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Detalles

Redacción por Redacción
6 de febrero de 2020
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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Máximo Caminero

 

Por Máximo Caminero
massmaximo@hotmail.com

«A mí me faltan los detalles que hacen que las cosas valgan la pena. Creo que me tocó irme de este mundo sin eso, pienso que a mucha gente le pasa….he pensado que es normal irse sin esas cosas».

Con estas palabras recibo las frustraciones de una amiga cubana residente en Cuba. Me quedo en la duda de no saber…a cuáles detalles se refiere?. Aunque podría especular sobre ello….

Escuché una vez que; aquel que pierde la capacidad de sorprenderse….está muerto!. Hoy en día es mucho más difícil la «sorpresa!!». Tenemos al alcance de la mano el mundo. Cualquier imagen, cualquier diálogo e información que deseemos. Es como, sin viajar, estuviésemos en todas partes.

Llegar a las pirámides de Egipto, tal vez no nos impresione tanto como sí lo hubiésemos hecho sin tener noción de cómo eran. Y así, la lista es indefinida, la ciudad de New York, las Cataratas del Niágara, etc, etc, etc.

Cuando se acostumbra a ver al mundo, desde la comodidad de su cama, podríamos caer en este desinterés o en una «fría inquietud en su mirada» como nos recita Antonio Machado en su poema «viajero», en referencia a su hermano que regresa a su tierra después de un largo viaje. «Revelando un alma casi toda ausente».

Será que el mundo es muy pequeño?. Será que abrigamos dentro un corazón de pirata vagabundo e insaciable?.

La rutina de mi amiga, no le ha permitido salir de su entorno. El sistema es parco y limitado para esos deseos. No tan diferente de millones de seres esparcidos por toda la geografía del mundo y en todos los países sin excepción.

Andar y navegar el mundo para luego regresar al rinconcito silencioso y cálido en donde hemos crecido y desarrollado nuestras costumbres y hábitos, sin dudas que es un placer arraigado muy profundo en nuestro ser.

No ha sido una la ocasión en que de repente me levanto y miro lo que me rodea, buscando ese lugar del que un día zarpé. Alcanzo a definir las coordenadas y hacia allí dirijo mis pensamientos. Veo los momentos sencillos en que la fragilidad me acompañaba. Los abrigos recibidos por otros que de mi cuidaban.

Es tanta la soledad que me invade, que alcanzo a ver los detalles que no veía. Las penas que así pensaba, si valían. Eran vida y terruño, paz y salud. Pero solo el que conoce las dos caras llegaría a apreciar la perdida.

Irse de este mundo sin «eso», no creo que lo arrastremos hasta allá, lo ideal sería reconocer que «eso» que tenemos tiene detalles intangibles, dados exclusivamente para nosotros. Algo así como dice mi amiga «creo que me tocó» y a seguidas reconocer que; «a mucha gente le pasa».

A todos nos pasa, y me atrevería a asegurar algo más. Que a todos los que «logramos escapar» de donde estábamos anhelamos y hasta admiramos a aquellos que se quedaron. Una envidia callada nos recorre el cuerpo como un escalofrío de nostalgia.

Había más valor en quedarse, más dignidad. También es normal irse, «sin esas cosas». Los detalles que hacen que las cosas «valgan la pena» son tan rutinarios que se hacen invisibles. Luego andamos por ahí, como el hermano que regresa a su pueblo y observa Antonio…

Está en la sala familiar, sombría,
y entre nosotros, el querido hermano
que en el sueño infantil de un claro día
vimos partir hacia un país lejano.

Hoy tiene ya las sienes plateadas,
un gris mechón sobre la angosta frente,(…).

Deshojánse las copas otoñales
del parque mustio y viejo.(…).

El rostro del hermano se ilumina
suavemente.

¿Lamentará la juventud perdida?.
Lejos quedó —la pobre loba— muerta.
¿La blanca juventud nunca vivida
teme, que ha de cantar ante su puerta?(…).

Él ha visto las hojas otoñales,
amarillas, rodar, las olorosas
ramas del eucalipto, los rosales
que enseñan otra vez sus blancas rosas.

Y este dolor que añora o desconfía
el temblor de una lágrima reprime,
y un resto de viril hipocresía
en el semblante pálido se imprime.

El que deja de soñar…Pierde!. Salud!!. Mínimo Caminero.

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach).

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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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