El avión amenazaba con caer; los gritos desesperados de los pasajeros rasgaban olas que iban y venían dentro del cilíndrico compartimiento de la nave. No había escape; estábamos destinados a morir como salchichas.
—¡Ay, Dios mío!— por aquí.
—¡Ay, Dios mío!— por allá.
Seguían los «mantras».
Ante todo aquel escenario, que podría volver loco a cualquiera, yo parecía imperturbable cuando, en realidad, seguía mirando por la ventana, intentando alcanzar «el clarito» que indicara que ya habíamos pasado la tormenta…
Ni siquiera en la iglesia había escuchado ese «Dios mío» con tanta pasión y tanta urgencia. Realmente estas personas querían, desesperadamente, que Dios —¡qué Dios!— se les apareciera para… salvarlos.
¡Ayyy!
Gritábamos todos, como coro de niños cristianos, bien aplicaditos, cada vez que se daba «un bajón», de esos «del gustito de la vieja». ¿Se acuerdan?
Ni hablar del sonido de ultratumba que venía de quien sabe dónde, y que parecían azotes de vientos huracanados, generando vibraciones superiores y envidiadas por cualquier juguetito sexual…
En medio de aquella angustia, terminé por aferrarme a Jesus Christ, en un último acto de salvación, luego de haberme pasado la vida negándolo.
El problema es que nunca se apareció, a pesar de estar todos llamándolo más de mil veces. Y aunque el avión terminó aterrizando, no puedo atribuirle el «milagro», ya que nos dejó sufrir una hora más… y eso no parece muy «adecuado» para un Dios.
Lo que sí me llamó la atención —y sobre lo que reflexioné, lógicamente, después del susto— fue cómo coincidimos todos en llamarlo a «él».
No se nos ocurrió preguntar el nombre del piloto, quien, en realidad, era el que podía sacarnos del lío en el que nos habíamos metido…
—¡Dios mío!
—¡Ay, Dios!
—¡Dios, ayúdame!
—¡Dios, perdóname…!
—¿Perdóname?
Gritó la señora que estaba a mi lado.
Más adelante, ya relajados en el pasillo del hospital al que nos llevaron a todos los que teníamos «el corazón salido», le pregunté con voz suave, pero inquisidora:
—¿Y qué quieres que te perdonen?
—¡Ay, yo no sé!— contestó, indiferente, haciendo un gesto de orgullo y desdén hacia mí, que, al fin y al cabo, no era más que un desconocido.
Al parecer, cuando ya nos libramos del «asunto», nos olvidamos de Dios…
Habría que verse en uno de estos trotes, donde uno no puede hacer absolutamente nada, para «aferrarse» a lo divino, a lo imposible, a lo «incognoscible», o a cualquier cosa que uno piense que será capaz de salvarlo.
Hasta Superman es convocado en estos momentos…
Es aquí cuando entendemos lo frágiles y absurdos que somos en determinados instantes de nuestra existencia.
Dios nos sirvió para «creernos el cuento» de que sobreviviríamos a la hecatombe. Nos dio fuerzas para «luchar» con la única arma que teníamos allá arriba: el miedo…
Aunque no exista, la realidad es que allí «existió», aunque haya sido solamente en nuestras mentes.
Lo convocamos con tanta fe, que casi lo obligamos «a bajar de su trono» y sostener el bendito avión que tanto se zarandeaba…
Cada uno de nosotros crea su realidad de acuerdo con sus circunstancias.
Ateos, filósofos, científicos, o lo que sea, acuden a un «¡Dios mío!» cuando ya no tienen nada más que perder.
Total… ¿a qué otra cosa puede uno llamar en un final?
Me quedé con el «perdóname» de la señora, y con todas esas cosas que vamos haciendo a lo largo de nuestra vida.
No esperen verse negras para sacar todos esos pecados escondidos. Todas esas angustias aferradas al pecho.
Sáquenlas antes de subirse al avión… bueno, por si les toca.
¡Ay, Dios mío!. ¡Salud!. Mínimo Mionero.








