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Portada Opiniones

El periodista frente al poder

Redacción por Redacción
1 de agosto de 2021
en Opiniones
Tiempo de lectura: 2 minutos de lectura
FacebookTwitterWhatsappTelegram

Por David R. Lorenzo

El periodista tiene dos funciones importantes, una individual y otra social, y en cualquier de las dos, si quiere hacer un ejercicio independiente, honesto, en  defensa de la democracia, de los más débiles y enfrentar los demonios de la sociedad, no debe estar al lado o detrás del poder, sino de frente.

El periodista no puede estar cercano del poder que éste le clavará su aguijón. Podrá conseguir contratos millonarios, mansiones, yates, cuentas bancarias y otras cosas, pero no tendrá dignidad y será un muerto en vida y una vergüenza social.

Por el contrario, si decide estar de frente al poder, no deberás sentir miedo ni temerle a nadie, sino todo lo contrario, es a él a quien hay que temer, porque nadie puede ser más temido, que aquel que tenga una libreta y un lápiz y los sepa utilizar. Esta verdad cualquier periodista debe atarla a tu cuello y escribirla en la tabla de su corazón.

Si lo decide así, es probable que transite por el camino de la precariedad económica, pero recorrerá  el de la grandeza moral, único bien que se puede llevar a su tumba y ser heredado por perpetuidad.

Ese profesional, aún sea asalariado y tenga que cubrir las incidencias cotidianas y rutinarias, es decir, el periodismo del día al día, el que se hace sin muchos esfuerzos, el rosa y el que practica casi todo el mundo, debe salirse por su cuenta de ese patrón, tomar iniciativas y mirar más allá de esas noticias.

Cubrir una fuente noticiosa y esperar todos los días que el encargado de prensa le suministre las notas, eso es el periodismo de perder el tiempo.

Peor aún, elogiar y vociferar a cualquiera que tenga una cuota de poder como: ¡Ese si es bueno! ¡Ese resuelve! entre otras expresiones similares, es  estar arrodillado en el último grado de la humillación.

Durante su ejerció profesional el periodista nunca deberá pedir o recibir ayudas o beneficios  de cualquier tipo, regalos, cobrar sin trabajar, beneficiar a parientes o allegados o entrar en contubernios con los poderosos, porque constituye un delito agravado.

Deberá procurar ser lo más objetivo, sin utilizar adjetivos para describir situaciones, porque oscurecen la narrativa y traicionan el subconsciente, ya que dejan entrever las concepciones ideológicas.

Nunca los periodistas pueden perder su tiempo frente a los gobernantes para elogiarlos, porque la mayoría se marea con facilidad. Es menos vergonzoso quedarse callado. En ese ejercicio ético, un periodista no puede ser ni amigo ni enemigo de presidentes, jefes militares o policiales, líderes religiosos o empresariales, sino simplemente lo que es.

Pero, en ese rol, tampoco puede creerse que es un pontífice que lo sabe todo y que es infalible, por muy hacedor de opinión que sea, porque cualquiera, por más idiota que sea, si está frente a un micrófono puede resolver todos los problemas del mundo y hasta descifrar los enigmas del universo.

En definitiva, un buen periodista debe enfrentar el poder, no tenerle miedo, hacer preguntas incómodas y molestosas, cuestionar y procurar que se rindan cuentas y que le teman, porque por el contrario, lo otro es rendirse, claudicar, dejarse aguijonear y hasta ser una vergüenza social.

El autor es periodista y abogado de la República Dominicana.

Etiquetas: frenteperiodistaPoder
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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