A principios del 1900, la industria azucarera dominicana tiene un gran impulso a nivel mundial, por lo que la demanda impulsa la inmigración de trabajadores haitianos. Este hecho dará origen a un pasado «pasado» por alto de nuestra raza dominicana, lo negro.
Haití es lo más puro que quedó de esas épocas nefastas en donde se traían obligados a trabajar de esclavos a nacionales de diversas naciones africanas.
El arrojo y la gran cantidad de esclavos que había en la parte occidental de la isla de Santo Domingo, ocupada en su totalidad por Francia, permitieron que expulsaran a los franceses de esa parte de la isla, dando inicio a la segunda nación del continente, siendo la primera los Estados Unidos.
Son pocas las naciones latinoamericanas que aún conservan las tradiciones que trajeron aquellos «negros» africanos. Cuba y Brasil son los más destacados, adaptando muchas de esas tradiciones a la religión católica.
Así vemos que San Lázaro se conoce como Babalú Ayé, patrón de la enfermedad y curación; Santa Bárbara es Changó, dios del trueno y el fuego… Pero todas «esas voces» son africanas, las mismas que le han dado sabor y vida a este continente.
Haití, como ya mencioné, permaneció intacto a «esas mezclas» europeas, pero sus tradiciones religiosas, como el vudú o el mismo Rará, que es lo mismo que nuestro Gagá, mantuvieron «esos dioses» sin necesidad de «catolizarlos»…
El Rará es una tradición musical que implica cantos de carácter espiritual, para las cosechas o el bienestar comunitario y la lucha por mantener su identidad.
Cuando llegó a Santo Domingo, el nombre se «acriolló» a «Gagá», como se da a conocer en los bateyes; es allí donde regularmente podemos apreciar estos desfiles «enmantrados» de gente bailando al compás de tambores y uno que otro «montado»…
Algunos practicantes de esta tradición se dedican a la búsqueda de contactar espíritus a través del «vudú», que es una religión ancestral que conecta con ancestros y venera fuerzas de la naturaleza. Nada diferente a la física cuántica… ¡Sin fantasmas!
El gagá es más fiesta que magia negra o brujería. Es el rescate histórico que los dominicanos deben aceptar porque se los quitaron a sus tatarabuelos los conquistadores españoles y luego, los hijos de esos conquistadores, que sacaron a sus padres y se autoproclamaron «independientes»… Conservaron sus tradiciones religiosas y le impidieron a los negros continuar con las suyas. Es decir, salieron de los que los discriminaban y se volvieron «discriminosos»…
Los cantos del Gagá claman a «lo divino» libertad, bienestar, salud y fortaleza, para afrontar los desafíos de la vida y, en tiempos atrás, para resistir el embate del fuete del patrón. Nada le ha pasado a Cuba, Uruguay, Perú, Brasil y hasta al mismo Nueva Orleans, por conservar cantos y fiestas multitudinarias en fastuosos desfiles…
El gagá no es haitiano, es tradición africana que nos corre por la sangre y que, inevitablemente, nos delata cada vez que escuchamos sonar el tambor y nuestros pies y corazones se unen irresistibles al compás.
Los dominicanos no debemos olvidarnos de que también, la mayoría, somos negros. «No indios», aunque quedan unos pocos. Ni polacos, sirios o italianos. Somos una mezcla cuyo componente principal es lo negro.
Pero independientemente de «eso», negar el gaga es negar gran parte de ese componente, pero también es negar las intenciones que emanan de sus cantos y que piden bienestar para todos: salud, libertad y la fortaleza para afrontar todos los desmadres y yaguasos que tanto usted como yo seguiremos recibiendo hasta que dejemos de respirar. ¡Salud!. Mínimo Gaganero.
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).










