Me ajustaron el cinturón y, después de un breve letargo, que luego supe que fueron meses, me empujaron a un abismo que resultó ser corto e inmediato. Cuando me sentía aliviado por lo breve del camino, unas nalgadas repentinas me hicieron llorar… como un niño…
Luego fui apartado y arropado. Me llevaron a un lugar tranquilo donde el silencio estaba siempre presente. Allí, solo miraba el techo de una amplia sala, desde donde escuchaba gritos esporádicos que interrumpían mi sueño. Luego callaban y volvía a dormir.
Al tiempo, me sacaron en brazos hacia un lugar distante donde, entre afanes y cuidados, me hicieron creer un príncipe, sin saber de cuál reinado.
Con aquello que aquí llaman «tiempo», me fui haciendo fuerte y largo. Sentía cómo mi cuerpo se iba hinchando y aprendí a caminar y a tomar las cosas que siempre veía, pero no alcanzaba.
Luego me llevaron a un patio donde otros, como yo, interactuábamos tropezadamente. Al tiempo, esos otros y yo intentamos comunicarnos mediante sonidos extraños que fuimos reconociendo.
De repente, logré hablar fluidamente y ya no tenía que ir a buscar las cosas: como por arte de magia, solo las pedía y ellas venían a mí. En verdad, con el tiempo descubrí que me las traían, y fue allí cuando la magia se acabó.
Empezaron los jalones y las ambiciones por poseer «cosas» pendejas, en un afán que ni yo mismo entendía. El juego de la vida se iba desvelando y, en algún momento, «alguien» me plantó la consciencia.
Ahora mis pensamientos y deseos estaban «claros». Ya sabía el porqué y el para qué necesitaba esta o aquella «pendejada». Sí, porque en este mundo, tan distinto al que conocía, anhelaba «cosas» que allá nunca tuvieron dueño…
Cuando rompí la barrera asignada por «el tiempo», sentí una sensación breve que me recordó aquel lugar de donde vine y que también se me ha ido perdiendo en la memoria: la libertad. Ahora podía caminar a mis anchas, sin tener a alguien velando por mis pasos.
Me alejé de la casa y del barrio, dejando una estela de miedos y abrigos de los que me iba despojando con cada pisada que daba. Fueron los momentos más plenos, como los que ha de sentir el preso cuando se abre su celda.
Anduve caminos, mares y océanos. Conocí mucha gente buena, mucha gente mala. Me enamoré de algunos, sufrí e hice sufrir a otros. La vida es rara, me decía, pero me adapté al juego y tuve éxito en casi todo lo que me propuse hacer o llegué a anhelar.
Me hice acumulador de bienes y hasta fui el causante de traer «a otros» que, como yo, en algún momento llegamos desde cero para recorrer un largo camino. Los cuidé hasta donde se pudo. Ya había sospechado del destino y de esas «intenciones» por las que suceden las cosas.
Todavía dudo de mi existencia, del propósito y de todas esas pendejadas que nos ponen a pensar. ¿Quiénes somos? Dejé de buscar y me dediqué a la «inmunidad» de quien está convencido de que «esto» es un sueño…
Ya comprendo que, en «verdad», el abismo sí era profundo y no un breve salto «simulado» y engañoso. Una suerte de bienestar en la bienvenida. Un velo largo que se desprende cuando ya estás a mitad de camino.
Dejé de quejarme y de maldecir por todas las desavenencias recibidas, por las ingratitudes y los falsos sueños levantados y caídos. Hoy voy cayendo sin remedio hacia «otra puerta» que se abrirá con sus misterios y su hogaza de pan bajo el brazo.
Este camino continúa y se agota cuando la frágil armadura se va deshaciendo por pedazos. La estela de miedos se va desnudando y uno alcanza a soñar con recuerdos, aquellos que sirvieron de soporte y de aliento a un corazón agotado de tantos «tic tac».
Las luces del camino recorrido se han ido apagando y uno hasta la memoria pierde. La consciencia persiste en alcanzar «algo» que imagina ver más adelante, allá donde las luces del camino parecen volver a iluminarse. ¡Salud!. Mínimo Caminero.
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).








