La mayoría somos todos, menos los opuestos.
Dicen que la mayoría no piensa; bueno, seguro que sí lo hace. La pregunta debida sería: ¿qué piensa la mayoría?
Siempre he opinado que la democracia es un estado «engañoso» que nos hace creer que «estamos bien». Sin embargo, siempre escucho a la gente quejarse de lo mismo… y de los mismos…
La mayoría es como una ola que va con el empuje de «algo», y es precisamente «ese algo» el manipulador que, tras las sombras, ocasiona el detonante que hace que todos se manden a «juir» hacia uno de los lados.
Esos manipuladores saben que la mayoría es sana y, a la vez, incrédula; juegan con nuestros sentimientos y alimentan nuestros sueños. Nos dicen lo que queremos escuchar y hacen lo que quieren hacer.
Una vez encontrado «el factor ola», como esas mareas arrastradas al antojo del viento, comienza el juego «del encanto». Música, cadencia, alegría. Todo un espectáculo de esperanza que desvía las verdaderas intenciones.
Caemos en el carnaval de la sonrisa y, como corderitos, vamos en fila india sin escuchar a «los opuestos»: los que sí están viendo cómo nos llevan y hacia dónde. Porque son «muy poquitos» los incautos y atrevidos que se atreven a oponerse… a la mayoría…
Al final del acantilado, al que nos llevan, vemos cómo vamos cayendo del precipicio, uno a uno, sin poder detener la marea que viene detrás, empujándonos al abismo.
Terminamos aplastados en una pila que se levanta hasta la altura del borde desde donde nos lanzaron, y vemos cómo los que aún continúan ciegos caminan sobre nosotros, en una cabalgata de necios que se niegan a admitir que nos engañaron de nuevo.
Cuando Cristo fue acusado, terminó solo en la cruz. Tenemos que morirnos para que nos crean. Tenemos que ser crucificados para demostrar «que era verdad» lo que decíamos. Pero «la mayoría» cumplió con el empuje del momento, y tuvimos que esperar 500 años para que «esa otra mayoría» nos diera crédito.
Hermanos, la mayoría no tiene la razón, pero jura que la tiene. Y, como es la mayoría, la mentira se hace verdad.
A mí también me empujaron; también caí en sus juegos y fui parte de «ellos», los que encienden las llamas y avivan el fuego. Sin embargo, regresé a las masas cuando me di cuenta del engaño.
Corrí entre las multitudes gritando las verdades, pero nadie me escuchaba; empujé, grité, salté, pero todo fue inútil. Terminé aplastado entre las pisadas y, cuando la plaza quedó desierta, alcancé a ver a otros aplastados que, arrastrándose, venían hacia mí.
—Te escuchamos —alcancé a escuchar, todo magullado. ¡Salud!. Mínimo Mayorero
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).






