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Portada Opiniones

Cuba, Bernie, Mamdani y la guerra contra el futuro

El castigo por querer el bienestar y la felicidad del pueblo

Redacción por Redacción
7 de julio de 2025
en Opiniones
Tiempo de lectura: 4 minutos de lectura
La Farsa Detrás del Pacto Ambiental de Luis Abinader
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Por Felipe Lora Longo

No hay nada más intolerable para el imperio estadounidense que un pueblo que decide vivir con dignidad. Ni siquiera necesita tomar las armas, ni nacionalizar empresas, ni expulsar embajadores. Basta con que sueñe con una vida justa, organizada y solidaria para que el sistema active sus defensas más feroces.

Lo hemos visto en América Latina, en África, en Asia. Y ahora lo vemos en el corazón mismo del imperio: Estados Unidos. Lo que le hicieron —y siguen haciendo— a Bernie Sanders y ahora a Zohran Mamdani no es una simple disputa política dentro de un partido. Es una guerra preventiva contra cualquier intento de humanidad organizada.

Cuando la decencia se vuelve subversiva
¿Qué ofrecían Bernie o Mamdani en sus plataformas básicas?
Que nadie se endeudaría de por vida por enfermarse, que el alquiler no sería una condena a la pobreza eterna, que los inmigrantes dejarían de vivir aterrorizado por el mismo sistema que apoyan con su trabajo, que el dinero del pueblo no sería usado para financiar masacres ni ocupaciones, sino viviendas, escuelas, salud, transporte público, y que el trabajador recibiría una parte justa de la riquezas que produce.

Pero en el sistema actual, el bienestar y la felicidad del pueblo que prometen con esa plataforma básica no es política pública: es conspiración.
Y como toda conspiración contra el orden establecido, debe ser castigada, ridiculizada, desarticulada.

Bernie fue aplastado dos veces. No por los votantes —ganó en Iowa, Nevada y casi en California— sino por una maquinaria partidaria construida para bloquear cualquier desviación real del guion neoliberal. Superdelegados, pactos a puerta cerrada, encuestas manipuladas, medios que lo caricaturizaban como «radical» mientras ocultaban su arraigo en la clase trabajadora.

Y ahora Zohran Mamdani, joven, brillante, musulmán socialista, hijo de migrantes, defensor del pueblo palestino, representante del Bronx y de una generación empobrecida, enfrenta la misma estructura. Millones de dólares en su contra, financiados por intereses inmobiliarios, sionistas y reaccionarios. Un Partido Demócrata que prefiere perder un escaño antes que tolerar una voz que cuestione su lealtad al capital.

Cuba: El ejemplo imperdonable
Pero quizás el ejemplo más claro y constante del castigo por dignidad es Cuba.
Desde 1959, por cometer el «crimen» de alfabetizar a sus pobres, de construir un sistema de salud universal, de poner la tierra en manos de los campesinos y desafiar el tutelaje de Washington, Cuba ha sido atacada sin tregua. Tiene más de 60 años aislada diplomáticamente y bloqueada económicamente. Además de haber sufrido más de cien intento de magnicidios, también fue invadida en Playa Girón y continúa siendo saboteada, infiltrada y calumniada.

Y todo esto con el respaldo bipartidista de demócratas y republicanos, que se turnan en el poder pero coinciden en lo esencial: castigar el mal ejemplo.

Porque Cuba demostró —con todo y sus errores, con sus crisis y sus limitaciones— que un país pequeño, pobre y mestizo podía resistir, podía ser solidario, podía curar gratuitamente a su pueblo y enviar médicos al mundo mientras el Norte exportaba bombas.

Cuba mostró que el socialismo no era una utopía absurda, sino una alternativa real.
Y por eso fue condenado por el sistema. Como lo fueron Allende, Chávez, Evo y tantos otros.

Pero el «anti socialismo» no es nada nuevo. Quien conoce la historia de nuestros pueblos sabe cómo responde el poder ante la voluntad de liberarse:

A República Dominicana (1965) por exigir el retorna a la democracia.
A Guatemala (1954) la invadieron por querer repartir tierras.
A Chile (1973) lo bombardearon por querer dignidad sin violencia.
A Cuba, la encerraron durante seis décadas por priorizar salud, educación y soberanía.
A Venezuela la asfixiaron por creer que el petróleo debía ser del pueblo.
A Bolivia la golpearon por empoderar a los indígenas y nacionalizar recursos.
A Nicaragua, Irán, Libia, Granada… la lista sigue.
Detrás de cada intervención, golpe o sanción, siempre el mismo dogma:

«Si eres pobre y te atreves a rebelarte, serás destruido.»

Ese mismo dogma rige hoy en EE.UU., aunque con otros métodos.
Los marines han sido reemplazados por campañas de difamación.
La CIA por consultores electorales.
Las invasiones por primarias amañadas.
Pero el principio no ha cambiado:

«No importa que ganes. Si tu victoria amenaza nuestros intereses, será destruida o vaciada de contenido.»

¿A qué le temen?
Temen que el ejemplo cunda. Que los barrios obreros del Bronx aprendan de los barrios obreros de La Habana.
Que los hijos del exilio voten por transformar, no por integrarse al desastre.
Que la juventud despierte y reclame lo que siempre le negaron: futuro, comunidad, justicia.

Temen que el socialismo deje de ser un insulto y vuelva a ser lo que fue:
el nombre del pan compartido, del techo digno, del pueblo gobernando desde abajo.

Zohran Mamdani no es solo un legislador:
es la prueba de que incluso en el centro del Imperio pueden brotar semillas de justicia.
Es el hijo de Uganda, de India, del Sur Global, alzando la voz en Nueva York, no como víctima, sino como sujeto político. Y eso, el sistema no lo perdona.

Ni Bernie ni Mamdani son perfectos. No son revolucionarios puros, ni pretenden serlo.
Pero eso es irrelevante. Lo que importa es que señalaron la grieta.
Dijeron lo prohibido: que en el país más rico del mundo, millones viven como en el tercer mundo.
Que no es normal que la riqueza esté secuestrada por los bancos y los negociantes de guerra.

Por eso se les castiga. Porque representan una grieta en el muro.
Porque pueden inspirar a millones a creer que otro camino es posible.
Porque su existencia es un espejo incómodo que revela la podredumbre del sistema bipartidista.

Pero la historia no se detiene porque la elite lo ordene.
Las ideas, como los pueblos, sobreviven a sus derrotas.
Y el fuego que los poderosos intentan apagar hoy —en Harlem, en Gaza, en Puerto Príncipe, en el Bronx— es el mismo que algún día quemará sus tronos y calentará nuestras viviendas y nuestras cocinas.

felipe@lora.org

(El autor es periodista residente en Santo Domingo, República Dominicana).

Etiquetas: BernieCubaMamdaniY la guerra contra el futuro
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