente a la actual, ahora hablamos de estadística de muerte, en aquella época era cero comparada a la del presente, además era un momento para pensar, meditar y reflexionar sobre el pasado y presente de nuestra vida, eran momento de oración sin bulla, sin escándalo, sin atracadores ni muerte.

Hoy día todo ha cambiado ya no es lo mismo ni es igual, hoy se habla de cuántos murieron, se ahogaron, asaltaron y muy poco se habla de oración, tranquilidad, meditación o reflexión. Pienso que podemos renovar nuestra fe y esperanza que nos conduzca hacia el camino de la reconciliación de todos los seres humanos del mundo por la búsqueda de un porvenir mejor. Hay que superar las confrontaciones personales, la discordia en la familia y los países… Dios es amor y nos dice en su palabra que Él es el Principio y el Fin.

Semana Santa es la fecha en que se vive y recuerda la muerte, crucifixión y resurrección del Señor Jesucristo, además, es propicia también para olvidar desavenencias y resquemores, debemos dedicarnos a la meditación sana, para buscar soluciones viables en el campo de la vida política, economía, salud y otras en nuestras sociedades. Dice el Obispo Josu Iriondo, que «La Cuaresma es la oportunidad de mirar a nuestras vidas, encontrar las zonas desérticas y crecer en las esperanzas de que el desierto pueda florecer».

Si como seres humanos reflexionamos y tomáramos la Cuaresma como un tiempo de Dios y con uno mismo, en esa profundidad te desnuda de tus afanes, revisa tu vida, busca cómo adquirir el equilibrio de tu familia e insertarse en la sociedad como una mujer o hombre nuevo de bien las cosas van a cambiar. La Cuaresma es tiempo de unirte a Dios, sea cual sea… Aprovecha el momento y reflexiona, no podemos seguir viviendo esta vida de antagonismo, rivalidad, envidia, confrontación en nuestra vida, debemos ser luz en la tiniebla y seguir avanzando por un mejor porvenir.

Quiero terminar esta reflexión exhortando a reflexionar por una humanidad más justa, no esperemos que el otro cambie, cambiemos nosotros y la humanidad cambiará automáticamente. La realidad es que el mal está dentro de ti y de mí, si tú y yo no reconocemos esto, nada cambiará dentro ni fuera de ti ni de mí, si tú y yo cambiamos encontramos la llave que abrirá muchas puertas por las que podrán caminar innumerables seres humanos, la sociedad cambiará y será otra donde las buenas nuevas florecerán… Amen

«Después no quiero más que paz, un nido de constructiva paz en cada palma y quizás a propósito del alma, el enjambre de besos y el olvido», Pedro Mir.

(El autor es periodista, presidente fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa, residente en Nueva York).

Etiquetas: La Semana Mayor ha cambiado con el tiempo
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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