Por Milton Olivo
Una tarde, mientras recorría una comunidad del interior del país, me encontré con un viejo productor sentado frente a su pequeña finca. Tenía las manos marcadas por los años de trabajo y los ojos de quien había aprendido a conversar con la tierra.
—¿Cómo está la cosecha? —le pregunté.
Sonrió.
—Buena. Muy buena.
Miró hacia los árboles cargados de frutas y luego agregó:
—El problema no es producirlas. El problema es qué hacemos con ellas después.
Tomó una fruta entre sus manos y continuó:
—Cuando llega la cosecha, tenemos que vender rápido. Si no aparece un comprador, se pierde. A veces vienen a buscarla, se la llevan barata y después uno ve el mismo producto convertido en jugo, conserva o pulpa, vendido mucho más caro. Pero –normalmente- procesado en el extranjero.
Entonces me hizo una pregunta sencilla:
—¿Por qué nosotros no podemos hacer eso aquí?
Me quedé pensando. Quizás aquella era una de las preguntas que la República Dominicana necesitaba hacerse. ¿Por qué producir solamente la materia prima si podemos transformarla? Le expliqué que imaginaba un país donde cada provincia pudiera desarrollar industrias vinculadas a su propia producción.
—Imagínese que cerca de aquí exista una agroindustria que compre sus frutas, las procese y las convierta en jugos, pulpas, conservas y otros productos.
El productor sonrió.
—Entonces no tendría que venderlas a cualquier precio.
—Exactamente.
Y comprendí que detrás de una agroindustria no solamente hay máquinas. Hay agricultores, transportistas, técnicos, ingenieros, comerciantes, empresas de logística, trabajadores y jóvenes encontrando oportunidades. Una agroindustria no transforma solamente una cosecha. Transforma una economía local.
Mientras regresaba, pensé en todo lo que podríamos hacer. El cacao podría convertirse en chocolate y derivados. La leche, en quesos y otros productos. El café podría procesarse, empacarse y comercializarse con marcas dominicanas. Los vegetales y las frutas podrían convertirse en alimentos procesados. Las carnes podrían transformarse en productos terminados.
Y entonces pensé en nuestro mar. La República Dominicana tiene una extensa costa y una posición privilegiada en el Caribe. Sin embargo, todavía podemos aprovechar mucho mejor nuestros recursos pesqueros. El desafío no consiste solamente en pescar más. Consiste en desarrollar una pesca industrial moderna, sostenible y tecnificada, acompañada de plantas de procesamiento, refrigeración, conservación, empaques y comercialización.
Pescar. Procesar. Empacar. Exportar. Así se construye una cadena de valor. Y nuevamente aparece la pregunta: ¿Por qué conformarnos con producir materias primas cuando podemos producir bienes terminados?
La República Dominicana ya ha demostrado que sabe construir grandes hoteles, carreteras, puertos, aeropuertos, zonas francas y otras infraestructuras. Ahora tenemos que dar otro salto: construir capacidades productivas en todo el territorio nacional.
Por eso sueño con una red nacional de agroindustrias provinciales. No se trata de construir la misma fábrica en cada provincia. Se trata de identificar la vocación productiva de cada territorio y desarrollar industrias alrededor de sus ventajas. Donde haya frutas, procesarlas. Donde haya cacao, transformarlo. Donde haya leche, industrializarla.
Donde exista producción agrícola, agregarle valor. Donde exista potencial pesquero, desarrollar la industria correspondiente. De esa manera, las provincias podrían convertirse en centros de producción, transformación, innovación y exportación.
Y habría una consecuencia social extraordinaria. Nuestros jóvenes encontrarían más oportunidades en sus propias comunidades. Podrían estudiar, trabajar, emprender y prosperar sin tener que abandonar necesariamente su tierra en busca de oportunidades.
La riqueza comenzaría a distribuirse territorialmente de una manera más equilibrada. Por eso, no pierdo la esperanza de que el Gobierno del Cambio, encabezado por el presidente Luis Abinader, pueda dejar como uno de sus grandes legados una verdadera transformación productiva.
Una red nacional de agroindustrias provinciales. Una pesca industrial moderna y sostenible. Productores vinculados a la industria. Cadenas de valor funcionando. Más empresas. Más empleos. Más oportunidades. Más exportaciones. Porque los gobiernos pasan y las administraciones terminan. Pero las capacidades productivas que quedan instaladas permanecen.
Una fábrica permanece. Una empresa permanece. Un trabajador capacitado permanece. Un joven que encontró una oportunidad permanece. Y cuando esas capacidades se multiplican por todo el territorio nacional, comienza a cambiar la historia económica de una nación. Por eso sigo soñando con una República Dominicana que no solamente produzca, sino que transforme.
Y sobre todo, saber que una red de agroindustrias provinciales no costaría un centavo al gobierno, si después de construida cada agroindustria, su valor se convierta en acciones y sea vendida a inversionistas locales e internacionales.
Que no solamente venda materias primas, sino que agregue valor. Que no solamente importe, sino que produzca y exporte. Por una República Dominicana con: Más empleos. Más riqueza. Más oportunidades. Más desarrollo territorial.
Una República Dominicana capaz de convertir su tierra, su mar y el talento de su gente en industria, innovación y prosperidad. Y, con la ayuda de Dios, una Quisqueya convertida en potencia productiva del Caribe.
milton.olivo@gmail.com
(El autor es escritor y analista geopolítico residente en Santo Domingo, República Dominicana).








