Por Jhonny Trinidad
Hay un miedo que todo dominicano que viaja a Estados Unidos conoce, aunque nunca lo haya vivido. No es a que se caiga el avión. Es a que, al llegar a migración, el oficial te mire, te quite el pasaporte y diga, sin levantar la voz: pase por aquí.
El famoso cuartito.
Quien ha viajado sabe que ese trayecto de diez pasos desde el cubículo de migración hasta esa sala de espera es el más largo del viaje. Ahí se te quita el cansancio, la alegría del reencuentro, el inglés que habías practicado. Te quedas solo con una pregunta martillando la cabeza: ¿qué hice mal?
Y es que «el cuartito» no es solo un espacio físico. Es un símbolo cultural. En la diáspora dominicana se hereda como una historia de terror. El primo que duró seis horas, la vecina que la devolvieron por llevar queso, el tío que no supo decir la dirección donde se iba a quedar. Todos conocemos a alguien. Por eso, aunque tengas visa vigente, pasaje de ida y vuelta, y todo en regla, el miedo persiste.
SOSPECHOSO POR DEFECTO
La paradoja es dolorosa. El dominicano va a Estados Unidos a trabajar, a visitar a su madre, a llevar a su hijo a conocer a sus abuelos, pero llega pidiendo permiso con el cuerpo encogido. Ha internalizado que, frente a ese oficial, no es un turista con derechos, sino un sospechoso por defecto. Un sospechoso por nacionalidad.
Parte de ese temor viene de la falta de información. La inspección secundaria, que es su nombre oficial, no es un castigo. Es un procedimiento rutinario del departamento de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP). Se usa cuando el sistema necesita verificar algo más: si es tu primer viaje, si te quedaste cinco meses la última vez y regresas a los dos meses, si traes muchas maletas, si tu visa es nueva, si llevas comida, si tus respuestas no coinciden, o simplemente por un control aleatorio. En la mayoría de los casos, la persona sale con un sello y una bienvenida fría, pero bienvenida al fin.
Pero nadie nos explica eso. En el barrio el cuartito se cuenta como una cárcel, no como un filtro administrativo. Y esa ignorancia nos hace vernos culpables. Nos ponemos nerviosos, hablamos de más, nos contradecimos, nos ofuscamos. Y el nerviosismo, en un oficial entrenado para detectar incongruencias, es la peor estrategia.
LO QUE CUESTA UNA VISA
Hay algo más profundo. El dominicano le tiene miedo al cuartito porque sabe lo que significa una visa para nosotros. No es solo un documento. Es años de ahorro, una carta del banco, buscar un garante, madrugar en el consulado, rezar para que no te pidan el famoso papelito rosado. Es el orgullo de la familia. Perderla en un aeropuerto, después de haberla conseguido, se siente como una humillación pública, como un fracaso colectivo. Por eso la gente no dice «me mandaron a verificación adicional». Dice «me metieron al cuartito», como quien dice que lo metieron preso.
Ese miedo también habla de cómo nos vemos nosotros mismos frente al poder. El dominicano es echado para adelante en su país, hace chistes, resuelve. Pero frente a un uniforme americano, se achica. Baja la cabeza, habla bajito, contesta con monosílabos. Hemos aprendido que ahí no valen nuestros códigos.
CÓMO VIAJAR CON MENOS MIEDO
¿Se puede perder ese miedo? No del todo, porque el sistema migratorio estadounidense actual es cada vez más impredecible y estricto, y el perfilamiento existe. Pero sí se puede viajar con más herramientas.
Viajar con la verdad por delante es la primera. Si vas por 15 días, no lleves una maleta como si te fueras a mudar. Si te vas a quedar donde tu hermana, saberte su dirección exacta, no «por ahí por El Bronx». No llevar embutidos, carnes, semillas o dinero no declarado creyendo que no pasará nada. Tener a mano la reserva, el itinerario y la prueba de arraigo: tu trabajo aquí, tu casa aquí, tu vida aquí.
Y, sobre todo, entender que el cuartito no es el final del viaje. Es una sala de espera. Fría, incómoda, a veces humillante, sí. Pero una sala de espera. Si tu historia es coherente y tu documentación es legal, lo más probable es que salgas.
UNA FRONTERA DESIGUAL
Deberíamos contar el cuartito de otra manera. No como el cuco que nos espera en el aeropuerto, sino como lo que es: un recordatorio de lo desiguales que son las fronteras. De que para algunos pasaportes el mundo se abre y para otros se interroga.
Hasta que eso cambie, el miedo seguirá viajando con nosotros en el asiento de al lado.
jhonnyt2.5@hotmail.com
(El autor es periodista residente en Nueva York).







