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Portada Opiniones

Entre la indignación y la fortaleza: el país que resiste y avanza

Redacción por Redacción
26 de diciembre de 2025
en Opiniones
Tiempo de lectura: 2 minutos de lectura
La Cesantía Laboral en República Dominicana: Un Derecho en Peligro
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Por Edwin DeLaCruz

Al cerrar el año 2025 y mirar hacia el 2026, la República Dominicana enfrenta un momento de profunda reflexión. No se trata solo de balances políticos, sino de hechos que han puesto a prueba la confianza ciudadana y la fortaleza de nuestras instituciones.

Los recientes casos de corrupción, especialmente los relacionados con instituciones llamadas a proteger derechos esenciales como la salud, han generado indignación legítima. El escándalo que envuelve al Seguro Nacional de Salud (SeNaSa) ha evidenciado presuntas prácticas que habrían afectado directamente recursos destinados a la atención médica de millones de dominicanos.

Este hecho marca un punto que pudiera ser un antes y un después en la agenda pública del país, no solo por la magnitud de las acusaciones, sino por el impacto humano que conllevan.

Cuando los recursos públicos se desvían de su propósito, no estamos ante simples irregularidades administrativas, sino ante acciones que afectan vidas y erosiona la credibilidad del Estado. Por eso la reacción social ha sido contundente: el país no es indiferente cuando se toca lo más sagrado.

En medio de este panorama, destaca la postura firme del presidente Luis Abinader: no ocultar ni apañar actos de corrupción, garantizando que la justicia actúe con independencia. Este enfoque, distinto al de administraciones anteriores, fortalece la institucionalidad y envía un mensaje claro: nadie está por encima de la ley.

En paralelo, el país sigue enfrentando el desafío permanente de la delincuencia. Aunque la Policía Nacional y otros organismos reportan avances, la criminalidad sigue afectando a muchas comunidades, lo que exige soluciones integrales y sostenidas.

Más allá de los problemas, emerge la verdadera fortaleza de la nación: el pueblo dominicano. Un pueblo resiliente, trabajador, que sabe mantenerse de pie ante la adversidad y que cree en la posibilidad de un país mejor.

Nuestra historia está llena de crisis convertidas en oportunidades y momentos difíciles que forjaron carácter. La grandeza dominicana no se mide por la ausencia de problemas, sino por la capacidad de enfrentarlos con dignidad, fe y determinación.

Al entrar al 2026, debemos transformar la indignación en compromiso ciudadano, vigilancia y esperanza activa. La República Dominicana tiene con qué avanzar, con un pueblo que no se rinde y con la voluntad de seguir construyendo un futuro más justo, más transparente y más humano.

(El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo, República Dominicana).

Etiquetas: Entre la indignación y la fortaleza: el país que resisteY avanza
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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