Por: Agustín Perozo Barinas
Con el rápido desarrollo de la Inteligencia Artificial y su incidencia en prácticamente todas las actividades humanas, con muchas preguntas en la mente y en búsqueda de respuestas más allá del lenguaje, del pensamiento mismo hecho palabra, me armé del valor que no tengo y decidí visitar de nuevo aquella taberna maldita…
Aquella noche pesaba, muy húmeda; lluvia, viento y truenos cercanos. Con los vellos encrespados y una ansiedad del que no sabe porqué va donde no debería ir, continué mis pasos.
En ese trayecto fui pensando y pensando y pensando… la mente curiosa, hambrienta, no para de pensar.
El día anterior había leído la Tesis XI sobre Feuerbach de Karl Marx donde dice: «Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos; pero de lo que se trata es de transformarlo».
Un reto similar se aplica a quienes escribimos: señalar y describir los problemas de cada sociedad según cada interpretación individual es tarea mucho menos compleja que aportar propuestas para transformarlos y resolverlos. Porque ya es necesidad pura y simple… la gente se está agotando como expresó Ranata Suzuki: «Llega un punto en el que ya no te importa si hay una luz al final del túnel o no. Simplemente estás harto del túnel».
Como aficionado a las citas (las llamadas «cápsulas de sabiduría»), así como a extractos de libros de mi interés y al histrionismo que da cierta efervescencia a la vida, en la ruta fui cavilando entre varios temas…
De Antonio Gramsci recordaba: «Los «capitalistas», sin capital, que viven en un país capitalista, no los hace ser capitalistas; son pobres con préstamos bancarios y miedo a perder el empleo. La conciencia de clase es el conocimiento de que son parte de una fuerza colectiva capaz de transformar el mundo, y no individuos condenados a la soledad del salario».
De Gilbert Keith Chesterton, traje a la memoria: «Si no logras desarrollar toda tu inteligencia, siempre te queda la opción de hacerte político». Y del francés Coluche: «Si votar realmente cambiara algo, ya lo habrían prohibido».
También recordé a Karl Popper: «Hay que sustituir la pregunta ¿quién debe gobernar? por esta: ¿cómo organizamos instituciones políticas para impedir que gobernantes malos o incompetentes hagan demasiado daño?»
Ah, la mente, la memoria… es un nunca acabar. De Santo Tomás de Aquino me llegó de repente: «El que no se enoja cuando hay causa justa para enojarse es inmoral. Porque el enojo busca el bien de la justicia. Y si puedes vivir en medio de la injusticia sin enojo, eres inmoral además de injusto».
Variopintas reflexiones siguieron aflorando mientras iba acercándome al destino entre tablones enmohecidos y resbalosos. La baranda lucía calada y tan insegura que pensé mejor no usarla como asidero.
Las lámparas colgantes, muy corroídas y dispuestas sin orden alguno, parpadeaban sin ritmo aparente. Llegué y aunque parecía la misma puerta, algo no encajaba como dejé el lugar en mi pasada visita. Toqué y esperé…
Abrió una aparición, con una mirada aguda como un cuchillo que penetra y desnuda la mente… y que se enfoca en los dolores como si se deleitara con ellos.
Señaló hacia un rincón en penumbras. Ahí esperaba el capitán y hacia allí me dirigí. La atmósfera del lugar me recordó Las Meninas de Velázquez.
—Nos llega de nuevo el buenista. ¿Qué angustia le trae por acá?—, murmuró para sí mismo.
—Quería conversar fuera de los vivos… muchos no saben que no saben. Leí que hay preocupación por las nuevas tecnologías, como la Inteligencia Artificial… que eventualmente se hará tan poderosa que manipulará y controlará la especie humana en beneficio de los gigantes tecnológicos, bélicos y financieros—, repliqué.
—¿Sientes miedo por estar aquí?
—Sí.
—¿Te causo terror?
—Mucho.
—Recuerdo a Clive Staples Lewis cuando escribió: «No tienes un alma. Eres un alma. Tienes un cuerpo».
—Sí, lo había leído…
—¿Eres ateo?
—No.
