Por Juan Carlos Esteve Sala
El Camino de Santiago no es una meta, sino un estado mental; no es solo un sendero de tierra y piedra, sino una escuela de vida que evoluciona al compás de quien lo transita. Esta es la premisa que se desprende de la trayectoria de Alfonso Corral Gadea, madrileño de nacimiento y alicantino por convicción, quien hoy lidera la Asociación de Amigos del Camino de Santiago en Alicante (España). Su visión, forjada a través de décadas de peregrinaje, nos invita a entender la Ruta Jacobea no como un reto deportivo, sino como un retorno necesario a lo esencial.
De la Aventura a la Entrega
Lo que para un joven Alfonso comenzó como una búsqueda de aventura y un desafío físico personal, terminó transformándose en una filosofía de vida. Con el paso de los años, descubrió que el Camino es un espejo: cada vez que volvía a él, el sendero le devolvía una imagen distinta, adaptada a sus circunstancias vitales. Esta evolución natural le llevó a comprender que la experiencia del peregrino es solo una cara de la moneda; la otra es el servicio.
Alfonso sostiene que el Camino otorga tanto al individuo, que surge una necesidad orgánica de «devolver» lo recibido. Este compromiso es el que lo impulsó a integrarse en la Asociación y, eventualmente, a asumir la presidencia. Para él, gestionar una entidad de este tipo no es solo un ejercicio administrativo, sino una responsabilidad ética para preservar un patrimonio cultural y espiritual que ofrece un refugio frente al ruido de la modernidad.
Retos en la Era de la Masificación
Desde su posición en Alicante, Alfonso identifica con claridad los desafíos actuales. A corto plazo, la prioridad sigue siendo la hospitalidad pura: atender al peregrino que busca orientación en la sede o a través de las redes. Sin embargo, su mirada se extiende hacia la conservación de rutas históricas locales, como el Camino del Sureste y el Camino de la Lana, arterias vitales que requieren mantenimiento y señalización constante por parte de los voluntarios.
No obstante, existe una preocupación latente en su discurso: la pérdida de autenticidad. Alfonso advierte sobre los peligros de la «turistificación» y la prisa. En un mundo que corre, el Camino corre el riesgo de convertirse en una competición por una plaza en un albergue o en un producto de consumo masivo. Frente a esto, él reivindica el silencio y la soledad buscada. El verdadero valor del Camino reside en el ritmo pausado del caminante, aquel que permite entablar un diálogo con la historia y con uno mismo, algo que las multitudes y la urgencia amenazan con diluir.
Un Legado de Valores
El sueño de Alfonso Corral para la Asociación es garantizar un relevo generacional. Desea que nuevos voluntarios tomen el testigo para mantener viva la llama de la hospitalidad. Pero, a nivel personal, su aspiración es más profunda y, quizá, la más difícil de alcanzar: que el espíritu del Camino no muera al llegar a la Plaza del Obradoiro.
Su consejo para quien se asoma por primera vez a esta experiencia es claro: preparación y humildad. El Camino se vive tres veces (al planearlo, al caminarlo y al recordarlo), y para exprimir su esencia es fundamental acudir a las asociaciones, esos núcleos de sabiduría donde los veteranos custodian el conocimiento.
En definitiva, para Alfonso Corral Gadea, ser presidente y peregrino es un privilegio que conlleva una misión pedagógica. Su labor nos recuerda que, en un mundo saturado de lo superfluo, el Camino sigue siendo esa «escuela al aire libre» que nos enseña que la verdadera riqueza reside en la sencillez, la solidaridad y en la capacidad de seguir aprendiendo de cada persona con la que nos cruzamos en el sendero de la vida.
jcesteve29@gmail.com
(El autor es profesor de educación primaria residente en Alicante, España).







