Por Felipe Lora Longo
Cada generación tiene su Capotillo.
El 16 de agosto de 1863, un grupo de patriotas levantó en el cerro de Capotillo la bandera dominicana y proclamó el inicio de la Guerra de la Restauración. No poseían grandes recursos ni contaban con un ejército capaz de competir con el imperio español. Tenían, sin embargo, algo decisivo: la conciencia de que la soberanía entregada podía recuperarse.
Comprendieron que la anexión no era irreversible. Comprendieron que la historia podía cambiarse cuando un pueblo dejaba de aceptar como inevitable aquello que lo condenaba.
Nuestra generación necesita realizar ese mismo descubrimiento.
La soberanía nacional no desaparece solamente cuando una potencia extranjera ocupa militarmente el territorio. También se pierde cuando nuestras riquezas naturales son entregadas; cuando la deuda decide por anticipado el presupuesto nacional; cuando intereses privados controlan el agua, la minería, la energía y la seguridad social; cuando acuerdos militares se firman sin verdadera transparencia; cuando producimos cada vez menos alimentos y dependemos cada vez más de las importaciones; cuando los organismos financieros internacionales tienen más influencia sobre las políticas públicas que las comunidades afectadas.
Una nación puede conservar su bandera, su himno y sus elecciones, mientras pierde gradualmente la capacidad de decidir su propio destino.
Por eso nuestros Capotillos serán diferentes.
Una comunidad defendiendo su agua puede ser Capotillo.
Un movimiento impidiendo una concesión minera lesiva puede ser Capotillo.
Ciudadanos reclamando transparencia sobre un acuerdo militar pueden ser Capotillo.
Campesinos defendiendo la tierra y la capacidad alimentaria del país pueden ser Capotillo.
Trabajadores organizándose para conquistar salarios y derechos pueden ser Capotillo.
Jóvenes construyendo conocimiento científico y tecnológico nacional pueden ser Capotillo.
Un cabildo abierto donde el pueblo obliga a sus autoridades a rendir cuentas también puede ser Capotillo.
La Restauración deja entonces de ser únicamente un episodio heroico del pasado. Se convierte en una cultura permanente de soberanía.
La generación que necesitamos
La nueva Restauración no será realizada por una generación que espere instrucciones desde arriba. Tampoco por una generación educada para contemplar las luchas desde las redes sociales, indignarse durante unos días y volver después a la pasividad.
Necesitamos una generación de organizadores.
Hombres y mujeres capaces de convertir el descontento individual en conciencia colectiva; la conciencia en organización; la organización en movilización, y la movilización en poder popular.
Esta generación deberá ser patriótica, pero no mediante un nacionalismo vacío que convierta al inmigrante pobre en enemigo mientras guarda silencio ante las corporaciones extranjeras que saquean nuestros recursos. Su patriotismo deberá medirse por la defensa del agua, la tierra, la producción nacional, los derechos del pueblo y la independencia política del país.
Deberá ser solidaria, porque no existe soberanía verdadera en una sociedad donde una minoría concentra la riqueza mientras millones sobreviven entre bajos salarios, desempleo, servicios deficientes y endeudamiento.
Deberá ser democrática, porque la soberanía no pertenece al gobierno de turno ni a una élite económica. Reside en el pueblo. Por tanto, restaurarla significa ampliar su capacidad para deliberar, fiscalizar, decidir y gobernar.
Deberá ser estudiosa. La indignación sin conocimiento puede producir protestas, pero difícilmente construirá una alternativa. Necesitamos conocer la Constitución, las leyes municipales, el presupuesto público, los contratos, las concesiones, la deuda, los mecanismos de participación ciudadana y el funcionamiento real del poder.
Deberá ser disciplinada y perseverante. No podemos continuar confundiendo una marcha con un proceso, una declaración con una organización ni una alianza electoral con la construcción de poder. La nueva Restauración necesitará años de trabajo paciente en barrios, campos, escuelas, sindicatos, universidades y comunidades.
Y, sobre todo, deberá aprender a formar reemplazos. Una organización que depende siempre de las mismas personas está condenada a debilitarse. Cada organizador deberá preparar a otros para asumir responsabilidades, ampliar el trabajo y continuar la lucha.
Los pasos de la nueva Restauración
1. Reconocer las nuevas formas de dependencia
El primer paso consiste en identificar dónde y cómo estamos perdiendo soberanía.
Debemos estudiar quién controla nuestros recursos naturales, quién se beneficia de la deuda pública, cuáles acuerdos comprometen el territorio nacional, qué sectores dominan las importaciones, cómo se distribuye el presupuesto y qué decisiones fundamentales se toman sin consultar al pueblo.
No puede defenderse aquello que no se conoce.
2. Convertir cada problema local en una escuela de soberanía
La lucha por una cañada, un acueducto, una escuela, un hospital, una carretera o contra una explotación minera no debe considerarse pequeña. En cada una de esas luchas el pueblo puede aprender a investigar, reunirse, escoger representantes, elaborar demandas, negociar, movilizarse y fiscalizar a las autoridades.
La soberanía nacional comienza cuando una comunidad descubre que tiene derecho a decidir sobre aquello que afecta su vida.