Y continuó…
—Desde que el ser humano empezó a organizarse en sociedades sedentarias la manipulación y el control siempre ha existido. Usa la misma IA que tanto alboroto ha causado y busca este texto: «Los cinco niveles o tipos de poder clásico son el modelo teórico que analiza cómo el poder moldea y controla a la sociedad. El poder ideológico, situado en la cúspide, es la capacidad de influir en las ideas, creencias y la visión del mundo de las personas».
Se acomodó en su deslucido sillón y prosiguió.
—¿No te resuena eso como el poder político, o como la religión… por ejemplo?—, y agregó: «Es el nivel más alto, ya que busca controlar el pensamiento, los valores y el lenguaje. Al moldear lo que la sociedad considera ‘verdadero’ o ‘correcto’, quienes lo detentan logran que las personas se controlen y subordinen por voluntad propia, sin necesidad de ejercer fuerza explícita». ¿Por eso temen a la IA? ¿A los algoritmos? Henry Miller sugirió un hombre libre, quien veo podría aprovechar a fondo la Inteligencia Artificial y su evolución, al escribir: «Hoy me siento orgulloso al decir que soy inhumano, que no pertenezco a los hombres ni a los gobiernos, que nada tengo que ver con credos ni principios. Nada tengo que ver con la crujiente maquinaria de la Humanidad: pertenezco a la tierra».
—¿Por qué no puede resistirse el hombre aun conociendo la trampa?—, cuestioné.
—La estupidez, avispado grumete… ¿Has escuchado sobre el deseo mimético teorizado por René Girard? Este apetito genera competencia, rivalidad y hasta violencia: Cuando dos personas desean lo mismo, la imitación del deseo provoca conflictos, resultando en envidia o lucha por el objeto. No deseamos las cosas por sí mismas sino porque vemos que otros las desean: pura imitación. Ese deseo imitativo lleva a la rivalidad y al conflicto que lo arrasa todo.
Hizo un fuerte chasquido con los dedos y se acercó otro espanto, pues no tengo otra forma de describirlo. Le ordenó dos tragos: «Tía Roberta con un toque de Spirytus Rektyfikowany», algo que yo desconocía. Le pedí me escribiera las dos últimas palabras. Su letra, cursiva y muy delicada, reflejaba un ilustre pasado.
Adelantó la charla y me dijo…
—Hay dos debilidades que encuentro fascinantes: la envidia y la traición. El traidor es mentiroso e ingrato… me apasionan los traidores. Pero hay un sujeto que me deleita aun más: el envidioso. No el que quiere poseer lo tuyo, ese es un simple ratero. Sino el que no quiere que tengas lo que tienes. Ese encarna el mal con altura. La violencia y la avaricia ya no me motivan tanto porque siempre ha sido parte de la condición humana. Mira a tu alrededor, estudia más la historia… se alcanza un punto de insensibilidad. Y la Inteligencia Artificial puede llegar a ser tan positiva o destructiva como lo es la energía nuclear. El humano tiene las cartas, todo depende cómo quiera jugarlas.
—¿Hay esperanza, entonces?—, pregunté, casi ingenuamente.
Llegaron los dos tragos que parecían cócteles normales pero pequeños. Levantó el suyo pero no dijo palabra alguna. Hice lo mismo. Allí era imposible impresionar… mucho menos intentarlo. Era una bebida muy fuerte dejando una sensación abrasiva que durmió la lengua. «Cuando la termine me voy», me dije. Ese ambiente no toleraba la paz… se escuchaba a estos ‘immortales maris’ hablar en lenguas extrañas entre sí, desgarbados… descarnados.
—La esperanza es una ilusión—, me señaló. La voluntad es lo determinante. No olvides que al final todos se doblegarán ante el dolor. Si viniste aquí a buscar una respuesta ya la tienes: nadie se hace buen capitán en mares calmos. En tu adolescencia temprana pediste conocer sobre el bien y el mal… ¿lo recuerdas?
Se levantó, apuró su trago ya de pie, colocó su mano izquierda en mi hombro y se retiró… ni una palabra más. Cuando cruzó la taberna todos callaron. ¿Miedo o respeto? No lo sé.
agustinperozob@yahoo.com
(Autor de los libros sociopolíticos «La Tríada» y «Érase una vez un edén en el Caribe»).





