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Portada Opiniones

El fucú

Máximo Caminero por Máximo Caminero
16 de junio de 2022
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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Si bien el origen de esta palabra está media perdida en el tiempo, el significado conocido por todos los dominicanos es la de una persona que carga con «la mala suerte». Yo no sé si «esa» mala suerte se la lleva quien tenga el fucú o si «el fucú» es quien la transmite a otros…

En mi caso particular, debo decir que, soy una persona que goza de una suerte poco vista, quizás rozando en lo temerario, pero, de altas y concisas buenas vibraciones. Sin embargo, últimamente he visto que, a mis amigos, uno por uno, han ido cayendo como mangos maduros. ¡A mí no me pasa nada! Pero a ellos…sí.

El primero en caer fue mi amigo Carmelo, tenía cinco meses fugitivo de la justicia, y el día que me llamó para desayunar juntos, fue el mismo día que lo atraparon, se despidió en el restaurante y a través de los cristales vi cómo le esposaron los policías.

El segundo de esta larga lista, fue mi querido Andrés, ya le había advertido que bajara la velocidad de su potente auto, más no hice poner los pies en tierra cuando el chillido de las ruedas llenó de humo todo el espacio, solo escuché el golpe estruendoso y seco contra el inmenso árbol. Su carro quedó inservible, pero también la casa del vecino al que el árbol partió por la mitad como si fuera un cuchillo al pan.

El vecino tenía el cierre de la venta de su casa al día siguiente. Se la estaba vendiendo a mi queridísimo amigo Omar, que quería vivir al lado mío. Este venía esa noche en avión desde Puerto Rico, pero nunca llegó. El piloto enojado con su esposa, decidió perderse con todos en el Atlántico.

Ni siquiera los que no son mis amigos se salvan, a Salvador le cortaron un pie por una infección, a David le quitaron la casa por falta de pagos, a Miguel, lo sacaron a la calle de la habitación que vivía. Nicole lleva dos semanas llorándole al novio que la dejó. A Juan, lo botaron del círculo de artistas un día después de confesarme que por primera vez en su vida se sentía que… Pertenecía a «algo».

A mi galerista le cayó el departamento de impuestos bajo acusaciones de manejos «turbios», pero el simpático de su esposo, fue arrollado por un carro mientras se paseaba en bicicleta. Total, me estoy convirtiendo en una persona insensible y ajena ante tantas dolencias y malestares, que deseo agregar, ¡que no soy yo! El culpable o fucú de estas «fatalidades».

Ni siquiera tengo que ver con que a la gata de Katiuska la mordió un perro que la dejó sin nalgas, ni a que mi mujer la picara una culebra o que mi amante se tirara del tercer piso al no poder contestarle el teléfono cuando andaba en esa emergencia. ¡No! Que mi hermano dejó embarazada a la empleada de la casa y cuando me llamó para contarme se equivocó y llamó a su mujer y ahora tienen 10 días desaparecidos, él y la empleada.

¿Qué culpa puedo yo tener de que a toda esta gente le ocurran estas cosas? Yo solo les diría como canta Juan Luis Guerra; «lo que me pasa a mí, le pasa a todo el mundo»… Si, señores, solo miren a su alrededor y se darán cuenta lo fácil que es ser confundido con un «fucú».

Recibimos diariamente noticias de «situaciones» que son normales de esta vida. Que se murió fulanito, que a «cosito» le detectaron cáncer, que se cayó la abuelita, la niña o el que sea. Siempre pasarán las vainas, los momentos de dolor, aprendizaje, entre otras cosas.

De la misma manera y en la misma proporción recibimos «esas» noticias agradables, se graduó mi hijo, a fulanita la ascendieron, me compre un nuevo carro, una nueva casa, ¡en fin! Que para que haya una mala noticia, es preciso que primero exista la buena.

Celebramos el nacimiento y lloramos la muerte. Disfrutamos la salud y sufrimos la enfermedad. Nos damos el gustazo y después nos jondeamos por el balcón más asequible. ¡La próxima vez que a alguien se le ocurra llamarle «fucú» dígale que usted no cree en esas vainas, perdón, me están llamando por teléfono- Aló! Sí, ¿! Quee!!? ¿Qué se suicidó el perro de Enriqueta tirándose al lago y el cocodrilo de paso se lo comió? ¡Pero si yo lo acabo de ver allá afuera y le di un susto pa’ que se fuera pa’ su casa…! ¡Salud! Mínimo fufurero.

massmaximo@hotmail.com

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).

Etiquetas: ElFucú
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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