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Portada Opiniones

El campanario en ruinas

Agustín Perozo Barinas por Agustín Perozo Barinas
8 de agosto de 2026
en Opiniones
Tiempo de lectura: 4 minutos de lectura
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«Traté de escuchar la voz de Dios y trepé al campanario más alto, pero Dios declaró: «Desciende otra vez, habito entre la gente»». John Henry Newman

Por: Agustín Perozo Barinas

Aribaldes se dirigió a una paradisíaca playa solitaria, en una costa apartada del litoral sur dominicano, remolcando un kayak para ejercitar cuerpo, mente y alma, mar adentro.

Mientras preparaba el equipo en la arena sintió la presencia de una aparición, algo como un viento borrascoso que vino, golpeó y se fue… como un Alba María.

Se recuperó de aquella impresión tan extraña y empujó el kayak entre las rompientes olas en la orilla. El cielo y el mar, a lo lejos, borraban el horizonte, eran ambos en uno. Serían las diez de la mañana… pocas nubes de algodón, suspendidas como si estuvieron fijas.

Ya en la mar, dominio de pescadores y poetas, empezó a remar, así como reman los que dominan este movimiento en medio de una soledad que se confundía con otras soledades que las olas le iban trayendo, una tras otra, hasta sentir una nostalgia única, inmensa, infinita, que le dio paz… pero no la paz de los muertos.

Buscaba ese nivel de aislamiento, para reflexionar y meditar, como una misa en salud. Pero no pudo escapar de la realidad. Entre muros de agua remó con vigor hasta un lugar donde el oleaje era suave, apenas un vaivén. Desde allí vio lo que ya conocía, montones de basura plástica entre los acantilados, lo que no se veía desde tierra adentro.

El daño ambiental es más que evidente en todo el mundo. Solo quienes tienen el privilegio de vivir en burbujas no ven el real estado de las cosas. Nuestro planeta, único hogar posible para nuestra supervivencia, tiene límites en la biósfera. Agua, tierra y aire nos gritan y seguimos de oídos sordos.

La carrera del crecimiento ilimitado y la supermasiva deuda (que triplica el tamaño de la economía mundial) que lo sostiene es una trampa. La tecnología es un cuchillo de doble filo, útil y peligroso al mismo tiempo. Estamos ciegos, consumiendo las narrativas de las élites dominantes globales y de los sistemas políticos vasallos con estructuras en las que los gobiernos mantienen una independencia formal pero obedecen a esas potencias, a esas élites.

Los conflictos se intensifican por el control hegemónico sobre las estructuras financieras, las materias primas, las rutas marítimas, los hidrocarburos, las tierras raras, los fertilizantes, el agua dulce, los mercados, la tecnología, incluso el espacio… esto apenas comienza. Las guerras serán cada vez más tecnológicas y mortales. La ley y la justicia están siendo moldeadas como camisas de fuerza. Los medios y el entretenimiento cumpliendo cabalmente su tarea. Hasta la línea entre lo real y lo irreal se está desdibujando. Y seguimos ciegos…

Aribaldes, un ser quijotesco, tenía más de cuatro décadas advirtiendo sobre esta degradación del hombre y de sus entornos naturales… en su lucha, agotado, hasta su Dulcinea lo abandonó y quedó, como Penélope, esperando lo que nunca más regresaría…

Permaneció allí por varias horas bajo un sol inclemente mirando las gaviotas surcar los cielos y junto al kayak bancos de pequeños peces plateados zigzagueando a gran velocidad.

En su mente cruzaba la imagen de su pueblo donde lo más visible siempre fue el campanario, de tonos ocres y paredes de mampostería. No tenía nada de extraordinario que no fuese la importancia que le daba la comunidad. Simbolizaba para la gente del pueblo una identidad, una comunión de todos, entre todos, por todos y para todos. Parte de su cultura, su religión y sus raíces.

Aún no se sabe qué pasó realmente aquella noche tormentosa… muchos ladridos, truenos y lluvia torrencial. Un calor sofocante y aires muy húmedos fueron el único aviso previo, tarde en la tarde, cuando la gente se recoge de sus diarios afanes. Temprano en la mañana siguiente no se escucharon los habituales campanazos, algo que nunca había sucedido. Curiosos, muchos fueron a la plaza en el centro del pueblo.

El campanario estaba casi totalmente destruido, las campanas entre los escombros en la parte superior. En todo el pueblo no había daños excepto ramas caídas y mucha hojarasca sobre las calles adoquinadas. Se comentó que fue un rayo. Los viejos del pueblo lo descartaron. Los jóvenes opinaron que era un armazón viejo y debilitado y cedió ya a los años. Quizás…

Aribaldes regresó de su recorrido y pensó que otros pueblos también podrían ver algún día su campanario destruido… como él también vio su mundo derrumbarse.

Sus compueblanos organizaron un comité con los miembros más respetados de todo el pueblo para una sola tarea: cómo reconstruir el campanario, símbolo de todos. Y así lo hicieron.

En la ruta a su hogar Aribaldes escuchó una canción de raíces isleñas que le traía amargos recuerdos:

Y murmuró para sí mismo: «Un día te prometí que te iba a querer pase lo que pase y aquí estoy sin ti, solo, pero cumpliendo mi promesa». Pero algo lo contentó: el campanario ya no estará en ruinas.

agustinperozob@yahoo.com

(Autor de los libros sociopolíticos «La Tríada» y «Érase una vez un edén en el Caribe»).

Etiquetas: El campanario en ruinas
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