Por Juan Carlos Esteve Sala
Llevar doce años bajo la luz de Alicante (España) no diluye el salitre gallego que Ángel Fernández Rivas lleva en las venas. Este burelés, hoy patrón de remolcador en Boluda Corporación Marítima, encarna esa estirpe de marinos que no eligieron su profesión, sino que fueron reclamados por ella. Su historia no es solo la de un hombre que guía colosos de acero en el Mediterráneo, sino una valiosa reflexión sobre lo que verdaderamente significa consagrar la vida al mar: un equilibrio invisible entre la fuerza física, la precisión técnica y, sobre todo, una fortísima resistencia psicológica.
El camino de Ángel hacia el puente de mando no se trazó entre las comodidades de las aulas, sino en el duro vaivén de la pesca del bonito. Su verdadera escuela fue la cubierta, compaginando el esfuerzo en la marea con el estudio constante en tierra hasta titularse como Capitán de Pesca. Sin embargo, cuando la crisis del sector arreció, el destino lo condujo hacia el mundo del remolque, comenzando en Ceuta y consolidándose después en Alicante. Este tránsito demuestra que el verdadero profesional no teme reinventarse ni despojarse de los galones; Ángel entró como marinero, asumiendo con humildad que cada puerto es un ecosistema único que exige ser aprendido desde la base.
Hoy, su día a día transcurre en una rutina donde la calma aparente puede romperse en cualquier momento por la exigencia técnica. Los remolcadores son, en esencia, los guardianes invisibles del puerto, el auténtico «cinturón de seguridad» para cruceros y portacontenedores de hasta 300 metros de eslora. Cuando el viento ruge y los espacios de la dársena se estrechan, la labor de estos profesionales se convierte en un baile de precisión quirúrgica. Pero coordinar estas maniobras exige algo más que pericia náutica; requiere entender la física de los materiales, vigilar la fatiga de los cabos y, fundamentalmente, mantener un temple inquebrantable. Para Ángel, ante el fallo mecánico o el imprevisto, la serenidad es la mejor herramienta de trabajo: si los nervios toman el timón, el peligro se multiplica.
Precisamente, el factor humano es donde reside el verdadero motor de esta profesión. En un remolcador, donde la tripulación se reduce a tres personas confinadas durante guardias permanentes, la jerarquía rígida cede el paso a una empatía profunda. La confianza a bordo no se impone con galones, se forja escuchando y comprendiendo la «mochila» personal de cada compañero para proteger el equilibrio emocional del grupo. Incluso ese lema de que el remolque es un «90% esperar y un 10% adrenalina» cobra sentido bajo una óptica de responsabilidad: la espera es el tiempo sagrado para mantener el barco impecable, asegurando que cuando llegue la emergencia, la máquina y el equipo respondan como un reloj suizo. Este mes de entrega absoluta a bordo se compensa luego con un mes de desconexión total, un ritmo exigente que solo se sostiene cuando el entorno familiar comprende y comparte los códigos del mar.
Mirando al futuro, la voz de la experiencia de este patrón lanza una advertencia lúcida a las nuevas generaciones: antes de acumular títulos, hay que «mojarse las orejas». Es un error mayúsculo estudiar náutica sin haber pisado jamás una cubierta. El mar ofrece hoy un abanico extraordinario de salidas ante la falta de profesionales titulados, pero exige una prueba de fuego psicológica previa: comprobar en primera persona si se soporta la soledad, el espacio reducido y la distancia de los seres queridos.
En última instancia, el testimonio de Ángel nos recuerda que a los barcos los mueven las máquinas, pero los salvan las personas. No se trata de ostentar un título, sino de ejercer la profesión de corazón. El mar es demasiado exigente para vivir en él sin ganas; a cambio de la entrega, ofrece un futuro maravilloso, pero exige un tributo innegociable: la vocación pura.
jcesteve29@gmail.com
(El autor es profesor de educación primaria residente en Alicante, España).








