Por Daniel Cruz
A diferencia del show mediático denominado «La Semanal», que nada aportó, Joaquín Balaguer desarrolló entre mediado de 1990 y 1992 un extenso programa de inauguraciones de decenas de obras*.
La mayoría de esas actividades se realizaban los jueves y, en ellas, el doctor Balaguer respondía las preguntas de los reporteros. Los medios de comunicación se rotaban los turnos de intervención, de modo que no participaban los mismos en semanas consecutivas. Por la provincia en que se realizaba la inauguración participaba un comunicador.
Además del valor de las obras que recibió el país, la participación de la prensa daba a la actividad un toque especial. La nación se enteraba de manera abierta —sin montajes de mal gusto y, a veces, en «modo» enojo de un Balaguer golpeando la mesa— de la opinión del mandatario sobre temas de actualidad.
Entre quienes daban seguimiento a la agenda nacional, sobre todo los comunicadores sociales, el mayor interés en esa sui generis rueda de prensa lo constituían las preguntas de los medios de Teleantillas. Todos esperábamos la intervención de Ana Mitila Lora, la periodista que actuaba en su representación.
Esos medios siempre formulaban preguntas incómodas que el doctor Balaguer respondía de la mejor manera para sus intereses. Es conveniente aclarar, sin embargo, que los demás medios también lanzaban sus «buscapiés». Ese es el caso de Arismendy Calderón, del desaparecido matutino «El Siglo», y Manuel Jiménez, de «Hoy», entre otros.
Ningún medio era complaciente, ni siquiera los considerados afines al doctor Balaguer por razones ideológicas y por su naturaleza conservadora, como el diario «El Caribe». Y no lo eran porque en esa época primaban dos factores: la capacidad crítica y analítica de los ejecutivos de los medios, y el criterio de que, en su calidad de intermediarios entre el poder y la sociedad, el periodista y su empresa debían informar sobre todo lo de interés colectivo, independientemente de las preocupaciones particulares del gobierno de turno.
¡Cuánta distancia hay entre esa postura y la complacencia que prima hoy! ¿A quién se le podía ocurrir que desde el Palacio Presidencial se les dictaría a los ejecutivos de medios qué decir, qué NO decir y cómo enfocar un asunto de interés general? Así ocurrió recientemente con la reforma fiscal, a la que ya no se le llama reforma, sino que se le designa con el eufemístico nombre de «Medidas Pro-Crecimiento Económico, Simplificación Fiscal y Mitigación de la Crisis Internacional». Hasta en esto último fueron serviles nuestros grandes medios de difusión.
¿Cree usted que cualquiera de los presidentes que hemos tenido desde la muerte de Trujillo, o alguno de sus funcionarios, se habría animado a sugerirles o insinuarles a Rafael Herrera, Germán Emilio Ornes, Radhamés Gómez Pepín, Rafael Molina Morillo o Adriano Miguel Tejada —por solo mencionar algunos— qué publicar sobre una medida de interés general? Nos parece que no.
La primera víctima de la concentración de los medios de comunicación en pocas manos ha sido la función social del periodismo.
En este retroceso, se ha llegado al extremo de que el gobierno de Luis Abinader y el PRM se han propuesto con tenacidad limitar, de diferentes maneras, el ejercicio del buen periodismo, que no es otro que el crítico, el que dice lo que el poder no quiere oír. Y ante esa pretensión, muy pocos directores de medios se han dado por enterados.
En circunstancias como estas, ya podemos imaginarnos a un Emilio Ornes, quien de seguro hubiera presentado el caso ante la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), un Rafael Herrera o un Molina Morillo tronando desde su atalaya editorial contra tan nefasto adefesio.
Esos eran periodistas de raza que, al parecer, habían hecho suyo el postulado de Thomas Jefferson en el sentido de que si tuviera que decidir entre un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría en preferir el segundo. Sobre todo —agregamos nosotros— si el gobierno es tan malo como el de ahora.
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El gobierno de Joaquín Balaguer se propuso entregar, entre los años 1990 y 1992, más de cien obras con motivo de la conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América. De esas obras la más majestuosa lo sería el Faro a Colón, inaugurado el 6 de octubre de ese último año. Parte de esas obras lo fueron:
El Acuario Nacional, creado mediante el Decreto 245-90 en julio de 1990 e inaugurado el 8 de noviembre de 1990.
Expreso Quinto Centenario y complejos habitaciones de Villa Consuelo y Villa Juana: entre 1991 y 1992.
Catedral Inmaculada Concepción de La Vega, el 23 de febrero de 1992.
Avenida España: se entregó por tramos en el discurrir de 1992.
Presas de Jigüey y Aguacate, 1 de mayo de 1992.
danielcruzpld@gmail.com
(El autor es periodista residente en Santo Domingo, República Dominicana).









