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Portada Opiniones

Gonzalo fuera de liga mediática

Nelson Encarnación por Nelson Encarnación
15 de abril de 2020
en Opiniones
Tiempo de lectura: 2 minutos de lectura
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La pandemia de coronavirus que mantiene al mundo patas arriba, y que ha obligado a la adopción de medidas extraordinarias en todos los sentidos, en lo concerniente a la República Dominicana, por de pronto, ha provocado la reprogramación de las elecciones generales fijadas ahora para el 5 de julio.

Es una fecha que, por de pronto, puede considerarse aún tentativa, en razón de que ni las propias autoridades sanitarias del país están en condiciones de adelantar, con algún nivel de certeza, que para entonces habrá remitido la pandemia de COVID-19, y, por consiguiente, que estaremos listos para los comicios.

Sin embargo, de lo que estamos plenamente seguros es de que las próximas serán unas elecciones que rebasarán el marco de lo medianamente normal, pues estaremos en presencia de una campaña electoral sui géneris, al menos para lo que ha sido tradicional en nuestro país.

Es decir, una campaña con ausencia total de caminatas, marchas, caravanas, mano a mano, bandereos, mítines con pica-pollo incluido, etc.

Ante la ausencia forzosa de esa parafernalia tradicional en nuestras campañas políticas se impone la implementación de alternativas para llegar a los votantes de manera no presencial, o sea, interactuando con ellos por vía de las diversas modalidades que proporcionan las tecnologías de la información y la comunicación (TIC).

Mantener diálogos virtuales con participación simultánea de decenas de personas será vital para comunicar efectivamente ideas y proyectos, no la simple difusión de mensajes enlatados que el votante está obligado de digerir sin debatirlos ni confrontarlos con la realidad distinta a lo que se pretende vender en el spot.

Es en este nuevo escenario donde el candidato del Gobierno queda fuera de liga frente a un maestro de la comunicación de masas como Leonel Fernández, o un expositor con dominio del escenario como Luis Abinader, laguna que pretende llenar suplantando al Gobierno.

Si el postulante del Partido de la Liberación Dominicana no ha sido capaz de intercambiar, por ejemplo, con la Asociación de Jóvenes Empresarios, o dejó plantados a los conductores de El show del mediodía, hemos de suponer que no accedería a una conversación múltiple con interlocutores ubicados en todos los estratos sociales, cada cual con visiones distintas sobre nuestra realidad.

El señor Castillo es un aspirante presidencial para la vieja forma de hacer campaña, consistente en montarse en una tarima a hablarle a una audiencia afín por tratarse de militantes movilizados por la maquinaria a sólo escuchar, aplaudir cualquier tontería, y callar.

De modo que ese tipo de candidato no está apto para una campaña que la pandemia coloca más cercana al proselitismo usual en naciones del primer mundo, y lejos de nuestra cultura electoral, bullanguera, bebedora y picapollera.

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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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