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Portada Opiniones

Gente que…me gusta

Máximo Caminero por Máximo Caminero
2 de noviembre de 2021
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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Me gusta la gente que sonríe a pesar de llevar una vida tan normal como la de todos, es decir, una vida llena de tropiezos y despedidas, de azares y sueños.

Me gusta la gente que camina, aunque el camino se ponga oscuro porque proyectan una luz que alcanzan los corazones temerosos.

Me gusta ver a la gente alegre, esa, que contagia con su mirada y va iluminando rostros. Que dobla tristezas echándolas al olvido.

Sí, me gusta la gente así. Esa que se hace inolvidable por una palabra, por un gesto noble, por un silencio ajeno que dejo escapar en una esquina.

Me gusta empaparme de esa gente, que solo rompe su vergüenza para enderezar especulaciones vertidas al aire y colocar una verdad sobre la mesa ignorante y atrevida.

Gente que disfruta de todo y de todos, porque sabe de la diversidad del mundo y que desde cualquier rincón callado sale una bella melodía que hace saltar al alma.

Me gusta mucho esa gente, porque, además de ser necesaria como dice Hamlet Lima Quintana, o «de vibrar» y no rendirse como recita Benedetti, son gente que están presentes a pesar de saber que no habrá un mañana.

Gente que se moja en la lluvia y no corre al ventarrón. Que salen descalzos a la tierra. Que saludan al sol por llegar cada día y saben agradecer al viento y a la noche y a las estrellas.

Así me gusta la gente, optimista y serena ante los cambios de la vida. Ante la edad ida y la que llega. Gente que sabe escuchar al tiempo y su día.

Esa es la gente que me gusta, pero también hay otra gente distinta que llora ante el más mínimo detalle, que necesitan aferrarse a la barandilla del puente y revisan constantemente el paracaídas.

Gente que mira dos veces al cruzar la calle y evita la soledad de los callejones oscuros. Son gente que miran hacia abajo para evitar tropiezos y son incapaces de bañarse en incertidumbre.

Me gusta la gente que me hace ver la diferencia de lo bueno y de lo malo. Gente que me enseña el camino a seguir y el que debo evitar.

Si, también me gusta esa gente perdida porque me ayuda a encontrar. Que odia porque descubro el amor, que pega porque aprendo acariciar.

La gente si, toda esa gente que habita el mundo. Que anda buscando vida día a día, noche a noche. Que se duerme en el desierto en techo de estrellas o se abriga en las sepulturas de los cementerios.

Toda esa gente que ha perdido la esperanza y la que no sabe qué hacer con ella.

Si, mucha gente, como las arenas. Infinitas miradas que se cruzan entre sí en un universo que se multiplica constante.

Gente que une y separa, que piensa y se entretiene. Sí, hay todo tipo de gente.

También extraterrestres, por ahí andan disimulados entre todos. Entre las nubes y las montañas. Entre los ríos y los niños, entre la voz de los ancianos.

Me gusta también la gente que viene de afuera, de otras galaxias y otros mundos. Esa otra que vive en el interior de la mente y más allá de los sueños. En todas las dimensiones conocidas y por conocer.

Me gusta toda la gente sí, hasta los hijos de puta, porque con ellos puedo ser lo que creo ser, lo que no soy y lo que en verdad soy. Un conjunto de cosas disueltas y tangibles. Una ilusión, un sueño, una verdad y una mentira… ¡y un montón de cosas más! Explicadas y por explicar. ¡Salud!. Mínimo Caminero.

massmaximo@hotmail.com

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).

Etiquetas: genteMe gustaQue
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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