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El país que tenemos: la institucionalización del desorden

José Francisco Peña Guaba por José Francisco Peña Guaba
28 de marzo de 2021
en Opiniones
Tiempo de lectura: 6 minutos de lectura
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Reflexiones en el cambio #32

La verdad es que me apena tener que escribir esta reflexión, porque tener que desnudar la realidad de nuestra nación no nos hace felices, muy por el contrario, nos entristece; todo lo que aquí escribo nos hace presa de la mayor desesperanza pues no es para menos, ¡vivimos en un país donde todo es un absoluto y perfecto desorden!.

Quienes nacimos en esta media isla nos encontramos atrapados en realidades que no son fáciles de cambiar, al punto de que pareciese que son repeticiones históricas que han convertido esta promoción de la anarquía en nuestro modus vivendi. Son parte de nuestra idiosincrasia como nación, de manera que ese comportamiento díscolo de nosotros los dominicanos, ya parece consanguíneo, como si formara parte de nuestro «ADN social».

Este es el país que tenemos: el de la chercha permanente, donde todo lo tomamos de relajo y nada se termina de «enseriar», de ponernos en ruta para resolver los angustiantes problemas que acogotan a nuestra sufrida población, que a fuerza de un aparente cansancio colectivo termina abatida, sumándose a esta cultura del desorden que se ha institucionalizado en todas las capas sociales.

Explicaré en este «decálogo del desorden» el país que hoy tenemos y cuales entendemos son sus causas.

1- Inicio con lo que más daño nos hace: seguir paradigmas equivocados. Los paradigmas son lo que denominamos como «modelo, patrón o ejemplo a seguirse en determinada situación». Todos los dominicanos quieren imitar la vida de peloteros, chapiadoras, cantantes y comberos, narcos, comunicadores y hasta de políticos y oportunistas de todo tipo. Esos son los «ejemplos» que se imitan, los de personas que han tenido éxito económico, personas que por lo general «triunfan» sin tener formación académica ni seguir valores. Eso está enajenando la mente a nuestra población.

2- Producto de esos paradigmas que ha asumido el pueblo, se ha creado, se ha impuesto en nuestra sociedad la cultura de «la vida light», de manera que el criterio de vida más extendido es el que se basa en la realización del menor esfuerzo para lograr las cosas. ¡Este es el imperio de lo trivial!

Ya no existen los ideales, vivimos una vida sin esencia, sin sustancia y sin contenido. Es una cultura que está produciendo y arrojando al mundo individuos carentes de cualquier referente ético, moralmente vacíos y siempre insatisfechos… aunque lo tengan todo.

Es que la mayoría de los dominicanos nos orientamos al placer, a conseguir las cosas con el menor esfuerzo. Tenemos un nivel de responsabilidad bajo y no asumimos consecuencias de nuestras acciones, lo que nos lleva a ser presas de un consumismo adictivo.

3- La baja calidad educativa en nuestro país está generando bachilleres y profesionales que dejan mucho que desear, comenzando porque no saben ni escribir. Las tantas faltas ortográficas que se cometen en cualquier escrito sencillo demuestran que nuestro sistema no los está instruyendo. Será que el internet está idiotizando a la población. En todo caso, resulta evidente que la mayoría de nuestros conciudadanos quieren actuar como autómatas, dándole «vacaciones al cerebro». La gente no quiere pensar, ni discernir. Eso esta afectando muy negativa y sensiblemente a nuestro pueblo.

4- La canibalización social y el desorden es lo normal en nuestro país. Nada es producto de un plan, de un proyecto. Penosamente, aquí las cosas pueden comenzar bien pero terminan mal, en un desastre, no hay nada que ande bien ni ni en el sector público ni en parte importante del sector privado. Notemos que no hay reglas que no se rompan, ni normas que se cumplan: las leyes se aplican según el interés del momento y de maneras muy distintas, dependiendo del nivel social o o económico del ciudadano, entre otros factores. Somos un país donde todo se puede y en el que a todo «se le busca la vuelta». Peor aún, uno en el que el dinero lo compra casi todo.

5- Somos el país de los excesos donde no existen los límites ni la prudencia. En esta media isla hay 7 loterías, más de 100 mil bancas, más de 80 casinos, más generales activos que en cualquier potencia militar (y eso, con más de mil generales «en retiro»). Nos gastamos decenas de universidades, más aulas construidas que estudiantes para asistir, decenas de miles de puntos de ventas de drogas. Por igual, debemos ser el país con mayor cantidad de colmados y salones de belleza per cápita de toda América Latina; tenemos más legisladores , ayuntamientos y partidos que países con el triple de nuestra población y producimos más profesionales de la abogacía y la mercadotecnia, entre otras, que los que necesita nuestro mercado laboral. Tenemos más emisoras, canales y cables que en cualquier país desarrollado en todo el mundo.

