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Portada Opiniones

Animales corporativos

Emilia Santos Frias por Emilia Santos Frias
20 de noviembre de 2022
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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Más confío en el trabajo que en la suerte, reza un proverbio latino, sin duda, como decía Seneca, el trabajo y la lucha llaman siempre a los mejores. Por eso es alimento, medicina y hasta refugio de muchas personas; las que gustan saborear la dulzura que emana al cumplir con las actividades que nos llevan alcanzar una meta, solucionar una dificultad o producir bienes y servicios para atender las necesidades humanas.

Partiendo de estas premisas, en estas líneas hablaremos de gerentes competentes, con claro perfil de servidores públicos o privados de cara al Siglo XXI; esos que conocen derechos fundamentales y accionan sus deberes para producir felicidad en la población. Un compromiso que asumen al convertirse en empleados.

Estos profesionales operativos que suelen ofrecer en aportes y rendimiento más del 100% en sus lugares de trabajo; la milla extra, al tiempo que, pueden lidiar con celos profesionales de compañeros (as), de colegas, así como, como con otros tipos de malquerencias. Sin embargo, viven enfocados (as) en hacer transformaciones positivas en las empresa e instituciones en que trabajan, que por ende es desarrollo sostenible a la sociedad en que pernotan.

Su norte no es caer presos de las emociones negativas que pueden surgir en el ambiente laboral, pues su materia prima es la inteligencia emocional, con ella oxigena su mente, siempre en busca de bienestar biopsicosocial y prevenir enfermedades catastróficas.

Gracias a su alto rendimiento y magnos aportes, este profesional es llamado animal corporativo, título de una película famosa. Profesionales extraordinarios, que nunca paran de accionar, comprometidos, responsables, que hacen el nombre de las marcas, lo fijan en la memoria colectiva; fortalecen instituciones, y las potencian, pero, a veces, solo viven para trabajar y allí puede haber alguna dificultad para su vida holística, porque aunque debemos disfrutar de derechos civiles, economía, sociales…, humanos, la vida es más que solo trabajar, es preciso disfrutarla en todas sus facetas, incluyendo el derecho a la recreación, a la salud y a la paz, que a su vez es felicidad.

Largas jornadas laborales, prestar servicios en entornos carentes de higiene y salud, así como, llevar deberes al hogar, afecta el bienestar de todo ser humano. Como sabemos, algunas profesiones producen las denominadas enfermedades profesionales, por eso, debemos priorizar nuestra salud física y mental, a sabiendas de que el trabajo nos permite devengar un salario, vivir con dignidad, obtener cosas materiales y ayudar a nuestros semejantes.

En ese aspecto, los animales corporativos dado sus múltiples compromisos, descuidan una parte esencial de su vida, raras vez, disfrutan de tiempo libre, de la naturaleza y otros regalos que nos ofrece el Padre Creador. Esto a simple vista puede parecer una práctica sana, pero no lo es, porque posibilita acumulación de factores de insalud, que con el tiempo pueden convertirse en enfermedades de alto costo y complejidad, y muchas veces las personas trabajadoras no cuenta con un buen seguro de salud para costearlas o con recursos económicos para el gasto de bolsillo que estas conllevan, casos comunes en países como el nuestro, en vía de desarrollo.

Por eso, es importante que podamos valorar, proteger y mimar nuestro cuerpo, nuestro templo, que vivamos una vida más con salud…, siendo personas sabias; estas son felices. Si bien es cierto que el único modo de hacer un gran trabajo es amar lo que haces, como dijo Steve Jobs, y «el trabajo duro hace que desaparezcan las arrugas de la mente y el espíritu», también es imperioso reconocer que «hay más en la vida que incrementar su velocidad».

santosemili@gmail.com

(La autora es abogada y periodista residente en Santo Domingo, República Dominicana).

Etiquetas: animalesCorporativos
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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