No cabe la más mínima duda de que el constante discurso del presidente Luis Abinader acerca de la necesidad de fortalecer la institucionalidad dominicana se corresponde con la práctica a la hora de pasar de las palabras a los hechos.
Podríamos citar varios ejemplos al respecto, pero basta la decisión que acaba de adoptar el Consejo Nacional de la Magistratura, bajo el liderazgo y la determinación del jefe del Estado, con la elección del presidente de la Suprema Corte de Justicia, distinción que recayó en la persona del magistrado de carrera Justiniano Montero.
Las expectativas mayoritarias apuntaban a una decisión distinta, en atención a lo que había sido el comportamiento anterior, es decir, el Consejo—entiéndase, el presidente de la República—decantado por un abogado de prestigio, pero fuera de la carrera judicial, para encabezar la máxima instancia del sistema de justicia y la presidencia del Poder Judicial.
Esto marca una impronta, pues se trata de un gobernante que decide renunciar a una posible incidencia posterior en la alta corte, aunque Abinader ha demostrado una visión muy particular de la independencia del Poder Judicial.
Sobre todo, cuando muchos apostaban al aprovechamiento de la oportunidad para «blindarse» para cuando abandone la Presidencia de la República en 2028.
Este razonamiento, de entrada, encierra una agresión implícita, una puesta en duda de la integridad de Abinader aunque no sea la intención, puesto que se blinda quien teme que le puedan pedir cuantas una vez deje la investidura.
De lo que se trata aquí es de un gobernante que marcha contra el talante habitual de nuestros líderes de aprovechar cualquier mecanismo que les permita una mayor concentración de poder.
Y no hablamos solo de nuestro país, sino que, con una frecuencia preocupante se está observando en otras naciones donde el autoritarismo marca el comportamiento de sus dirigentes.
En consecuencia, con la elección del magistrado Montero, Abinader decidió marcar una línea que a sus sucesores les sería engorroso cruzar sin exponerse a fuertes críticas de la sociedad.
Despojarse de espacios de poder no es cualquier cosa; es una decisión que encierra hasta cierto riesgo en un medio donde la falta de «amarres» plantea desafíos para quien deja la Presidencia del país.
¿Qué le impedía seleccionar un presidente fuera de la carrera judicial? Nada. Solo su determinación de ser distinto.
Nelsonencar10@gmail.com
(El autor es periodista residente en Santo Domingo, República Dominicana).