6-Aquí tenemos una pirámide económica invertida, donde profesionales y técnicos ganan menos que los de la clase baja. Aquí un chofer de carro público o minibús, hasta un simple motoconchista o vendedor ambulante gana más que cualquier Doctor o Licenciado; un plomero, electricista o técnico gana muchísimo más que cualquier Ingeniero o Arquitecto. El empleo u oficio informal suele ofrecer mejores resultados económicos que el mercado formal de trabajo.

7- La irresponsabilidad creciente de los padres y la inversión de valores de nuestras mujeres es otro grave problema. El hombre dominicano cada día es más irresponsable, sobre todo porque lleva una vida desorganizada. Desea tener 2 y 3 mujeres a la vez aunque no pueda mantener ni una; tener varios hijos de diferentes relaciones, hijos a los cuales no puede sostener. A eso se suma una inconducta femenina in crescendo. Por ejemplo, según un informe del Centro de Orientación e Investigación Integral (COIN), en nuestro país hay más de 250 mil trabajadoras sexuales, igual o más cantidad de «chapiadoras» (mujeres que por dinero hacen cualquier cosa) y más de 100 mil dominicanas ejerciendo la prostitución en el extranjero. Además, somos uno de los principales destinos de turismo sexual. Estas fallas del hombre y de la mujer deterioran la familia como institución social.

8- El costo de la vida es altísimo, estratosférico. Solo los individuos que componen nuestra oligarquía están exentos de mayores preocupaciones económicas. La mayor presión, en ese sentido, la tiene la clase media, cuyos integrantes subsisten del pluriempleo y de la ilegalidad. Después de todo, es bastante simple: no hay casi nadie que pueda vivir decentemente solamente de sueldo, porque sea lo que sea lo gasta una familia cualquiera en comida, combustible y transporte. Como nadie se va a dejar morir, la gente «se la busca» cómo sea. Es precisamente esa realidad la que auspicia la corrupción en todas las actividades productivas, públicas y privadas.

9- La enajenación de nuestra juventud. Los jóvenes dejaron de ser motores de cambios de la república, como lo fueron en la década de 1960 y 1970. En esos años una pléyades de jovenzuelos brillantes y esforzados construyeron la democracia, aunque para ello abonaran con su sangre nuestra tierra. Lo dieron todo, hasta ofrendaron sus vidas por seguir ideales. Hoy todo es diferente. Los hijos no respetan a los padres, se entregan al placer casi desde niños; la droga está por doquier destruyendo la vida a nuestra juventud, el uso desmedido e inconsciente del Internet y las redes permite y promueve inconductas de todo tipo, auspiciando modelos de vida deformantes, que hoy se describen como «teteo», «molineo» o «chukiteo»; oyendo cierta música extraordinariamente lasciva y que incita a la violencia, la prostitución, el homosexualismo y el lesbianismo entre otros males. Nuestros adolescentes de hoy son los mayores exponente de la » cultura light».

10- El encendrado individualismo que padecemos se evidencia en que a nadie le importa lo colectivo, solo lo individual. El criterio de que «la salvación es personal» hace que a los ciudadanos poco les importe el bienestar de los demás, a nadie le interesa lo institucional, solo lo particular. Eso está destruyendo inclusive el núcleo principal la familia. Los divorcios están por doquier, todo porque hoy la gente no cree en vínculos duraderos entre las personas. Todo lo que sea lucha y sacrificio se abandona, evadiéndose los retos que cotidianamente nos presenta la vida. Nuestra diáspora aumenta porque preferimos irnos a vivir a otro país antes que mejorar el nuestro. En este «sálvese quien pueda», nos importa poco la sociedad y sobrevivir es el afán del día a día.

No podemos decir que las causas de nuestros males son solamente de origen local. En realidad, somos victimas de un mundo que va en declive, uno en el que las falencias van de confín a confín, son de escala planetaria y afectan a todos los países y sus poblaciones. Hago mía la frase de un connotado intelectual catalán, Tabare Moreyra: «Cada vez más, somos comida para una sociedad cada vez más competitiva y sin escrupulos, que no duda en devorarnos si las condiciones de mercado o personales así lo requieren. Nadie está a salvo, todos somos en algún momento posible victimas o devoradores potenciales. El canibalismo social triunfa porque somos como somos, y queremos lo que queremos. Tenemos un deseo, una voluntad y un individualismo constitutivo».

(El autor es dirigente político residente en Santo Domingo, República Dominicana).

Etiquetas: desordenInstitucionalización
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