martes, julio 14, 2026
Sin resultados
Ver todos los resultados
Precision
Advertisement
  • Portada
  • Nacionales
  • Internacionales
    • Puerto Rico
  • Medio Ambiente
  • Ciencia
    • Salud
    • Tecnología
  • Económicas
  • Deportes
    • Atletismo
    • Básquetbol
    • Béisbol
    • Boxeo
    • Fútbol
    • Otros
  • Revista
    • Cultura
    • Espectáculos
  • Opiniones
Precision
  • Portada
  • Nacionales
  • Internacionales
    • Puerto Rico
  • Medio Ambiente
  • Ciencia
    • Salud
    • Tecnología
  • Económicas
  • Deportes
    • Atletismo
    • Básquetbol
    • Béisbol
    • Boxeo
    • Fútbol
    • Otros
  • Revista
    • Cultura
    • Espectáculos
  • Opiniones
Sin resultados
Ver todos los resultados
Precision
Sin resultados
Ver todos los resultados
Portada Opiniones

Albedrío y destino

Máximo Caminero por Máximo Caminero
28 de octubre de 2024
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
El poder de la oración
FacebookTwitterWhatsappTelegram

El albedrío es la voluntad «fuera» de razón, es decir, «algo caprichoso» que se hace sin pensarlo mucho, o nada. La Biblia lo llama «libre albedrío» y es «la estrategia» utilizada para «no echarle la culpa a Dios» de los desórdenes de la tierra.

Así se hace responsable al hombre y «este» se lava las manos. Por el otro lado, «el destino», que definimos como «esa cosa sobrenatural que nos guía a un fin no determinado por la razón», sería lo contrario al «libre albedrío»…

Para mí, ambas están enlazadas en un instante o varios instantes de nuestra vida. Creo en el destino porque a través de mi pasado he podido «comprender» el por qué he conocido a las personas que han interactuado conmigo.

Los lugares, los momentos precisos, los principios y finales, y luego los principios nuevamente. Los mensajes dados y utilizados en los tiempos convenientes. Así se tomen diez años o más o menos…

Pienso que cada uno de nosotros estamos programados como una computadora para «actuar» de determinada forma, y en esto influye su momento de nacimiento.

No llegamos al azar ni fortuitamente. Todo está planeado para que suceda o no. Formamos parte de una ecuación inmensa en donde todos estamos inmiscuidos en «realizar» una función.

Sin embargo, y aquí es donde interviene el albedrío, supongamos, para ilustrar «mi especulación», que antes de llegar aquí, nos paran en un amplio salón vacío en cuyo piso hay ocho líneas y nos dicen que todas son nuestro destino, solo que hay que andar «una a la vez»…

Usted nace y así va recorriendo esa línea que es su destino, pero en un momento del camino, usted no se siente a gusto y quiere saltarse a otra línea porque «el destino» por el que anda le parece aburrido o lo que sea.

En el instante que usted «brinca» a la línea paralela de al lado, usted está ejerciendo «su libre albedrío», que a veces se toma a consciencia, o el universo se encarga de «obligarlo» porque usted no está a gusto y está «desarmonizándolo todo».

Ese todo es la ecuación que ya le mencioné. ¡Sigamos! Usted ha cambiado de vida al saltarse al otro destino, que también era suyo. Recuérdese y no se me pierda. El lío es, que cada vez que uno de nosotros «brinca», esa ecuación tiene que modificarse y cambiar. ¡Todos los destinos de todo el mundo!

Es decir, algo así como el llamado «efecto mariposa». Usted está programado, usted cambia el programa y el programa tiene que «reprogramarse» por completo, porque antes era 2+3 y ahora es 2+4… ¿Entendió?

Que conste, que no me he fumado nada. El universo, dentro de su «aparente caos», no práctica «al azar» ni permite desorden que interfiera en el resultado «infinito» al que busca llegar, o está, o ya conoce.

La Biblia solo nos da dos opciones en cuanto al libre albedrío; nos dice: «somos libres de escoger entre el bien o el mal». Nos atemoriza y sugestiona a «mantenernos» fijos en «esa raya», así nos esté llevando el mismísimo diablo.

Usted, haga lo que haga, era lo que tenía que hacer, así que no se sienta cohibido de dejar a ese hombre o mujer, a ese trabajo o lugar donde le tienen la vida a cuadritos; salte sin miedo porque no cambiará su destino, pero sí «el escenario» en el que andaba.

Muchas veces para bien y muy pocas para mal, eso lo tengo claro; de hecho, ya me he saltado las ocho rayas que me pusieron y he descubierto que había más rayas en el salón, tantas, que no tendré tiempo en esta vida de vivir todos los destinos asignados.

Ya voy por el 444 y cada vez es más interesante la cosa. Lo único es que tengo loco al programa universal y temo que si brinco a la próxima raya, me parta en cuatro un rayo. El universo me está «motivando» a ello, pero mi albedrío se ha vuelto «juicioso» y mi destino lo terminaré en esta raya. ¡Salud! Mínimo Albedrestinero.

massmaximo@hotmail.com

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).

Etiquetas: Albedrío y destino
Entrada anterior

El INDOMET pronostica lluvias en varias provincias mayormente en la tarde

Siguiente entrada

Salvador Pérez ganó el Premio Roberto Clemente 2024: “Súper especial”

Máximo Caminero

Máximo Caminero

Relacionado...Entradas

Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

14 de julio de 2026
¿Quién asesinó a Paula?

Los terremotos más asesinos

14 de julio de 2026
Nicolás Maduro desinstaló WhatsApp: ¿Por qué no hacemos lo mismo?

15,000 becas: 15,000 vidas que pueden cambiar

14 de julio de 2026
Cuando el dinero no sirve para nada

No existe tiempo perdido

14 de julio de 2026

El referéndum: una institución en espera de su materialización democrática

12 de julio de 2026
Siguiente entrada
Salvador Pérez ganó el Premio Roberto Clemente 2024: “Súper especial”

Salvador Pérez ganó el Premio Roberto Clemente 2024: “Súper especial”

Publicidad
Publicidad

(+) VISTAS

Pro Consumidor sanciona comercios por especulación de precios del azúcar

20 de junio de 2023

Festividades por Navidad en medio de sobresaltos

28 de diciembre de 2022
Se entrega tercer sospechoso vinculado a muerte de policía

Se entrega tercer sospechoso vinculado a muerte de policía

11 de abril de 2026

Recuerdan a Peña Gómez en 25 aniversario de su muerte 

10 de mayo de 2023
Los 4 superalimentos que no deben faltar en tu dieta para estar más saludable

Los 4 superalimentos que no deben faltar en tu dieta para estar más saludable

23 de agosto de 2025
Publicidad
Precision

Con la información precisa

Copyright © 2013 - 2023 Precisión - Con la información precisa. Todos los derechos reservados. By HPMediaPlus

Sin resultados
Ver todos los resultados
  • Portada
  • Nacionales
  • Internacionales
  • Medio Ambiente
  • Ciencia
  • Económicas
  • Deportes
  • Revista
  • Opiniones

Copyright © 2013 - 2023 Precisión - Con la información precisa. Todos los derechos reservados. By HPMediaPlus