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El transfuguismo en el periodismo disfrazado

Redacción por Redacción
15 de noviembre de 2023
en Opiniones
Tiempo de lectura: 2 minutos de lectura
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Por David R. Lorenzo

El transfuguismo es una conducta peyorativa, que tiene varias definiciones, pero que en sentido general, es atribuida a políticos, aspirantes a cargos electivos, parlamentarios y funcionarios edilicios que traicionan a las formaciones que representan, y las abandonan por diversas razones, como por una contra prestación, ya sea mercurial, un cargo público o una candidatura.

Es una forma de corrupción que lesiona el sistema democrático, que se fue expandiendo y convirtiendo en una práctica habitual en casi todo el mundo, pero que afortunadamente, se ha ido legislando para irla erradicando.

Particularmente, creo que cualquier persona puede cambiar de partidos políticos, por razones ideológicas, por ser traicionado a sus principios, engaños o por degradación moral de su agrupación, sin que por eso se le pueda llamar tránsfuga o traidor.

En la República Dominicana se han presentado casos de transfuguismo, como cuando algunos gobiernos han comprado legisladores para modificar la Constitución de la República para permitir la reelección presidencial o cuando algún político convertido en parásito del Estado, deja su organización para ocupar un cargo público.

Aunque universalmente el transfuguismo se aplica exclusivamente en el campo político, el mundo del periodismo no está ajeno a esta desgracia.

Hay periodistas, «comunicadores» y «buscavidas» que escriben, hablan y hacen la labor de opinólogos, que por un cargo público o diplomático, asignación de contratas de obras del Estado, otorgamiento de publicidad o nombramientos para él, sus familias y otros allegados, defienden a capa y espada a cualquier gobierno o político. A veces estos son los más radicales, sectarios e intransigentes.

Sin embargo, cuando cae el gobierno o el político que defienden, al primer segundo procuran colocarse en la acera opuesta. Dicen ser amigos y compadres del nuevo Presidente y los otros funcionarios entrantes, y son sus mayores alabarderos.

A estos personajes no les importa que los critiquen, porque se untan vaselina para que todo le resbale. Son tan descarados que viven disfrazados con una máscara para cada ocasión. Regularmente, aunque no siempre, son los más ignorantes, gañanes y patarucos. Hablan con estridencias y algunos usan un lenguaje ofensivo, obsceno y fútil.

Muchos de ellos logran insertarse en el nuevo gobierno, a veces con más privilegios que los que lucharon para subirlo.

Ese es el periodismo del dinero que se vende al mejor postor y a la marca. Está en el mercado al mejor postor y es el comportamiento banal que carece de credibilidad, pero que lamentablemente, a pesar de eso, tiene seguidores, y a veces más de la cuenta, porque los idiotas en este mundo son demasiado y disfrutan de esos espectáculos.

Así de esa manera, se produce en toda sociedad una lucha entre los que hacen una periodismo apegado a la objetividad y la honestidad y los magos del disfraz periodístico, que no tienen escrúpulos y lo que hacen es vender propaganda de la manera más vil.

davidrlorenzo@gmail.com

(El autor es periodista y abogado residente en la República Dominicana).

Etiquetas: DisfrazadoEn el periodismoTransfuguismo
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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