Por Felipe Lora Longo
Por momentos pareciera que ciertos sectores del poder estadounidense hubiesen perdido toda noción del peligro histórico que representan.
Donald Trump vuelve a hablar de Cuba como hablaban los viejos dueños coloniales del Caribe: con arrogancia imperial, desprecio por la soberanía y la convicción enfermiza de que Washington tiene derecho a decidir quién gobierna, quién come y qué pueblos merecen existir.
Pero esto no son simples declaraciones irresponsables.
Es la fabricación deliberada de un pretexto.
Primero crean el relato. Luego inventan la “amenaza”. Después endurecen el bloqueo. Más tarde hablan de “liberación”. Y finalmente justifican la agresión.
Ese libreto tiene demasiada sangre latinoamericana encima.
Los operadores anticubanos en el Congreso estadounidense llevan décadas viviendo políticamente del sufrimiento del pueblo cubano. Hablan de “democracia” mientras promueven sanciones para impedir que entren combustibles, alimentos, inversiones y medicinas a once millones de personas.
Eso no es libertad.
Eso es castigo colectivo.
Y ahora la obscenidad escala todavía más.
La reciente propuesta de ofrecer 100 millones de dólares para promover operaciones contra Cuba revela el nivel de degradación moral al que han llegado ciertos sectores del poder estadounidense. Pretenden comprar desestabilización, fabricar caos y financiar la destrucción interna de un país soberano como quien contrata mercenarios corporativos.
Es una lógica mafiosa.
Intentan convertir el hambre, la necesidad y las dificultades económicas creadas por el propio bloqueo en herramientas de reclutamiento político.
Primero asfixian al pueblo. Luego ofrecen dinero para empujar la rendición.
Y todavía pretenden hablar de derechos humanos.
Cuba lleva más de sesenta años sometida a un cerco económico, financiero y comercial brutal. Cada transacción perseguida. Cada barco amenazado. Cada fuente energética bloqueada. Cada intento de desarrollo castigado.
Hay quienes llaman a eso “sanciones”.
Mentira.
Es una política deliberada de asfixia económica diseñada para provocar desesperación social y colapso interno.
Y cuando una potencia utiliza hambre, escasez y privaciones contra toda una población civil para imponer objetivos políticos, estamos ante una forma moderna de guerra económica.
Lo más peligroso es que ni siquiera esconden sus intenciones.
Las declaraciones de figuras como Lindsey Graham insinuando que “Cuba es la próxima” muestran el nivel de impunidad imperial con que hablan del destino de otros pueblos. Como si América Latina siguiera siendo un patio colonial.
Pero hay algo que parecen olvidar.
Estados Unidos se comprometió ante el mundo a no invadir Cuba.
Durante la Crisis de los Misiles en Cuba, cuando el planeta estuvo al borde de una guerra nuclear, uno de los acuerdos centrales fue precisamente el compromiso estadounidense de no volver a invadir territorio cubano.
No fue un gesto simbólico. Fue parte del entendimiento que evitó una catástrofe mundial.
Por eso, cuando hoy vuelven a hablar de intervención o “cambio de régimen”, no solo amenazan a Cuba: también pisotean compromisos históricos internacionales asumidos por el propio Estado estadounidense.
Mientras tanto, Cuba resiste.
Y resiste casi sola.
Muchos discursos sobre el “mundo multipolar”. Muchas declaraciones diplomáticas de China y Rusia. Pero el bloqueo continúa estrangulando a la isla.
Si realmente existe un bloque internacional dispuesto a enfrentar el unilateralismo estadounidense, entonces Cuba debería ser una prioridad política y moral.
Porque el ataque contra Cuba no es solamente contra Cuba.
Es un mensaje para todos los pueblos del mundo:
“Esto le ocurre a quien no obedezca.”
Sí, Cuba tiene problemas internos. Sí, existen errores y debates legítimos dentro de la sociedad cubana.
Pero ninguna dificultad interna justifica un cerco criminal extranjero.
Ninguna.
Los problemas de Cuba deben resolverlos los cubanos. No el Pentágono. No Marco Rubio. No Donald Trump. No los laboratorios políticos de Miami.
La soberanía cubana pertenece al pueblo cubano.
Y quienes sueñan con comprar, rendir o humillar a Cuba deberían recordar algo esencial:
Cuba no es una colonia obediente.
Es un pueblo formado en resistencia.
Un pueblo que enfrentó sabotajes, terrorismo, invasiones, aislamiento y hambre sin arrodillarse.
Un pueblo pequeño que tuvo la osadía histórica de demostrar que el imperio más poderoso del planeta no podía comprar su dignidad.
Y eso —precisamente eso— es lo que nunca le han perdonado.
felipe@lora.org
(El autor es periodista de la Revista Dominicana, residente en Santo Domingo, República Dominicana).






