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¿A dónde iré?

Redacción por Redacción
15 de abril de 2025
en Opiniones
Tiempo de lectura: 2 minutos de lectura
El poder de la oración
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Cada vez son más lentos mis pasos. Estas manos y estos dedos tiemblan sin tener espantos. La máquina que me compone empieza a deteriorarse desde sus interioridades. Piezas sofisticadas que se van apagando sin posibilidad de reemplazo.

El mundo va desapareciendo cuando mis ojos apenas pueden verlo. Mis sentidos se esfuman y ya no oigo más que murmullos apagados. Los sabores se hacen extraños y todo sabe igual. He perdido las ganas de este lugar.

¿A dónde iré después de que todo se detenga? ¿Seguiré siendo yo, es decir, este que ahora «piensa»? ¿Se acabará también mi consciencia y no existiré como existo en esta vida que he «vivido»?…

Cuando esta carne detenga su fluir de sangre y en medio de lo muerto surjan otras vidas que devorarán lo que una vez me sostuvo y dio «razón» a mi existencia, ¿dónde irán los pensamientos y todas las memorias por las que anduve y el tiempo y los momentos y las fragancias y todos los escenarios y detalles que escenificaron la escena?

¿A dónde iré? Cuando tenga que abandonarlo todo, aunque no quiera, como si estamos marcados por un destino de principio a fin, como si todo fuera escrito, calculado, detallado, «percibido» hasta el más insignificante detalle.

¿A dónde me llevan después de esta vuelta de tactos y contactos, de pasiones y besos, de ambiciones y egos, y batallas y miedos y dolores y todos los vendavales y luceros y demás tormentas y flores?

¿A qué otro lugar «parecido» he de pasar de un soplo en el último latido que toque? ¿Tendré una casa, una novia, una familia, un país, una bandera?

Todavía no he podido encontrar a «alguien» dentro de todos los científicos, espiritistas, filósofos o pensadores de todos los tiempos que haya podido dar respuesta a esta pregunta.

Ni siquiera puedo explicarme de dónde viene este sentido de pertenencia que nos da identidad y nos hace sentir parte de un grupo «exclusivo», creando divisiones entre todas «las demás tribus» de esta dimensión «humana».

A donde iré, no creo que «este detalle» de «exclusividad» sea importante y espero que no exista y que todo «sea normal», es decir, que no haya diferencias ni egos ni derrame de energía en procurar sostener a un cuerpo que necesita alimentarse para que funcione.

Ojalá que a donde vaya todo sea tan simple y básico y lucido, que no haya lugar a las preguntas porque todo estará contestado desde una consciencia despierta que da sentido a los absurdos de una vida que no entendemos.

La vejez empieza a prepararme para lo desconocido. Me va dando las fuerzas para aceptar el último proceso al que la vida nos lleva. Termina uno desesperado por quitarse el traje inservible que lo ahoga y lo inmoviliza cual camisa de locos.

¡A dónde iré ya no importa! Solo quiero salir volando de esta celda inútil que ha marchitado y desgastado el tiempo, como si supiera que al hacerlo me estaría haciendo un regalo.

Ya los últimos latidos anuncian una felicidad cercana. Uno los siente como un familiar y extraño lenguaje de otro mundo desde donde nos llaman con júbilo y algarabía y a donde iremos el último día. ¡Salud!. Mínimo Iremero.

massmaximo@hotmail.com

(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).

Etiquetas: ¿A dónde iré?
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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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