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La fiesta

Máximo Caminero por Máximo Caminero
29 de febrero de 2020
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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No es de extrañar que al caribeño le encante la fiesta. Su música es garbeo huracanado. Podría afirmar que la agitación mental depende del tipo de música que se escuche. Es por eso que en el Caribe, somos de tendencia acelerada, eléctricos, impulsivos. Nada que ver con suecos y suizos a quienes la música clásica los mantiene «adormilados»… es decir, relajados.

Las manifestaciones que espontáneamente llevan a cabo miles de jóvenes dominicanos frente a la Junta Central Electoral. Van adquiriendo día a día un aire de carnaval. Ya se han montado «improvisadas» tarimas en donde varios «improvisados también» grupos, descargan sus cadenciosos temas, desatando el baile…y la fiesta.

Desde mi rinconcito en donde escribo, atento e inmutable a las pasiones desatadas, puedo mirar «la fiesta» con cierto dejo de ironía y perplejidad, para preguntarme, bueno, en conclusión, ¿qué se está pidiendo!?.

Por todas partes veo letreros en donde nos desahogamos de la rabia contenida, por cierto, mucho esperamos para esto, en donde les decimos todos los calificativos que esa ganga que «gobierna» se merece, pero, sigo haciéndome la pregunta… ¿qué se está pidiendo!?.

Ya sé que pedir una voz cantante sería lo mismo que motivar a un «no suicida a suicidarse». Mi consejo a los políticos es que eviten por todos los medios darse una vueltecita por la plaza, ya que no hay nada más necio que el inconsciente colectivo en acción. Pero, esa masa necesita una orientación, antes que la fiesta termine y se vayan todos extenuados a su casa, sin entender… ¿qué se les dio?…

Vamos a aclarar esto de una, antes que se me adormilen también ustedes. Se supone que el pueblo entero, sacando las botellas, ha salido a protestar por «la sospechosa» forma en que se suspendieron las elecciones del pasado 16 de febrero. La culpa la tiene la oposición según el gobierno y por supuesto, la oposición culpa al gobierno. Mientras tanto, los organizadores, es decir, la Junta …como Pilatos, se lava las manos y dice; que no!. Que yo no se nada!.

Como suele suceder en los países calientes. La urgencia de echarse agua fría para apaciguar la temperatura y controlar las pasiones, siempre aceleradas, mientras el merengue suena en el fondo y la bachata nos dilata la mente entreteniéndonos en pensamientos sexuales, los pies, no paran de «titiletiar»…

Entonces, llegamos allí y comenzamos a gritarle al edificio de la Junta, que aclare ¿qué paso?. Y que encuentre al verdadero culpable…pero, ¿es eso lo que verdaderamente necesitamos? ¿nos garantiza eso tener nuevas elecciones…limpias? ¿encontrar al culpable?.

El culpable lo han tenido frente a sus ojos hace muchos años y todavía preguntan ¿quién es?. Yo se los puedo recordar. ¿Se recuerdan del culpable de Odebrecht? ¿de la Sun Land? ¿de los tucanos? ¿del barrilito?. ¿Se recuerdan dónde están?. Son docenas y docenas de casos más que no tienen a un solo culpable…

Entonces yo me pregunto, ¿realmente necesitamos un culpable?. O no será mejor pedir, ya que sabemos que la ganga «protege» a sus miembros, que renuncien to’!.

¿Podemos creer en ellos? ¿cuántas veces más tendrán que engañarnos para detener el éxtasis de la música y parar la fiesta para tomarnos esto en serio? ¿qué hay que pedir?.

Puerto Rico se los dijo hace tiempo cuando en medio del furor y «la fiesta» se plantó con una petición firme e implacable, lo que no sirve se saca. Sabían lo que querían y aunque bailaron, no podemos evitarlo, no se fueron de la plaza hasta que no renunció el gobernador…

Lo que aquí manda es muy sencillo. Un gobierno manejado por manos turbias, enlodado hasta el cuello en casos de corrupción sin resolver!. No sirve!. Entonces, ¿vamos a ir a la plaza para que nos den una explicación?. No! Vamos a ir a la plaza y de ahí no nos vamos a mover hasta que renuncien todos! Desde la botella del vecino hasta el mismísimo Presidente de la República. Las elecciones las organizaremos nosotros no los gánster.

Si vamos a bailar a la fiesta que sea con to!. No tímidamente porque ya están, ellos, los del frente, subliminalmente promoviendo en comerciales, llenos de jóvenes también, las próximas elecciones, como si aquí no hubiese pasado nada. Es una desfachatez más de estos desalmados.

La fiesta tiene que apostar al cambio, pero recordemos que el que no cambia todo…no cambia nada!. Salud!. Mínimo Caminero.

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).

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Máximo Caminero

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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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