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Portada Opiniones

Conde somos todos

Redacción por Redacción
30 de marzo de 2022
en Opiniones
Tiempo de lectura: 2 minutos de lectura
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Por Lilliam Fondeur

Los amigos, el único soporte con el que contó Conde Olmos lo van a buscar a su casa y en una ambulancia de la Cruz Roja, gracias a sus amistades, lo trasladan al hospital Moscoso Puello donde les aseguran trabaja un excelente equipo de Endocrinología. Con ilusión, mueven sus relaciones para lograr que lo reciban.

Al tercer día en ese lugar, Conde estaba tirado como un perro sin dueño en una emergencia llena de moribundos. Sucio, con una mirada de niño hambriento, desesperado, desolado, estaba perdiendo la noción del tiempo y de la realidad.

«No hay camas disponibles en el hospital, y Endocrinología no viene a emergencia, lo pueden ver en sala o en consulta. Es todo lo que podemos hacer», refiere la médica a cargo; una residente que ha tenido que poner su alma en pausa para sobrevivir, convivir con la muerte requiere de estrategias. Quería hacerlo, pero no tenía recursos.

Ante la apatía del hospital, el equipo de amigos decide rescatar a Conde y llevarlo al Instituto Nacional de la Diabetes, INDEN, un hospital recomendado y que, por sus características, está llamado a ayudar, no a desayudar. Sin perder tiempo recurren a contactar una ambulancia. Eli Heiliger acompaña a Conde, una forma de sostenerlo. «No te voy a dejar morir solo, querido amigo» es su consigna.

La doctora de Emergencia inicia una retahíla de preguntas en tono acelerado y grosero a un paciente somnoliento y desorientado como si le importunara su presencia. ¡A un moribundo no se le habla así!.

Luego de realizar algunas analíticas, pagadas porque no reciben el seguro de SENASA subsidiado, la neuróloga, sin evaluarlo, por teléfono, decide rebotarlo, porque no tiene criterios de ingreso.

En el estacionamiento del INDEN presencié la escena más triste y desgarradora del mundo: Eli y Vianco desolados, desconsolados. Son el rostro de la desesperanza, la peor cara de la impotencia. Cada uno respondía como podía, pero se le acabaron las palabras. No querían que Conde se les muriera en las manos, pero no tenían casi nada que hacer. Solo callar y acatar. ¡Cuánta impotencia! Ese momento fue eterno. Respirar pesaba. Dolía. Estuve ahí y lo tengo grabado en el pecho.

Como una tabla de salvación, el doctor Fulgencio Severino da órdenes de ingresarlo en el Hospital Salvador B. Gautier.

El tránsito del INDEN al Hospital Gautier tomó tiempo. Fue un viaje feliz. Conde aun sonreía, reñía, bromeaba. Estábamos contentos, soñamos, confiamos que la esperanza, por fin, iba a suceder. Fue un momento luminoso en medio de la oscuridad. La alegría previa a la muerte.

En el hospital Gautier, Conde recibió atenciones del director de cardiología, doctor Severino, a título personal. Endocrinología no lo asumió. Los departamentos de salud se manejan como islas.

El sistema de salud, tal como dijo Vianco en su panegírico, huele a orina. El sistema le falló a Conde y cada día le falla a toda la nación. Hoy, todos somos Conde y todos somos pateados por el sistema de salud. Sea cual sea el desenlace que el destino guardaba, a Conde lo mató la apatía.

Etiquetas: A orinaDe SaludDominicanoHuelesistema
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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