Por Daniel Cruz
Juan José toma el casco y las llaves. Se apresta a salir cuando se detiene unos segundos; parece que vacila entre ir al encuentro de su destino o posponer la salida. No, solo piensa por un instante en darle una vuelta por el vecindario a Juanita, su hermana. Se arrepiente de inmediato, aleccionado por la experiencia de ayer, cuando la niña no bajó de la motocicleta antes de la sexta vuelta. Hoy Juan José no tiene tiempo para tanto trote. Quiere llegar a donde su novia, Josefina, a la hora acordada: las 6:00 p. m. Dispone de veinticinco minutos para cubrir el recorrido desde La Joya de Los Alcarrizos hasta Pedro Brand. Le son suficientes, piensa.
—Ma, nos vemos más tarde —le vocea a su madre, quien, arrodillada frente a la nevera, acomoda unos vegetales.
—Ten cuidado, «Botón», la calle está muy peligrosa —le dice a su hijo pensando en Cesarito, el hijo de su comadre Andrea, asesinado la semana anterior por un policía en un intercambio de disparos bastante desproporcionado.
Antes de poner un pie fuera de la casa, Juan José se traza una cruz tocándose la frente, los hombros y el vientre, un poco más abajo del diafragma. Por su parte, la madre, que parece una devota consagrada bañada por la luz de la nevera, le dedica su oración preferida: la del Santo Niño de Atocha. Ella se queda inmóvil, acariciando la estampa de ocho gramos del Santo Niño que siempre lleva consigo. No reanuda sus labores hasta que finalmente se deja de oír el sonido del motor, único vínculo físico que la unirá por última vez a su hijo.
La noticia fatal llegó un minuto después. ¡Mataron a Juan José en la salida de Los Alcarrizos! —o la entrada, dependiendo de por dónde se venga—, debajo del Metro.
La noticia se expandió por todo el país con la fuerza arrolladora con que se difunden siempre las malas nuevas. De un joven alegre de veinticinco años que laboraba como almacenista en una ferretería y cursaba un ciclo técnico en el Infotep, Juan José pasó a ser un mero dato estadístico: la víctima fatal número 143 de la Policía en lo que va del año 2026.
La primera reacción de la madre fue rechazar lo que le decían. No creía que su hijo hubiera muerto. «Me están mintiendo, debe ser un error. Además, mi Santo Niño de Atocha no puede fallarme. Nunca ha desamparado a mi “Botón”», se decía la madre ahogada en llanto. Por momentos, llenaba sus pulmones con tanto aire en el vano intento de contener las lágrimas que se le dificultaba respirar; entonces tosía y lanzaba un grito desgarrador: «¡Ay, mi “Botón”!, ¿qué voy a hacer sin ti?».
Juanita no entendía del todo lo que pasaba. Vio cómo la casa se llenaba de personas; la primera en llegar fue la comadre Andrea, su madrina. Con sus cuatro añitos, la niña sentía que algo malo había sucedido y, contagiada por el dolor materno, lloraba desconsolada aferrada a su falda.
En el lugar de la tragedia también se respiraba dolor. Algunos conocían a Juan José por ser del mismo barrio; otros, sobre todo motoconchistas de la zona, porque lo habían visto tantas veces que ya habían trabado amistad. Todos contemplaban el cuerpo sin vida. Una enorme mancha de sangre, ya seca, marcaba la camisa a la altura del pecho. Sus ojos permanecían fijos y vacíos, mientras su mano inerte aún apretaba los papeles del motor; documentos que de nada le sirvieron ante un policía cuyo único objetivo era confiscar la motocicleta a cualquier precio.
Una vida se había reducido a la nada, al igual que las 142 anteriores de este semestre; las 240 del año anterior; las 227 del antepasado y las 178 del 2023. Cada año muere más gente a manos de quienes están llamados a protegernos. Ocho gramos de plomo —el equivalente al peso de una de nuestras monedas de veinticinco pesos— habían bastado para enlutar a un barrio. El peso de esos ocho gramos de una bala de plomo fue mayor que el de los ocho gramos del Santo Niño de Atocha; así habría razonado la madre de Juan José si hubiera podido pensar con objetividad en ese momento.
Al país se le prometió reducir la delincuencia en un 50 % en dos años y, seis años después, esta no ha hecho sino aumentar, con el agravante de que ahora a los delincuentes tradicionales se les han sumado quienes deberían proteger a los ciudadanos: los policías.
Se han invertido más de 8 000 millones de pesos en Seguridad Ciudadana y en la reforma de la institución del orden, pero nadie ha visto una correspondencia real entre esa inversión y la mejoría de la uniformada.
Para un observador atento, desde la fatal experiencia de Elizabeth Altagracia Muñoz Marte y Joel Eusebio Díaz Ferrer —la pareja de religiosos asesinada por una patrulla policial en las proximidades de Villa Altagracia, en un retén improvisado en el kilómetro 45 de la autopista Duarte el 30 de marzo de 2021—, lo que se ha evidenciado es una escalada de represión, abusos y crímenes contra ciudadanos de a pie, incidentes en los que siempre hay por lo menos un policía involucrado. En cualquier parte del mundo, los policías están para proteger a la ciudadanía; los de la República Dominicana, en cambio, parecen ensañados en aprovechar su condición de fuerza (arma y autoridad) para abusar y atropellar.
Aunque existen sentencias del Tribunal Constitucional que disponen que no se pueden retener los vehículos sin la decisión de un juez, los agentes se los llevan porque se consideran por encima de todo, incluida la ley.
Se valen de múltiples artimañas para subyugar a los ciudadanos. Te detienen y, si ven que andas con los papeles en regla, te provocan para arrestarte «por bocadura». Cuando te despojan del vehículo (automóvil o motocicleta), no entregan ningún comprobante de la incautación donde se registren los datos de dichos medios de transporte y los tuyos. Es un atraco a la franca, amparado en la complicidad de las autoridades de la institución y del Gobierno.
Al final de todo —según parecen creer las autoridades— la gente se queja, clama y protesta, pero termina por resignarse. Los «Juan José» son estadísticas que se pueden manejar y maquillar con mercadeo y un buen plan de contingencia comunicacional. Este libreto empieza por una expresión oficial de solidaridad y condolencias, continúa con un arreglo floral y, quizás, con la promesa de un empleo para algún familiar afectado; todo esto sepultado bajo el silencio cómplice de las autoridades y de la sociedad civil. El ciclo se mantiene intacto hasta la próxima víctima, cuando se repite el mismo ritual, en un proceso infinito que solo terminará cuando la paciencia del pueblo diga ¡basta!, porque cuando este despierta, no hay fuerza que lo detenga.
* Los personajes de esta historia son ficticios, no así los datos ni los nombres de la pareja asesinada en las proximidades de Villa Altagracia, los cuales son tan reales como la muerte reciente de Darlin Enmanuel Mercado Cabrera, de apenas 19 años, en Herrera.
danielcruzpld@gmail.com
(El autor es periodista residente en Santo Domingo, República Dominicana).