3. Crear organización permanente
Las movilizaciones son necesarias, pero no suficientes. Después de cada protesta debe quedar una organización más fuerte: un comité comunitario, una asamblea popular, una coordinación sectorial, una red de vigilancia o un equipo de formación.
Si termina la actividad y desaparece la organización, tendremos que comenzar desde cero en la próxima lucha.
4. Formar política y técnicamente al pueblo
No basta con denunciar una concesión: hay que saber leerla. No basta con exigir un cabildo abierto: hay que conocer el procedimiento para convocarlo. No basta con reclamar presupuesto: hay que aprender a identificar las partidas y vigilar su ejecución.
La nueva generación debe unir conciencia política, conocimiento técnico y experiencia práctica. Cada lucha necesita dirigentes capaces de explicar el problema con claridad y presentar alternativas realizables.
5. Articular las luchas sin borrar sus diferencias
La comunidad que defiende el agua, los trabajadores que reclaman salarios, los campesinos que protegen la tierra y los jóvenes que demandan educación parecen librar batallas distintas. En realidad, enfrentan diferentes manifestaciones de un mismo modelo de dependencia y concentración del poder.
Articular no significa obligar a todos a pensar igual. Significa identificar objetivos comunes, coordinar acciones y apoyarse mutuamente.
Necesitamos unidad en la acción, construida desde abajo y comprobada en la lucha cotidiana.
6. Construir independencia económica
Ningún movimiento puede sostener su autonomía si depende de quienes pretende enfrentar. La nueva Restauración deberá financiarse mediante aportes de sus integrantes, actividades solidarias y mecanismos transparentes de recaudación.
Cada peso aportado conscientemente por el pueblo fortalece su independencia. Cada gasto deberá informarse y justificarse.
7. Conquistar los espacios de participación popular
La Constitución y las leyes reconocen mecanismos como los cabildos abiertos, el presupuesto participativo, las consultas y los referendos municipales. Muchos permanecen dormidos porque el pueblo desconoce su existencia o porque las autoridades dificultan su aplicación.
Debemos convertir esos derechos escritos en instrumentos vivos. Usarlos permitirá acumular experiencia, conseguir victorias, formar dirigentes y demostrar que la población puede intervenir directamente en los asuntos públicos.
8. Elaborar un programa nacional de soberanía
Las luchas dispersas necesitan desembocar en una propuesta común: defensa del agua y los recursos naturales; soberanía alimentaria y energética; producción nacional; servicios públicos universales; recuperación de derechos laborales; investigación científica propia; transparencia de los contratos y acuerdos internacionales; independencia frente a las potencias y participación popular efectiva.
No se trata únicamente de oponerse. Hay que presentar el país que proponemos construir.
9. Acumular poder antes de disputar el gobierno
Uno de nuestros mayores errores ha sido creer que una alianza electoral improvisada puede sustituir la organización que no construimos durante años.
Participar en elecciones puede ser necesario, pero llegar al Palacio Nacional no significa automáticamente conquistar el poder. Sin organización comunitaria, formación política, financiamiento propio, medios de comunicación, presencia territorial y capacidad de movilización, cualquier gobierno popular quedará prisionero de los poderes económicos que dominan la sociedad.
Primero debemos construir una fuerza nacional enraizada en el pueblo. La expresión electoral deberá ser consecuencia de esa fuerza, no su reemplazo.
10. Preparar a quienes continuarán la obra
Cada comité deberá incorporar nuevos miembros. Cada dirigente deberá formar a otros. Cada experiencia deberá documentarse. Cada victoria y cada derrota deberán convertirse en enseñanza.
La generación restauradora no será aquella que produzca líderes insustituibles. Será la que forme miles de personas capaces de organizar, orientar y multiplicar el poder popular.
Levantar de nuevo la bandera
Los restauradores de 1863 no esperaron que todas las condiciones fueran perfectas. Comenzaron con lo que tenían, desde el lugar donde estaban, y transformaron una acción inicial en una guerra nacional de liberación.
Esa es también nuestra tarea.
Nuestro Capotillo puede comenzar en una reunión de diez vecinos que deciden defender una fuente de agua. Puede comenzar cuando trabajadores vencen el miedo y crean una organización. Puede comenzar cuando una comunidad exige conocer un contrato mantenido en secreto. Puede comenzar cuando un grupo de jóvenes decide estudiar los problemas nacionales y ponerse al servicio de su pueblo.
Pero ninguna de esas acciones debe quedar aislada. Cada pequeño Capotillo tendrá que conectarse con los demás hasta formar un movimiento nacional capaz de recuperar la facultad del pueblo dominicano para decidir sobre su territorio, sus riquezas, sus instituciones y su futuro.
La soberanía no se conserva mediante ceremonias. Se ejerce, se defiende y, cuando ha sido entregada, se restaura.
La generación que necesitamos no será recordada por los discursos que pronunció, sino por las comunidades que organizó, los derechos que conquistó, los recursos que defendió y las nuevas generaciones que dejó preparadas.
En 1863, una generación levantó la bandera para recuperar la República.
La nuestra deberá levantarla nuevamente para devolverle la República al pueblo.
felipe@lora.org
(El autor es periodista de la Revista Dominicana, residente en Santo Domingo, República Dominicana).







