Por Milton Olivo
Cuentan los ancianos que mucho antes de que las velas blancas aparecieran en el horizonte del Mar Caribe, cuando los vientos aún conversaban con los dioses y las estrellas guiaban el destino de los pueblos, existió una tierra bendecida por el Creador.
Aquella tierra se llamaba Quisqueya; que en lenguaje de nuestros ancestros Taínos significa: «Madres de todas las tierras». No era una isla cualquiera. Según los Behiques (sacerdotes Taínos), guardianes de la memoria sagrada, Quisqueya había sido colocada en el centro del Mar Caribe para cumplir una misión que tardaría siglos en revelarse.
Cuando el Gran Espíritu modeló el mundo, reunió en un solo lugar las aguas más abundantes, los valles más fértiles, las montañas más altas del Caribe, los ríos más caudalosos, las costas más hermosas y los puertos más estratégicos. Y dijo: «De esta tierra nacerá una civilización que unirá los pueblos del mar».
Los siglos pasaron. Los hijos de Quisqueya construyeron comunidades donde nadie pasaba hambre. Cultivaban la tierra, compartían la cosecha y observaban el movimiento de las estrellas para comprender los designios del universo. Sus sabios afirmaban que la riqueza verdadera no consistía en acumular oro, sino en producir abundancia para todos.
Pero llegó la Era de las Sombras. Hombres venidos de tierras lejanas desembarcaron en la isla atraídos por sus riquezas. Y comprendieron algo que los propios quisqueyanos habían olvidado:
Quisqueya ocupaba el centro exacto del Gran Caribe. Quien controlara aquella tierra podría influir sobre todas las rutas marítimas, comerciales y culturales de la región. Entonces comenzaron siglos de división. La memoria fue fragmentada. Los nombres antiguos fueron olvidados. Los héroes fueron convertidos en leyendas.
Las nuevas generaciones crecieron sin conocer completamente la grandeza de sus antepasados. Sin embargo, los Behíques habían dejado una profecía grabada en piedra. Decía: «Cuando los hijos de Quisqueya vuelvan a creer en sí mismos, cuando comprendan quiénes son y reconozcan la fuerza de su origen común, despertará nuevamente el espíritu de la isla».
La profecía anunciaba además que llegaría una nueva era. No sería una era de espadas. No sería una era de guerras. Sería una era de conocimiento. Las riquezas del futuro no estarían bajo la tierra, sino dentro de la inteligencia de los hombres y mujeres de Quisqueya.
Los antiguos campos de cultivo se transformarán en poderosas agroindustrias capaces de alimentar a millones. La energía del sol, del viento y del mar sería convertida en energía y prosperidad. Los jóvenes construirían fábricas inteligentes, centros tecnológicos, laboratorios, universidades y parques científicos y mecatrónicos.
Los puertos de Quisqueya conectarán nuevamente las naciones del Caribe, América, Europa y África. Sus exportaciones recorrerán el mundo. Sus científicos desarrollarían nuevas tecnologías. Sus emprendedores crearían industrias que aún no existen. Y los pueblos del Caribe mirarían hacia Quisqueya buscando inspiración.
La profecía afirmaba que la isla se convertiría en el Gran Centro Logístico, Agroindustrial, Tecnológico y Comercial del Caribe. Sus ciudades serían modernas. Sus campos productivos. Sus mares protegidos y explotados industrialmente. Sus bosques restaurados. Y su pueblo viviría con dignidad. Los antiguos sabios llamaban a esta etapa: «La Segunda Floración de Quisqueya».
Entonces el espíritu de Hatuey, de Anacaona, de Guarionex, de Caonabo, de Bohechío y de Enriquillo regresaría simbólicamente en cada ciudadano dispuesto a trabajar por el bien común. Porque la verdadera batalla del futuro no sería contra invasores extranjeros. Sería contra la pobreza. Contra la ignorancia. Contra la división. Contra la corrupción. Contra la falta de visión. Contra la ausencia de solidaridad y amor.
Y cuando esas cadenas fueran vencidas, Quisqueya ocuparía finalmente el lugar que los dioses del Caribe le habían reservado desde el principio de los tiempos. Entonces las naciones dirían: «He aquí Quisqueya, la Estrella del Caribe», Y los nietos de los nietos recordarían que ninguna profecía se cumple por sí sola. Que los dioses señalan el camino. Pero son los pueblos quienes construyen su destino.
Y así comenzaría la Edad Dorada de Quisqueya. La era en que la tierra más bendecida del Caribe despertó para convertirse en el corazón económico, tecnológico, agroindustrial y cultural de toda la región. Y la profecía quedó escrita para siempre: «Quisqueya no fue creada para seguir a otros pueblos. Quisqueya fue creada para iluminar el camino».
Esta mitología presenta a Quisqueya como una nación con un destino histórico de liderazgo regional, centrado en la producción, la innovación tecnológica, la agroindustria, el comercio y la integración caribeña, transformando el relato histórico en una narrativa de propósito colectivo y futuro.
milton.olivo@gmail.com
(El autor es escritor y analista geopolítico residente en Santo Domingo, República Dominicana).







